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El mercado alcista ataca de nuevo
José Siaba Serrate
La apuesta original era fuerte. Cuando comenzó a desplegarse -a principios de febrero- la evidencia a favor era magra. Pero tomar riesgo -a contramano del crescendo de la crisis griega- fue un acierto. La alerta roja por Grecia probó ser un bluff (Atenas no podía caerse sin que el proceso se tornara ingobernable para quien lo promovió -y con más indignación zamarreaba el árbol-, la propia Unión Europea). Y la descompresión consecuente le dio alas impensadas a un rally improbable. Pero lo que en un comienzo era una escuálida Armada Brancaleone -un avance disperso de bancos, small caps y tecnológicas- ganó amplitud y participación a medida que acrecentó el millaje. Con el Dow Jones y el S&P 500 en territorio récord, ya no se trata de una mera estocada especulativa. Es una suba compacta. Que se desplaza en todos los frentes.
Desdén
Es una suba, como quien dice, floja de argumentos. Y no sorprende que se la mire con desdén. El envión de las cotizaciones ya no se puede discutir, pero tampoco se puede alegar un fortalecimiento paralelo de los fundamentos. Esa tensión es conocida: la Bolsa es, en esencia, anticipación. No es un oráculo infalible pero -considerando las alternativas disponibles- no ha sido un mal faro para otear el futuro y guiar la navegación.
Dijo Romano Prodi, la semana pasada, que lo peor de la crisis financiera griega era asunto terminado. Que no habría drama adicional ni para Grecia ni para otro país de la región. Ni, mucho menos, ocurriría una debacle del euro. El capitalismo ya no es lo que era, pero tampoco ha caído tan bajo como para adoptar a Prodi como su consejero de cabecera. Pero tiene razón en escucharlo: el ex premier italiano es el burócrata regional por antonomasia (presidió la Comisión Europea entre 1999 y 2004). Si dice que se archivará el expediente, es plenamente creíble (lo que no anticipó fue lo que todo el mundo vio, los chispazos a plena luz del día en la relación entre Alemania y Francia).
Despejar los nubarrones sobre Grecia justifica un «rally de alivio», que puede ser muy pronunciado si toma a los mercados por sorpresa y los obliga a retocar drásticamente los portafolios. Pero ¿alcanzará su solo impulso para aventurarse, como lo hace la Bolsa, más allá de los máximos de enero? No parece una fuerza suficiente. Y, en todo caso, tampoco luce sostenible. Se puede intuir la expedición que prepara Wall Street -una hoja de ruta que tiene marcados nuevos avances- pero para concretar el desafío hará falta mucho más que dejar descansar a Grecia. Ni bastará con desconectar -de momento- la preocupación por el futuro de la deuda pública.
Que la Fed ratificara la vigencia de tasas bajas «por un período extendido», según reza el comunicado de rigor, difundido el martes tras su reunión, puede proveer un efímero espaldarazo. Si bien se mira, no es ni siquiera una novedad. Que todo rastro de inflación esté ausente en la lectura de los precios mayoristas en los EE.UU. -como se verificó ayer- es, quizás, a primera vista, una contribución más valiosa. Pero no aporta mucho para festejar. No es posible separar un registro negativo -una merma mensual del 0,6%- de un cuadro significativo de debilidad.
Hipótesis
La Bolsa no concede entrevistas. Y, por ende, tampoco revela qué se trae entre manos ni por qué. En todo caso, se pueden trazar hipótesis que el tiempo sabrá refutar o confirmar. El comunicado de la Fed rozó una cuerda sensible: afirmó, por primera vez, que el mercado laboral se estabiliza. No es casual que la suba de la Bolsa cobrara vigor luego del informe de empleo de febrero. Se esperaba una destrucción de más de 100 mil puestos de trabajo por las durísimas inclemencias del tiempo y sólo se perdió un tercio. Entretanto, el máximo de la tasa de desocupación data ya de octubre. Tiene sentido ponerle fichas a la Bolsa -y hacerlo agresivamente- si es que la economía se apresta a retomar la creación de empleos. Cuando se examinan otros episodios de recuperación, se advierte que si se tiene razón, las chances de acertar un pleno no son desdeñables. Un mercado de trabajo muy flexible -la recesión de los EE.UU. fue mucho más suave que en Europa, pero podó muchísimos más empleos- opera en ambos sentidos. Un viraje definitivo hacia el crecimiento de la ocupación le arrimaría a la Bolsa la evidencia que hoy le falta para justificar su envión. No sólo porque obligaría a revisar la percepción sobre la fortaleza de la recuperación sino porque, de paso, apuntalaría las chances electorales del Gobierno para las elecciones de noviembre (sin necesidad de ensayar una plataforma agresiva para el mundo de los negocios financieros, como la que Obama improvisó en enero hundiendo las expectativas favorables que albergaba Wall Street).
Pero, si bien la mejoría de las condiciones laborales está en camino, nadie puede asegurar que llegará pronto. Por fortuna, si se dilata la espera, antes arribarán los balances trimestrales. Y, en este caso, no hay nada que inventar: la inercia ya instalada es una corriente amigable. Que, además, los bancos encabecen el avance -y que Vikram Pandit, el mandamás de Citigroup, haya echado luz «generosamente» sobre las buenas perspectivas de su entidad- es un «bonus track» que no desalentará a los arriesgados. Después de todo, Pandit es el padre «moral» del mercado alcista. En marzo de 2009, un memo interno de su autoría se filtró a la prensa subrayando una mejoría imprevista en los ingresos de Citi. Y fue la bala plateada que torció el rumbo. Un año después, Pandit habló de nuevo. Son los activos especiales de Citi Holdings -su principal dolor de cabeza- los que hoy registran, según dijo, el influjo de vientos más propicios.


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