13 de marzo 2009 - 00:00

El muro no detiene la infiltración

 Phoenix - «¡Necesitamos refuerzos!» La Policía de Nogales (Sonora) lanzó un S.O.S. a los agentes de Nogales (Arizona), al otro lado de la frontera. Varios pistoleros de los cárteles locales de la droga, pertrechados con rifles de asalto, los tenían cercados. El tiroteo duró más de tres horas y se quedaron sin municiones. La Policía estadounidense nunca se vio en una situación igual. Todo esto ocurría un día antes de la elección de Barack Obama.
Y en esto llega el nuevo fiscal general, Eric Holder, y anuncia el arresto de 755 personas vinculadas sobre todo al cártel de Sinaloa y repartidas por California, Maryland y Minnesota. Holder declara a los narcotraficantes mexicanos como «una amenaza para la seguridad nacional», mientras un informe federal confirma su presencia en 230 ciudades del país. Phoenix se pone a la zaga de México DF -y por delante de Tijuana y Ciudad Juárez- en el número de secuestros relacionados con el narcotráfico: 366 en el último año.
«El fenómeno es alarmante y la violencia se está propagando por Arizona», declaró el fiscal general Terry Goddard, que relató cómo los narcotraficantes han roto la «tregua» a este lado de la frontera protagonizando asaltos al más puro estilo paramilitar.
La guerra de la droga no solamente ha saltado el muro metálico que sella la frontera, sino que está consiguiendo impunemente su arsenal en Estados Unidos gracias a las permisivas leyes de este país.
La semana pasada arrancó el juicio contra George Iknadosian, de origen egipcio, propietario de una destartalada armería en la periferia de Phoenix (X-Caliber Gun), donde se han vendido en los dos últimos años 515 fusiles de asalto AK-47. Al menos 60 de ellos fueron suministrados a través de testaferros a los hermanos Hugo Miguel y César Gámez, vinculados con clanes de la droga en el estado mexicano de Sonora.
El juicio contra Iknadosian destapó un secreto a voces: la guerra del Sur se ha alimentado en los últimos meses del flujo incesante de armas desde el vecino del Norte. El titular de Justicia mexicano, Eduardo Medina-Mora, expresó su frustración a Holder y reclamó medidas para evitar ese tráfico que ha suplantado en los últimos meses la entrada de inmigrantes ilegales en EE.UU.
El caso Iknadosian ha provocado una gran inquietud entre los 6.600 vendedores de armas que existen en el lado estadounidense de la frontera. Un número lamentablemente cercano al de los 6.000 mexicanos que murieron en 2008 por la guerra del narcotráfico.
Los «minutemen» o vigilantes, los mismos que hasta hace un par de años patrullaban la frontera a la caza de indocumentados, enarbolan ahora el derecho a la autodefensa y son los primeros en oponerse a cualquier medida restrictiva.
«Los mexicanos nos envían drogas e inmigrantes ilegales, nosotros les enviamos dinero y pistolas», admitió el senador local republicano Jonathan Paton, hasta el momento defensor del sacrosanto derecho a llevar armas. Paton ha decidido impulsar ahora una ley para dificultar la adquisición de fusiles de asalto e impedir la venta de munición a testaferros.
La guerra que sube del Sur ha provocado también un mano a mano entre republicanos y demócratas por la pasividad demostrada has-
ta ahora contra la amenaza del narcotráfico en Arizona.
«Todo esto ha ocurrido ante los ojos de la gobernadora y actual secretaria de Seguridad Nacional, Janet Napolitano, que no hizo nada para evitarlo», denunció el senador conservador Russell Pearce en una sesión especial celebrada a fines de febrero. «La gobernadora movilizó a la Guardia Nacional en la frontera», replicó el fiscal general Terry Goddard. «Creo que ese hecho demuestra un reconocimiento de que estamos en medio de una confrontación armada», añadió, afirmando que Estados Unidos está usando «todas las herramientas de la ley». Sin embargo, Goddard admitió que duda que las autoridades mexicanas puedan controlar la situación.
La Operación Xcellerator, urdida a lo largo de 21 meses y con un saldo de 755 arrestos anunciados por el fiscal general Holder, se interpreta como el primer reconocimiento tácito de que el campo de batalla de los narcotraficantes mexicanos ha rebasado la frontera. Las autoridades norteamericanas se incautaron no sólo de trece toneladas de cocaína, ocho de marihuana y media tonelada de metanfetamina; también confiscaron un auténtico ejército de 149 vehículos, tres avionetas, tres barcos y 169 armas de asalto.

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