18 de noviembre 2009 - 00:00

El Nobel que se hizo tanguero

El embajador de Israel, Daniel Gazit, y Eduardo Elsztain flanquean a Shimon Peres. El presidente de Israel había pedido «una noche de tango» y el empresario se la organizó.
El embajador de Israel, Daniel Gazit, y Eduardo Elsztain flanquean a Shimon Peres. El presidente de Israel había pedido «una noche de tango» y el empresario se la organizó.
«El presidente quiere ver un show de tango». La información fue pasada por Modi Ephraim, el jefe de Gabinete de Shimon Peres -que fuera primer secretario de la Embajada de Israel en la Argentina- a la dirigencia comunitaria argentina. De inmediato pensaron en Eduardo Elsztain y Diego Mazer, dueño y operador respectivamente de Esquina Carlos Gardel, una de las tanguerías porteñas más concurridas. Y así fue que Elsztain le alquiló el local y el show a su inquilino para agasajar a Peres con un espectáculo que tuvo poco de turístico.

El Premio Nobel de la Paz llegó al local de la calle Anchorena con algunos signos de la ajetreada jornada que acababa de vivir, y que había arrancado trece horas antes. De hecho, uno de sus asistentes le susurró al oído mientras daba su discurso ante unas 10.000 personas en el Luna Park que era hora de partir porque lo esperaban en la tanguería. Así, sin pausas, Peres pasó del abrazo de la comunidad judía a la cálida ovación con la que unos 250 empresarios, legisladores y políticos lo recibieron en la «Esquina...».

Elsztain asumió -como organizador, y en su condición de presidente del Board de Gobernadores del Congreso Judío Mundial- la responsabilidad del discurso de bienvenida. Después de hacer una breve historia del Abasto («éste era un barrio judío, después quedó casi abandonado, y hoy alberga el mayor shopping center de Buenos Aires, locales como éste, un hogar para chicos en situación de riesgo, un Museo de los Niños»); llamó «Mr. Israel» a Peres y agradeció el apoyo de Israel a la comunidad judía local.

Peres respondió con un discurso en el que dejó de lado el azufre y el fuego que había lanzado contra Irán y su presidente Mahmud Ahmadineyad en la Casa Rosada, en la Cancillería y en el Luna Park, y elogió en cambio la recepción que le dieron el Gobierno nacional, el porteño y la colectividad judía. «Llegué a Buenos Aires lleno de dudas; debo decir que estoy sorprendido porque la amistad y la calidez con las que fui recibido exceden largamente todas mis expectativas».

Lo flanqueaban en la mesa principal -además de Elsztain- el embajador de Israel, Daniel Gazit y el presidente de YPF, Enrique Eskenazi. Frente a él se ubicaron la embajadora de Estados Unidos, Vilma Socorro Martínez, los empresarios Marcelo Mindlin (Pampa Energía), David Sutton (Alvear), Mario Silvergleit; Moisés Khafif (Le Parc), y Julio Werthein (La Caja).

Otras presencias

En otras mesas se acomodaron los legisladores Daniel Filmus (el único kirchnerista visible), Patricia Bullrich, María Laura Leguizamón, Carlos Rossi, el ex intendente Jorge Telerman, el escritor Marcos Aguinis; los presidentes Aldo Donzis (DAIA), Guillermo Borger (AMIA), Carlos Frauman (OSA), Adolfo Filarent (Keren Kayemet Le Isral); los empresarios Saúl Zang, y Alejandro Elsztain (IRSA), Fernando Rubin (Banco Hipotecario), Mario Silberstein, Roberto Nul, Boris Kalnicki; Luis Ovsejevich (Fundación Konex), «Chiche» Goldfarb (Diarco), Eduardo Pochinki (Supermercados Vital), entre muchos otros.

El show tuvo una característica inhabitual: para permitir la presencia de rabinos ortodoxos como Pinjas Sudri, Shlomó Kisel e Isaac Sacca, las bailarinas prescindieron de las piezas más osadas de sus vestuarios, y lucieron prendas que las cubrían de pies a cabeza. Tampoco las coreografías exhibidas tuvieron la habitual sensualidad del baile porteño.

De todos modos, Peres no pareció notar la diferencia: aplaudió con entusiasmo, escuchó con atención a los cantantes que entonaron «Mi Buenos Aires Querido» (un buen imitador de Carlos Gardel, ataviado como se lo ve al «Mudo» en el póster de una famosa pizzería) y «Uno». Fueron los únicos momentos en que hizo que su celosa seguridad interrumpiera el constante flujo de gente que quería cambiar unas palabras con él, sacarse una foto o simplemente estrechar su mano.

Peres se marchó antes del postre y del último número de la compañía; después de todo, ya era casi medianoche y lo aguardaba un día casi tan intenso como el anterior. Y a pesar de que chicas, muchachos y músicos sobre el escenario seguían entregando lo mejor de su arte, a nadie pareció interesarle: la atracción principal de la noche ya había dejado el edificio.

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