El pasajero del Sarmiento

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El papa Francisco, Jorge Bergoglio hasta el miércoles, siempre fue cultor de un estilo de vida sencillo. Como cardenal, renunció al beneficio de vivir en la residencia episcopal y optó, en cambio, por ocupar un pequeño departamento junto a la Catedral Metropolitana que, a partir de su ascensión vaticana, podría convertirse en museo.

Esa renuncia al simbolismo eclesiástico también incluyó la decisión de movilizarse en transporte público. No sólo fue visto abordando subtes, colectivos y taxis para recorrer la populosa Buenos Aires, sino que también era habitual sorprenderlo en algún vagón del tren Sarmiento, en tiempos en que ese servicio era aún más infausto que el que corre hoy día. Veintiocho kilómetros sobre rieles para llegar, alguna tarde de sábado, a la localidad de Ituzaingó, para visitar a la única de sus cuatro hermanas que aún vive.

Como Jorge, María Elena Bergoglio también es peronista. Incluso, llegó a ser electa consejera escolar local de la mano del actual intendente del FpV, Alberto Descalzo, con quien mantiene una estrecha relación política y personal. Su vivienda humilde ayer se había convertido en un muestrario de móviles periodísticos, con satélites de todas partes del mundo. Pero nadie atendió. La mujer había agotado sus energías en el contacto, más temprano, con radios y canales de televisión. "María Elena nunca imaginó que esto pudiera ocurrir. Es, como Jorge, una persona de muy bajo perfil. Está tomando dimensión real de lo que significa que su hermano, el que fue casi un padre para ella, sea el nuevo papa", trasladó una vecina a la guardia periodística apostada en la vereda.

Nunca el cardenal abandonó la costumbre de llegar al Oeste por medio del tumultuoso ferrocarril, que más de una vez lo obligó a un trasbordo por las clásicas emergencias del servicio. Su única "queja" pública fue acompañar intensamente el reclamo de las familias de las 51 víctimas del accidente ferroviario de 2012. Lo hizo como arzobispo de Buenos Aires, pero también como un pasajero más del Sarmiento.

El pasajero del Sarmiento es, no cabe duda, un hombre de probada vocación pastoral, pero también un gran constructor político. Francisco, por San Francisco de Asís (el hombre al que Jesús le encomendó "limpiar la Iglesia"), es el mismo que caminaba hacia la reja para recibir a los periodistas en su casa frente a la Plaza de Mayo. "Para qué estamos los obispos si no es para abrir puertas", se atajaba. Ese sentido es, precisamente, el eje del cambio que encarna su designación.

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