El título, por académico, puede alejar a algunos lectores. Saber que trata sobre los problemas éticos, jurídicos y económicos de "la acción de copiar obras ajenas, dándolas como propias", puede hacer que otros se abstengan de hojearlo. Se lo pierden. Es un libro interesante, ameno y hasta por momentos divertido. Está repleto de curiosidades y chismes. Y trata de un tema candente en más de un sentido.
Borges, con su habitual propensión metafísica, escribió en su cuento "Tlon, Uqbar, Orbis Tertius" que "no existe un concepto del plagio, se ha establecido que todas las obras son de un solo autor, que es intemporal y anónimo". Hoy ese solo autor sería (para los propulsores del sistema de copyright) la empresa que compraría al autor por una única vez la obra que convertirá en su mercancía. Y de ese modo el autor pierde uno de los derechos conquistados gracias a la Revolución Francesa. Porque "hasta entonces, el arte era un homenaje de la creación al Creador, una repetición imitativa de la creación", explica la autora, y agrega "el siglo XVIII asiste a la llegada del individuo, que reivindica para sí la propiedad de su obra".
En la Antigüedad el plagio era algo bastante habitual, pero al ser demostrado se convertía en una deshonra. Demostrar el robo de la letra fue difícil hasta la invención de la imprenta en 1436 y del papel en 1440. Montaigne podía citar a Séneca sin comillas porque "se dirigía a una comunidad de lectores, formados en una misma cultura humanista y poseedores de las mismas referencias textuales". Dos siglos más tarde eso sería imposible por el surgimiento de los Derechos de Autor. Y hoy la explosión de los campos de conocimiento en un sinfín de especialidades hace imposible un saber estable y común. Pero el plagio se mantiene. Shakespeare fue un saqueador saqueado. Se duda de su autoría, se lo considera que era un actor devenido en empresario. Por ese tiempo el empresario compraba la obra y hacía con ella lo que quería. Los temas de sus obras provienen de otros autores. Y, más tarde, han servido de "inspiración" a otros en los cinco siglos siguientes.
Según se dice las obras de Moliere las escribía el dramaturgo Corneille. Se trataría del plagio aceptado y el "autor negro". Bertold Brecht fue más afectuoso en ese sentido, sus obras teatrales se las escribieron sus amantes, a las que elegía talentosas. En la medida en que el libro se volvió una mercancía redituable, "conscientes de las realidades del mercado, algunos autores ceden a tentación del plagio para escribir con rapidez libros 'rentables'", señala Maurel-Indart. Los géneros de ese tipo son la novela policial y la novela histórica. En el caso del policial el mismo argumento se repite cambiando el nombre del libro de los personajes y de los lugares donde ocurre. En cuanto a la novela histórica y las biografías históricas se saquean ensayos y autobiografías. En las últimas décadas ha surgido la diferenciación de plagio, imitación, parodia, continuación, pastiche. Barthes dice que "todo texto es un intertexto; otros textos están presentes en él, en niveles variables bajo formas más o menos reconocibles". Ideas que han servido para justificar pillajes de todo tipo, y algunos escrupulosos bodrios. En el plagio justificado, llevado a sus últimas instancias, Borges tejió una broma extraordinaria en su "Pierre Menard, autor del Quijote". Heléne Maurel-Indart ha producido una placentera aventura para los lectores, mientras "apunta a aclarar, e incluso a sanear, la delicada y peligrosa cuestión del plagio".
| M.S. |



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