15 de junio 2009 - 00:00

El portazo de YPF

El portazo que YPF dio al salir de la Cámara de la Industria del Petróleo retumba en los oídos de muchos empresarios y consumidores de combustibles argentinos, no como un ruido ensordecedor o molesto, sino como una aceptable melodía o justo acorde. Para no pocos, la actitud de la empresa argentina no está despojadas de razones. Entre ellas se ha lanzado como argumento, por parte de autoridades de YPF, «la falta de representación de sus intereses como empresa argentina productora de petróleo y gas integrada». Parece, claro, una frase intrascendente, un decir de molde, una simple argumentación para intereses en pugna. Y lo sería si no fuera porque entre las palabras hay dos que ponen el acento en la cuestión, le dan forma y permiten ver el problema en toda su magnitud: «empresa argentina», que suena, y suena bien, a defensa de los intereses nacionales. La empresa Shell, de capitales anglo-holandeses, no mantiene buenas relaciones con el Gobierno nacional; durante los críticos momentos en que el Gobierno pedía que las petroleras mantuvieran sus precios sin incrementarlos, allá por 2005, fue Shell la que no pudo en un primer momento contemplar ni la necesidad de los consumidores, ni el pedido del Gobierno argentino en tal sentido. Es posible, claro, que la imposibilidad de no mantener los precios se debiera a que las cuentas no cerraban para esa empresa en tal momento.

Como sea, fue en el mes de marzo del año 2005, cuando el país clamaba porque no se ajustaran los precios de los combustibles, que la anglo-holandesa decidió lo contrario. Durante esos días, algunos medios informaban a la población que Shell «decidió jugar fuerte al ratificar esta tarde el aumento de precios dispuesto hace dos días».

El entonces presidente Néstor Kirchner, llamaba a no comprar combustibles de esa empresa y se defendió de tal prédica, que algunos llamaron «boicot», diciendo que si defender el bolsillo de los argentinos era una medida extrema (en alusión a las críticas de algunos sectores que señalaban que sugerir la no compra de productos de la Shell no era la función de un presidente) él adoptaría todas las medidas extremas que fueran necesarias.

Opinión

Por entonces las estaciones de servicio y otras bocas de expendio de las empresas que no habían aumentado los precios, entre ellas YPF, se llenaban de vehículos, con lo que la opinión de la mayoría de los usuarios argentinos quedó clara y al descubierto.

Hoy hasta los trabajadores del sector parecen tener claro qué es lo que conviene. En ese sentido, trasciende que los trabajadores observaban hasta hace unos días con buenos ojos la participación de YPF en la discusión por el contrato colectivo de trabajo, actitud a la que Shell se opuso.

Quedó demostrado en varias ocasiones con el tratamiento que se dio al suministro de combustibles en el mercado interno y a la política de precios, sobre el perfil conciliador y voluntad de solución de los conflictos por la vía del acuerdo que tiene la empresa argentina. Una fuente de YPF dijo a la prensa que «las diferencias (con la CIP y Shell) son insalvables: tenemos diferencias en la forma de encarar los negocios, de resolver los conflictos laborales» y añadió: «nosotros insistimos en el carácter integral de la empresa sosteniendo niveles de inversión, incrementando la exploración, la producción, mientras que ellos se concentran en una parte importante en lo que tiene que ver con el refinamiento».

Más allá de los intercambios de palabras entre unos y otros, y de ciertas cuestiones que adornan la escena, algunos observadores parecen ver en el portazo de YPF una disputa entre empresas nacionales y extranjeras sobre la política petrolera para el país. En ese marco, el portazo de YPF no es poca cosa y conviene consignarlo como positivo.

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