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El primer Boris Vian no es apto para neófitos

Para decirlo al estilo de Vian: la intriga de este libro es tan simple que es bien complicado seguirla. Uno se pierde en las aventuras, en los juegos de palabras, en el homenaje a la fantasía, en el juego absurdo de correr tras un objeto deseado, preciado, del cual no se sabe finalmente para qué sirve. Cuatro amigos -Adelfin, Serafinio, Loostiló y Antioquio- salen en busca de «el barón bífido», artefacto pequeño y misterioso que acaso fue robado en una fiesta. Van de París al sur de Francia para regresar y correr a Borneo, andando «a tiro limpio» por el mundo, dejando un reguero de sangre. Pasan de salones elegantes a caminar por la cloacas, de paisajes paradisíacos a reptar por sótanos. Hay un inca que los protege piloteando un avión de combate. Enfrentan a un desalmado barón, a monstruos aztecas, y a «rizo», una criatura inclasificable. Y, para revelar el final -que tan poco importa, porque lo que atrae es la sucesión de disparatados sucesos- cuando aparece el objeto tan buscado, ya no le interesa a nadie.
Esta primera novela que Boris Vian escribió a los veinte años, no resulta la mejor para ingresar en su extraordinario mundo narrativo. Mejor empezar por sus obras maestras «La espuma de los días», «La hierba roja» y «Otoño en Pekin», porque en esta nouvelle está concentrado todo lo que Vian desplegaría después. Su reescritura de las novelas de aventuras desde el absurdo. Su amor por la novela negra, que lo llevaría a convertirse en el escritor negro Vernon Sullivan, autor de «Escupiré sobre vuestras tumbas», entre otros magnos policiales delirantes. En «A tiro limpio» está ya esa voz personal de Vian que le permitirá forjar un universo propio, está el mestizaje narrativo, la cruza de géneros, el humor desopilante, la construcción patafísica, los guiños filosóficos. Un plato demasiado fuerte, que puede saber a mucho y a poco, para comenzar por él. Para los amantes del ingeniero, escultor, pintor, periodista, cantante, poeta, dramaturgo, trompetista de jazz, etcétera; a esos que saben que hay puentes que unen a Boris Vian con Italo Calvino y Julio Cortázar, entre otros, conviene avisarles que este librito que ahora reaparece como «A tiro limpio», hace unos diez años circuló con el inconcebible título de «Jaleosas andadas», cosa que a Vian lo hubiera divertido porque para él era simplemente «Temblor en los Andes» («Trouble dans les andais»).
M.S.


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