"Yo soy sobrino nieto del gran artista español que pasó muchos años de su vida en la Argentina", dice repasando el origen de esta historia. "Y yo tuve, en los últimos tiempos de su vida, una relación muy cercana con él. De modo que cuando murió, empecé a preocuparme por sus cosas, por cuidar sus pertenencias, por rescatar sus papeles. Lamentablemente, no logré conseguir un mecenas que comprara la casa de Echeverría y O'Higgins donde vivía; una casona hermosa en las Barrancas de Belgrano que podía haber sido un museo y que hoy es un edificio de varios pisos. Pero su ropa, sus cosas más personales, sus recuerdos, quedaron a mi cargo; nadie reclamó por ellos, ni acá ni en España. Así que al poco tiempo, armé un bolso, me saqué un pasaje y me fui a Europa".
Periodista: ¿Y allá cómo le fue?
Alejandro Salade: Mi tío era un personaje muy recordado y muy querido, a pesar de que hacía mucho que había dejado de vivir en su país, primero por estar perseguido y luego porque no encontró allí la respuesta que evidentemente sí encontró en Argentina. Moví cielo y tierra, busqué más cosas, hablé con funcionarios, y después de mucho pelear logré armar una muestra. Fue algo maravilloso que inclusive pasó por la Argentina. Y en Buenos Aires también nos fue muy bien; cuando lo pusimos en el Centro Cultural Recoleta, en 2011, lo visitaron unas 40.000 personas.
P,: ¿Cómo pasamos de Miguel de Molina a Sandro?
A.S.: Viendo la excelente recepción que había tenido la muestra de mi tío, empecé a pensar que tenía que hacer algo con algún artista argentino. Me pasaron por la cabeza Astor Piazzolla y Roberto Goyeneche pero finalmente me di cuenta de que tenía que ser Sandro. Con esa ilusión vine a Buenos Aires. No fue fácil convencer a su esposa Olga Garaventa, ni fue sencillo romper esa muralla que de algún modo había construido Sandro alrededor de su casa. Y me parece que lo que terminó de convencer a Olga fue que yo venía con muchas ideas pero no con una valija llena de plata; y a lo mejor también que tenía el respaldo de lo que había hecho con Miguel de Molina.
P.: ¿Qué se encontró cuando atravesó esos míticos muros de Banfield?
A.S.: En principio, con una casa bellísima que tiene todas las cosas de Sandro en el mismo lugar en el que él las dejó. Incluso, cuando se limpian los diferentes espacios, la orden es que todo quede exactamente en el lugar en el que estaban. Así que, con una gran generosidad, Olga me permitió buscar en cajones, descubrir objetos personales, revolver sus carpetas, mirar horas y horas de videos; Roberto era muy prolijo en ese sentido y tenía guardados y rotulados todos sus momentos, aún los periodísticos y los relacionados con los tiempos de la agudización de su enfermedad.
P.: ¿Qué quiso mostrar usted cuando armó la puesta?
A.S.: Mi intención es mostrar por igual a Sandro y a Roberto Sánchez. Armé un recorrido contado por él mismo, justamente sostenido en esa gran cantidad de videos que dejó. Intenté hacer a la vez un viaje cronológico de su parte artística y meterme en la intimidad de sus objetos más queridos. Para eso, conté con instrumentos hay varias guitarras-, vestuario por supuesto, varias de sus famosas batas-, discos, premios, fotos y hasta recetas de cocina. Van a ser varias salas del Centro Cultural Borges que van a estar copadas por esta exposición, que además cuenta con dos autos suyos: un Cadillac y el Mercedes Benz Pagoda.
P.: ¿Piensa llevar luego la exposición por otros países?
A.S.: Sí, por supuesto. Seguramente, por una cuestión presupuestaria no será posible mover los autos, pero sí el resto. Como le decía, Sandro fue alguien muy querido y admirado en toda América; si hasta fue el primer argentino que cantó en el Madison Square Garden, así que habrá muchos lugares interesados en recibirnos. Luego del Borges empezaremos a armar el itinerario.
| Entrevista de Ricardo Salton |


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