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El riesgo de dejarse contar las costillas
Es una elección, entonces, diagramada para disciplinar al peronismo y a los socios menores de la izquierda seducida por los Kirchner, pero que quiere aparentar independencia. Una elección para un Gobierno sin debilidades; donde sólo habría lugar para consolidar el poder.
Pero el país cambió y también algunas costumbres políticas, y no sólo por el fallecimiento de Kirchner. Su esposa llega a la primaria del domingo después de haber roto una regla básica de la política (no de la alta, sino de la de comité): nunca permitir que se cuenten las costillas.
Hasta hace unos meses ese dato parecía no importarle al kirchnerismo. De hecho, parecía buscado dentro de un Gobierno que da por ganada la elección de octubre y para el que la primaria sólo significaba un trámite incómodo para la oposición.
Pero el peronismo profundo, el disidente y el que negocia con el Gobierno en un eterno ir y venir, descubrió esa característica complicada de la elección primaria. Es decir, fue como jugar al póquer sin apostar para poder ver las cartas.
Si hay una gran encuesta nacional, con veracidad electoral absoluta, ¿para qué arriesgarse si se puede ver un resultado anticipado?
Al universo peronista, que debió inventar un día de la lealtad para recordar la existencia de ese sentimiento, le quedó claro que estaba habilitado para mirar de afuera y después decidir.
El efecto se complica con la difícil secuencia de cierres de lista que ideó la Casa Rosada y la imposición de candidatos de La Cámpora en algunos distritos donde el PJ raramente esté dispuesto a sacrificarse por ideas de centroizquierda.
Está claro que con el poder acumulado por la Presidente y la cantidad de asistencia social distribuida a través de uno de los lanzamientos más rotundos de este Gobierno, como es la Asignación Universal a la Niñez, la pelea de la oposición no es fácil. Tampoco es exagerado pensar que el Gobierno se entusiasme en creer que el resultado del 23 de octubre está casi cantado. No sería kirchnerismo si no funcionara de esa manera.
Pero la situación de encuesta previa que dejará la primaria nacional del próximo domingo claramente no pudo haber sido la idea que plasmó Néstor Kirchner cuando organizó la reforma electoral.
Incógnitas
Por lo pronto, genera algunas incógnitas aún sin respuesta. Si bien técnicamente será difícil que se aplique la estrategia del mejor segundo (la renuncia de un candidato a favor de otro implica la caída de toda la lista que viene debajo de él) para enfrentar a Cristina de Kirchner, nada impedirá la concentración de votos detrás del segundo en la elección del 23 de octubre. Ese proceso, además, puede estar acelerado por quienes queden afuera de carrera por el filtro del 1,5% de los votos emitidos necesarios para continuar.
Todo apunta, entonces, a otro efecto complicado para el oficialismo. Parte del peronismo circunstancialmente aliado al Gobierno por un lado y el progresismo por el otro detectaron con este sistema un hueco en el blindaje oficialista para poder entrar a presionar.
Por él entró José Manuel de la Sota, por ejemplo. Gracias a ese efecto, Juan Manuel Urtubey demanda a la Nación ante la Justicia porque petroleras privadas no le envían nafta a su provincia. O fue también el que le permitió al pampeano Carlos Verna dar un portazo cuando intentaron imponerle una lista de diputados del Partido Humanista que debía votar todo el PJ (increíble si se conoce el ADN del peronismo pampeano bien cercano a la derecha) o la derrota en Santa Fe. Está claro que no era esto lo que soñó Néstor Kirchner cuando bosquejó esta reforma.


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