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“El secreto del policial es empezar con un muerto”
Gordon cuenta que tras leer el manuscrito del último libro de su esposa, le dijo “ésta no es una novela policial, es una novela de Isabel Allende. Y ‘El juego de Ripper’ tuvo un éxito fantástico porque es de Isabel Allende”.
Periodista: Un nuevo thriller con los mismos protagonistas de sus novelas anteriores, un policía profesional y un periodista investigador, pero ahora metidos en el conflicto palestino- israelí, y el tráfico de armas.
William C. Gordon: Tanto el teniente Bruno Bernardi de la policía de San Francisco como el periodista Samuel Hamilton siguen creciendo en aventuras, enfrentándose a más problemas, resolviendo más crímenes. Y en "Vidas rotas" se han vuelto viajeros. Hacen un recorrido que alguna vez hice yo. Estuve en Siria, Palestina, Israel, en 1960, por ese tiempo me había lanzado a recorrer el mundo. Había sido dado de baja en el servicio militar y quería viajar, pero no tenía dinero. Una amiga me prestó 100 dólares por mes. Agarré una mochila y fui pasando de país en país haciendo autostop. Paré unos meses en Medio Oriente y me pegó muy fuerte la condición de vida de la gente. Iba por el desierto y veía los restos de tanques quemados que eran señales de algunas de las guerras sufridas, y acaso de algunas que estaban aún por venir. Sentí que había una especie de apartheid del palestino. Todo el impacto de aquella experiencia, que había quedado marcada en mí, ahora salió a la luz cuando lo que me había planteado era una nueva novela de acción y suspenso.
P.: ¿Cómo hizo para contar, en medio de la búsqueda del asesino de un terrorista y traficante de armas ocurrido en Estados Unidos, las dos caras del conflicto palestino israelí?
W.C.G.: Tuve La suerte de contar con dos testimonios. En aquella etapa juvenil viajera cuando llegué a Siria, conocí en Damasco a Kamal Ayoub, un refugiado palestino que me presentó a su familia. La mitad del libro está dedicado a él por todas las cosas que me contó de la historia de Palestina. Y la otra mitad está dedicada a mi amigo Lazlo Engelman, que me contó la historia de cómo su familia sobrevivió en Budapest durante la Segunda Guerra Mundial. Vivía con su hermano en los sótanos de los edificios bombardeados, a la madre la habían llevado a un campo de concentración. Lazlo cuando pudo escapar se vino a Estados Unidos, es un físico destacado y se casó en Los Ángeles con una amiga mía; los años de charlar con él me fueron de gran ayuda en "Vidas rotas". Antes de ponerme a escribir les pedí permiso a Kamal y a Lazlo para utilizar sus respectivas historias. Mis personajes tienen "Vidas rotas" por la guerra. Cuando comenté sobre lo que estaba trabajando me llegaron desde estudios académicos sobre la situación en Medio Oriente a partir de 1948, con la instalación del Estado de Israel, a señalarme la lectura del artículo "Cómo las palabras podrían acabar con una guerra" en "The New York Times". Entonces la cuestión es poner todo eso en orden y ligarlo con el policial, manteniendo la idea de un encuentro que acabe por fin con el conflicto.
P.: ¿Cómo conectó esas vidas con una historia de acción y suspenso?
W.C.G.: Recuerdo que estaba viendo una película de guerra por televisión, y de pronto se me ocurrió la historia de un traficante de armas. El secreto de la novela policial es que en las primeras páginas haya un muerto. En "Vidas rotas" está de entrada, pero hay que saber quién es, por qué lo mataron, quién lo mató. Y más cuando eso ocurre en 1963, con un hombre al que le han borrado quirúrgicamente las huellas digitales, que luego se sabrá que es palestino. Y es traficante de armas, y como tal le vendía a cualquiera. Y si vendía a todos era difícil pensar que alguien quisiera terminar con él, porque todos necesitaban tener un correo de ese tipo. ¿Es que había armas buenas y armas en malas condiciones que mataban a quienes las usaban? Un lindo asunto, bien complicado, para que lo resuelvan Hamilton y Bernardi.
P.: Isabel Allende dedica su novela "El juego de Ripper" a "William C. Gordon, mi socio en el amor y en el crimen". ¿Su mujer ha decidido hacerle la competencia en el policial?
W.C.G.: Cuando Isabel comenzó a escribir ese thriller hablamos mucho. Siempre charlamos sobre nuestros libros. Me mostró las primeras páginas. Mira, le dije, si quieres escribir un thriller, no importa si en la trama se trata de un juego de rol, para empezar, en la primera página tienes que tener un muerto. Al otro día me entrega un nuevo comienzo con el guardia de seguridad de una escuela muerto con un bate de béisbol en el culo. Eso sí, ahora sí que tienes un thriller. Después hablábamos de cómo iba avanzando, de las escenas de acción y de suspenso. Cuando lo terminó me lo dio a leer. Había leído unas cincuenta páginas y se asomó para ver qué me pasaba. Sabes, Isabel, le dije, ésta no es una novela policial, es una novela de Isabel Allende. Tú eres Isabel Allende y puedes hacer lo que se te da la gana. Y "El juego de Ripper" tuvo un éxito fantástico porque es de Isabel Allende. Y desde hace un tiempo ella se permite escribir lo que se le ocurre, cualquier género. Hace lo que se le da la gana. Carmen Balcells, que es la agente de los dos, nos propuso hace tres o cuatro años que juntos escribiéramos un libro, estaba preocupada porque Isabel ya no quería escribir. Tratamos de hacerlo durante unos quince días, pero nos peleábamos. Lo vamos a pensar entre los dos, pero yo lo voy a escribir. Ese era el tema de discusión. Al final cada uno se dedicó a hacer lo suyo. Y en eso estamos. Y seguimos hablando todos los días de lo que escribimos, de las escenas, de los personajes, de los conflictos, y nos ayudamos uno a otro, no es que estamos enclaustrados cada uno en un cuarto. Nos decimos todo lo que pensamos.
P.: ¿Eso no les trajo problemas?
W.C.G.: Ella era una escritora consagrada cuando yo, a los 60 años, hace 16 años, empecé a publicar. Había estudiado literatura en Berkeley, y luego me decidí a recibirme en Derecho. Pero después de aquella etapa viajera me puse a trabajar como abogado, defendiendo a hispanos. Cuando Isabel leyó mi primera novela, "Flawed", sobre un enano pervertido, no me la dejó publicar. Me decía que el personaje era asqueroso, que ninguna mujer iba a querer acercársele. Fui publicando otros thrillers, "Duelo en Chinatown", "El rey de los bajos fondos", cuando llegué al tercero me dije, ahora sí voy con "El enano", se publicó y tuvo éxito. Además, creo que puse en el personaje cosas que emocionalmente quería liberarme de mi padre, que era un mujeriego, borracho, sinvergüenza, que había inventado una religión para vivir sin trabajar. En esa novela, el enano tiene una secretaria que le maneja los fondos del negocio de su iglesia, y que era su amante y una dominatrix, que le daba placeres perversos de sometimiento. A Isabel le encantó ese personaje de falsa curandera, de bruja; y yo la había pintado así para destruir un recuerdo de la infancia de la amante que dominaba a mi padre, y había vuelto depresiva a mi madre. Los personajes superaron a las personas, las dejaron atrás.
P.: Su personaje del periodista Bruno Bernardi tiene todos los rasgos típicos de los personajes de la tradición clásica de la novela negra.
W.C.G.: No quería tener un investigador macho que tirara abajo las puertas. Quería a alguien un poco perdido al comienzo, que necesitaba la ayuda de todos. Por eso Bernardi en el primer libro se dedica a vender publicidad para un diario, ha perdido a sus padres, a su pareja, vive borracho. Poco a poco se va componiendo. En "Vidas rotas" ya es un periodista destacado.
P.: ¿Qué está escribiendo ahora?
W.C.G.: Sale ahora en inglés "Los pasillos del poder" una novela situada totalmente en San Francisco, que trata de los fuertes y cómo se caen. Eso llegará a estar en español el año que viene, lo que me traerá de nuevo por la Argentina. Muchas de mis novelas surgen de un primer borrador primerizo donde estaban esas historias como largas anotaciones. Había allí una historia de amor, que siempre quise escribir. Se la conté a Isabel, y ella me dijo: esa historia de amor no es suficiente, necesita un crimen. Fue una ayuda. Emma, la protagonista, la artista, la francesa, tiene un hijo, y se lo secuestran, y ahí tengo el crimen. Cuando estoy escribiendo, muere un hijo, y entonces me doy cuenta de que no escribía una historia de amor sino una historia de pérdidas. Perdidas mías que había escondido en la protagonista de mi novela. Ahora estoy escribiendo esa historia de pérdidas y de su superación. Ya tengo trabajo para dos años.
Entrevista de Máximo Soto


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