29 de mayo 2012 - 00:00

El trabajo teórico aplicado al arte incide en el mercado

Las obras del chileno Matta (izq.), el argentino Pettoruti (der.) y el venezolano Cruz Diez (abajo), que en las subastas neoyorquinas obtuvieron récords, modestos comparados con europeos y estadounidenses, pero récords al fin.
Las obras del chileno Matta (izq.), el argentino Pettoruti (der.) y el venezolano Cruz Diez (abajo), que en las subastas neoyorquinas obtuvieron récords, modestos comparados con europeos y estadounidenses, pero récords al fin.
Las subastas neoyorquinas de arte latinoamericano de Christies, y Sothebys culminaron la semana pasada con un auténtico festival de récords. Desde hace ya varios años, los coleccionistas del mercado global salieron a comprar arte de esta región del continente; tímidamente primero, pero con entusiasmo después. A partir de entonces, los artistas cuyas cotizaciones estaban retrasadas y aquellos que reciben un fuerte apoyo de sus países de origen, como los mexicanos, brasileños o venezolanos, comenzaron a escalar posiciones.

En los últimos remates, más de 40 artistas superaron sus precios históricos. Para comenzar, el chileno Matta, con una pintura del año 1944 «La révolte des contraríes», por la que Christies esperaba recaudar algo más de 2 millones de dólares y alcanzó la cifra récord de 5 millones. El precio de esta obra de Matta casi duplica el de «Los desastres del misticismo», los 2,6 millones de dólares pagados en el año 1999 por Eduardo Costantini. Hoy, esta pintura de Matta es uno de los tesoros del Malba porteño y, acaso, la más valiosa de las dos, en términos estéticos. Matta vivía en EE.UU. cuando en 1942, luego de un viaje a México, pintó «Los desastres.», una obra inmensa y poderosa, fruto del encuentro con la región volcánica y los vestigios de la civilización azteca.

En esta feria de récords figuran algunos argentinos, como Pettoruti, que superó con uno de sus soles, «Concierto» de 1941, rematado por 794,500 dólares, el precio de «El cantor» de 1934, vendido anteriormente en 782,500 dólares. Luego, Rómulo Macció (86,500 dólares), Luis Fernando Benedit (40.000), Marcelo Pombo (6.800) y Nicolás Guagnini (6.250), completan nuestro modesto equipo de los récords. Una obra excepcional de Jorge de la Vega, una pieza del «Rompecabezas» estaba estimada en 300.000 dólares y se vendió, pero arañando la base, por apenas 242.000.

Por poco que se analicen estas ventas, salta a la vista el abismo que se abre entre la inflacionaria escalada de las cotizaciones de los artistas europeos, estadounidenses y asiáticos, y los devaluados creadores de Latinoamérica. El precio más alto, 7,2 millones de dólares, se pagó por «Trovador» de Rufino Tamayo.

En los remates recientes, Sothebys, logró un récord de 4, 5 millones de dólares para Wilfredo Lam y totalizó 21,8 millones, mientras Christies llegó a 27,7 millones. Poco dinero si se coteja con los más de 100 millones pagados por Picasso, Klimt, Pollock o Cezanne. No obstante, Cristina Carlisle, representante local de Christies observó optimismo: «Hace una década vendíamos solo 10 millones en el año». La ejecutiva agrega que ninguna de las obras del remate procede de la Argentina.

Por otra parte, cabe aclarar que estas subastas, si bien mantienen el exotismo latinoamericano, revelan el predominio del arte abstracto y conceptual. Las modas y las «operaciones de mercado» siempre existieron. Pero, en Latinoamérica, hay algo nuevo. Nunca, como en estos últimos años, se había trabajado tanto y se había invertido tanto para construir un genuino soporte teórico, un sostén que no sólo justifique el precio de determinados artistas sino, además y, sobre todo, su inclusión en la historia del arte y en los espacios de consagración internacionales. La creación de nuevos museos, las publicaciones e investigaciones, la exhibición de colecciones con criterios museísticos, los programas educativos y el trabajo intelectual aplicado al arte, son factores determinantes de los récords de los venezolanos Armando Reverón (872.500 dólares), Gego (602.500) y Cruz Diez (722.500). A la dedicación de coleccionistas como Patricia Cisneros, Estrellita Brodsky y Ella Fontanals Cisneros, se suma el trabajo del Museo de Bellas Artes de Houston. Así, los tres artistas mencionados, más allá de su incuestionable talento, duplicaron o triplicaron sus cotizaciones. Una labor intelectual que podría parecer ajena a los intereses del mercado, tiene como resultado una incidencia directa. Los coleccionistas que compraron por poco dinero obras de Reverón, Gego o Cruz Diez, tienen la prueba.

El caso de Brasil es diferente: hay una política de estado y un coleccionismo que apoya el arte. Así, las obras de Ernesto Neto, Iberê Camargo, Candido Portinari, Alfredo Volpi y Vik Muniz batieron récords, y los precios de los buenos artistas no paran de subir.

Entretanto, «Tempestad», un alucinado paisaje que David Alfaro Siqueiros pintó con proxilina en 1939, estaba estimado entre 40.000 y 60.000 dólares, se pagó el récord de una obra suya sobre papel de 434.500 dólares. El estupendo dibujo de alrededor de 50 x 60 centímetros, fue realizado seis años después del célebre mural que se encuentra en el Museo del Bicentenario (valuado por el Tribunal de Tasación en 12 millones de pesos).

Dejá tu comentario