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El viaje de invierno inolvidable
La excepcional interpretación de Víctor Torres del «Winterreise» de Schubert fue uno de los hitos de la temporada.
Pocos autores en la historia del Lied han alcanzado la perfección de Franz Schubert en su «Winterreise (Viaje de invierno)», el ciclo de canciones sobre poemas del alemán Wilhelm Müller donde la música y la palabra constituyen una unidad. Más allá de la belleza y profundidad intrínsecas del ciclo es imposible no advertir la dimensión dramática que le da el hecho de que Schubert escribió estas páginas en el anteúltimo año de su breve vida y que las finalizó pocos días después de la también temprana muerte de Müller.
A lo largo de los 24 poemas (y siempre en asociación con la naturaleza propia del Romanticismo) la idea de la muerte sobrevuela constante, ligada al amor desgraciado y a la soledad, y los pocos destellos de optimismo son rápidamente ahogados en la desesperanza. La genialidad de Schubert no sólo radica en haber plasmado musicalmente esa atmósfera densa sino en haberla contrastado con algunos breves segmentos en modo mayor frente a los cuales el menor se vuelve todavía más oscuro.
Este ciclo requiere de intérpretes maduros, de técnica sobrada e inteligencia poética y musical. Y en nuestro país es difícil pensar quienes cumplan mejor estos requisitos que Víctor Torres y Fernando Pérez, músicos de extraordinaria versatilidad, con un particular talento para la música de cámara y que además pueden fusionarse mutuamente en sus discursos respectivos.
Es por eso que la noche del lunes, en que ambos brindaron el «Winterreise» para Festivales Musicales, quedará como uno de los hitos musicales de la temporada. Con una concentración digna de elogio (considerando los ruidos y toses que constantemente provinieron del auditorio), Torres y Pérez realizaron exquisitamente la bella travesía. El barítono sorprendió especialmente por su sabio manejo del vibrato, lo que le permitió lograr efectos notables, mientras que el pianista hizo de su parte una verdadera creación pictórica llena de sensibilidad.
Aunque cada estación de este «via Crucis» profano tuvo en ellos una versión difícilmente mejorable, es posible destacar la profundidad del «Gute Nacht» inicial, la intensidad del hermoso «Der Lindenbaum» o de «Wasserflut» o los contrastes de «Frühlingstraum» y «Die Post». En «Der Leiermann» (final que es casi una alegoría de esta unión desesperanzada de poesía y música) los intérpretes sumieron al público en la tristeza helada e infinita, con la melodía del piano levísimamente quebrada en su desarrollo como si surgiera de los dedos entumecidos del organillero, y con cada palabra vertida en su exacto acento en los labios de Víctor Torres, como lo había hecho desde la primera canción. La ovación de la sala fue correspondida con un bis: «O Lieb, so lang du lieben kannst», la canción de Liszt sobre un poema de Freiligrath que luego transformó en su famoso «Liebenstraum», en una versión delicadísima y completamente a la altura de la inolvidable peregrinación schubertiana que había llegado a su fin.


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