Mauricio Macri anunció, desde Milán, la presentación del Teatro Alla Scala en Buenos Aires para los festejos del Bicentenario, aunque sorprendió que no mencionara al Colón como sede. Se presume que ya estará reabierto.
«Evviva il Doge! Vittoria! Vittoria!» («¡Viva el dogo! [jefe de Gobierno en la Génova del siglo XIV]. ¡Victoria, victoria!»). Con este canto del coro comienza el tercer acto de la ópera verdiana «Simon Boccanegra», que el dogo porteño Mauricio Macri, según se comunicó ayer a la prensa, traerá a Buenos Aires junto con la Scala de Milán en 2010.
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Macri, que asistió el lunes en la refinada ciudad italiana a la inauguración oficial de la temporada 2008-2009 del Ente Autárquico Alla Scala di Milano (función más que tormentosa, como se verá), anunció que obtuvo el compromiso de que ese teatro se sume a los festejos patrios, en la segunda quincena de agosto del año del Bicentenario, interpretando la sombría tragedia verdiana, pletórica de voces baritonales y de bajos profundos, cuyo argumento, que abunda en intrigas palaciegas y crímenes de toda laya, no parece -en principio- el más optimista para una celebración tan jubilosa. Pero es un gran Verdi, desde ya.
La información proveniente de Milán también señala que será el maestro Daniel Barenboim quien se ponga al frente de la orquesta de la Scala para dirigir el «Boccanegra», y que la visita del prestigioso organismo coincidirá con una gira internacional que también va a comprender Japón, Alemania y España entre otros países. El Gobierno porteño, añade el comunicado, aprovechará la ocasión para celebrar por esa fecha la Semana de Milán en Buenos Aires, con muestras de diseño y tecnología.
En su encuentro con la alcaldesa Moratti y el coordinador artístico de la Scala, Gastón Fournier Facio, el jefe de Gobierno porteño también renovó acuerdos para que el tango tenga cada vez mayor presencia en Milán, e inclusive se conversó acerca del proyecto para que ese género rioplatense sea declarado «patrimonio intangible» por las Naciones Unidas.
Ahora bien, más allá de tantas buenas noticias e intenciones, en la información proveniente de Milán hay un detalle, no menor, que resultó altamente llamativo: en ningún momento se menciona al Teatro Colón como la sede de la actuación de la Scala, lo que desde luego debería ser obvio y natural. Sin embargo, quizá haciendo gala de una prudencia, o un pesimismo, hasta ahora nunca demostrados, la información no sólo no especifica dónde actuará la Scala, sino que sólo menciona tangencialmente al Colón cuando recuerda que, también en 2010, se cumplirá el 60° aniversario del debut de Barenboim en su escenario, como pianista prodigio.
Aunque el ciudadano supone, después de tantas promesas, que el Colón será reinaugurado el 25 de mayo de 2010 para recibir la triunfal «Aída», la omisión de su mención ayer en referencia a la presentación de la Scala (que en otras circunstancias habría sido obvia) parece abrir un interrogante tan sombrío como la misma «Simon Boccanegra», y empezar a darles la razón a los reiterados y agoreros pronósticos de los expertos en acústica, restauración, patrimonio, etc., que suelen coincidir en que «al 2010 no se llega». Un suspenso operístico, casi.
Por supuesto, es mejor que venga la Scala a que no lo haga, aunque haya que ir a verla al Coliseo, al Ópera, al Auditorio de Belgrano o a Caminito, pero sería ciertamente un desperdicio tan triste como melancólico que así ocurriera.
Hace apenas una semana, el Teatro Bolshoi de Moscú, también en refacciones y que debía ser reabierto el año próximo, terminó reconociendo que hasta 2011, por lo menos, no estaría en condiciones de retomar su actividad. Entre los muchos planes que debió frustrar se contaba, justamente, una visita de la Scala en 2009, aunque fuera de la gira que la traerá a Buenos Aires al año siguiente.
Ahora bien, aun ante todos estos fantasmas y acechanzas, Macri ha de haber sentido un mínimo consuelo cuando fue testigo el sábado, en el curso de la solemne apertura de la temporada en la Scala (que se celebra todos los años el 7 de diciembre, día de San Ambrosio, patrono de la ciudad), del escándalo mayúsculo que montó el público milanés para protestar contra la actual conducción artística del teatro y abuchear, de paso, la representación «minimalista» de «Don Carlo», otro emblemático título de Verdi, al punto tal de que el director Daniele Gatti, niño mimado de varias orquestas europeas y que por primera vez dirigía en ese podio, se puso tan nervioso que se creyó no llegaría hasta el final.
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