5 de enero 2010 - 00:00

En los 60, el amor no voseaba en las canciones

«No quiero que me lloren cuando me vaya a la eternidad/Quiero que me recuerden como a la misma felicidad». Por aquella época, la de «Una muchacha y una guitarra» (el tema de donde proviene la prematura invocación fúnebre de Sandro), ninguna de sus fanáticas podía tomar demasiado en serio tan lejano deseo. La canción surgió a fines de los 60 y Sandro era un volcán joven. Tampoco sonaba mal la elementalidad de sus rimas simples, como «eternidad/felicidad» que, no mucho después, llevaría al cenit con la despreocupada sucesión de «rosa/diosa/maravillosa/hermosa». Si hasta Serrat, en esos años, rimaba «noche» y «coche», a nadie se le habría ocurrido tampoco que un cantante popular, surgido de Parque Patricios, empleara el «tú» en sus canciones. El amor puro no voseaba en los 60. Sandro de América se llenaba «de ti»; su mundo de sensaciones y vibraciones eran «para ti».

Y en efecto, para millares de las dolientes admiradoras de hoy, aquellos fueron los días mas felices, los de luz de mil matices que Sandro tuvo para ellas. Sin la amargura de los 70, sin el cinismo de los 80 ni la insolencia de los 90. Sandro fue el último bastión, el último que pudo cantar «Tengo, poemas de amor y rosas y cosas maravillosas y todas son para ti» y no sólo no sonar ridículo, sino desatar torbellinos de pasión. Sin abandonar del todo el inspirador modelo Elvis-pelvis, había resignado el cenáculo del rock por la balada, las peligrosas ropas de cuero por la indumentaria galante y simple, y la fórmula fue demoledora. Detrás de su sonrisa abierta, a veces ligeramente socarrona, él sabía todo aquello, y lo gozaba.

En el panteón de la época, Sandro fue la versión más pecaminosa del familiar Palito Ortega y la más desasosegada y vital del huraño Leonardo Favio. Si Raphael, con sus tics y amaneramientos, hacía suspirar a sus seguidoras cuando cantaba «Yo soy aquel que cada noche te persigue», a Sandro le bastaba musitar «Tu boca sensual, peligrosa/tus manos la dulzura son/tu aliento fatal fuego lento», y ni que hablar de la extremada audacia de «Si ya es mío tu trigal» para que todas, sin ambigüedad ninguna y en el acto, lo sintieran íntimo.

Los años de «Sandro y los de fuego» habían pasado a ser los de un fuego controlado y calculado, más vasto y popular. Tuvo a su lado un mánager, letrista y asesor de imagen tan lúcido como Oscar Anderle, con quien su carrera se cimentó no sólo en el disco y los escenarios sino también en la televisión y el cine. Pese a aquella fama escandalosa de sus contoneos iniciales, sus películas siempre fueron tan blancas como las flores que prometía.

El carisma de Sandro, impuesto como el de los grandes showmen, se propagó por varias décadas aunque siempre girando sobre sí mismo. De él, a diferencia de otros ídolos populares, no podían esperarse cambios ni evolución. Habría sido un contrasentido: la rosa es siempre rosa rosa.

Dejá tu comentario