21 de julio 2009 - 01:10

En Luis Pereyra se funden el arquitecto y el artista

El medio de expresión habitual del Luis Pereyra artista (también celebrado arquitecto) es el dibujo, que realiza con distintas técnicas de lápiz, tinta, crayones de color, entre otras.
El medio de expresión habitual del Luis Pereyra artista (también celebrado arquitecto) es el dibujo, que realiza con distintas técnicas de lápiz, tinta, crayones de color, entre otras.
 «Mi experiencia es que cuanto más estudiamos el arte menos nos interesa la naturaleza. Lo que el arte nos revela realmente es la ausencia de un diseño en la naturaleza, su curiosa falta de refinamiento, su extraordinaria monotonía, su absoluta condición de cosa no acabada», sostuvo Oscar Wilde, para quien «los buenos arquitectos son artistas.». Ése es el caso de Luis Pereyra (1952), que en la actual 53a. Bienal de Venecia ha sido asesor en el diseño de montaje del Pabellón Argentino.

Pereyra, paralelamente a su actividad profesional y docente, ha desarrollado una larga trayectoria artística. Estudió pintura con Luis Felipe Noé y teoría del color con el rosarino, lamentablemente desaparecido, Juan Pablo Renzi, líder de Tucumán Arde.

El medio de expresión habitual de Pereyra es el dibujo. Este año, presentó su última muestra «La transfiguración», curada por Noé y Eduardo Stupía, en el espacio «La línea piensa», en el Centro Cultural Borges. Una retrospectiva con setenta dibujos organizados en nueve «estaciones» porque las describe como un viaje en tren. El recorrido de más de tres décadas de trayectoria, se desarrolla desde su primera exposición en 1974, retratos en lápiz de seres imaginarios, hasta sus últimas series.

«Trans unido a figuración alude al cambio de lo figurativo. Su elección de esta palabra nos está indicando que partiendo de una voluntad realista llegó a la conciencia de la convivencia de elementos abstractos con los figurativos, o más aún, de cómo aquellos se instalan en lo figurado», escribió Noé.

Utiliza distintas técnicas de lápiz, tinta, crayones de color, se centra en el ser humano enfrentado a situaciones imaginarias, simbólicas, en distintos grados de realismo y abstracción. Desde dibujos intimistas hasta imágenes de gran tamaño.

Pereyra, uno de los protagonistas de la joven generación en la década del 80, participó activamente en muchos acontecimientos de arte urbano, escenografías para obras de teatro experimental, exposiciones en lugares públicos, murales en estaciones de subterráneos, como la Estación Callao de la línea D, en 1985, entre otras manifestaciones del resurgimiento de la democracia. En la cuarta estación se destacan sus dibujos urbanos de fiestas y encuentros en los años 80.

A fines de aquella década, inició su conocida serie de Rompecabezas, que presentó en la quinta estación, porque pese a la democracia la vida se presentaba como un rompecabezas. «Las cabezas se vuelven dibujos en sí mismos, en algo casi abstracto. Busco con el dibujo hasta dónde la cabeza podía resistir una reconstrucción. La persona y la identidad se transforman en un gesto, en casi nada», dijo Pereyra. En la sexta estación, ya no parecen retratos porque trabaja con restos de los rompecabezas. En la séptima, que abarca los años 1990-2000, intenta recomponer el universo fragmentado en algunas escenas oníricas o metafísicas. Luego, entre 2000 y 2007, años más intimistas, Pereyra se propone reunir sus trabajos en un «libro de artista».

La función poética de sus dibujos se despliega en el simple hecho de presentarse con su multiplicidad de posibilidades y su total ausencia de limitaciones. Posteriormente, aparecen la energía de la línea y el estallido del color, que según el artista, revelan el mandato vital, las instrucciones que recibimos al nacer y que creíamos desaparecidas. Por ello, Pereyra escribió en el prólogo «¿No será que todos nacemos con un ovillo de líneas bajo el brazo? ¿Y no será que tirando de la líneas vamos desarmando el ovillo y jugando juegos a los que llamamos dibujar?. Y así, enrollando y desenrollando, figurando y transfigurando, se va tejiendo con el mismo ovillo la urdimbre de la vida».

El ovillo crea laberintos, uno de los temas centrales en la obra de Borges, que abordó con gran imaginación en el relato La Biblioteca de Babel», El jardín de los senderos que se bifurcan. En ese relato el espacio arquitectónico define al laberinto, descrito a lo largo de un texto que también se vuelve laberíntico, añadiendo al anterior un espacio literario.

Un laberinto es, para decirlo como Borges, simplemente un libro infinito, una biblioteca con innumerables corredores de libros, de calles intrincadas, lineales o sinuosas, como el ovillo de Pereyra. Es, a la vez, un tiempo circular que abraza el pasado y el futuro: la trama de tiempos que se cortan, se encuentran o se ignoran.

En los últimos años ha realizado varios libros de artista, entre ellos: «10 indiecitos», «Argentina Aleatoria», «El secreto del éxito», «Twins», «Los sueños del joven Antonio»; y el guión e ilustración de la obra de teatro «La transmutación» cuyos personajes son el artista Joseph Beuys y un conocido jugador de fútbol argentino. El año pasado expuso en el Kentler International Drawing Space en Brooklyn; y en el Consulado Argentino en Nueva York presentó su serie «Right or left», incluida en la exhibición colectiva «Reencuentro en New York», junto a otros cuatro argentinos también nacidos en la década del cincuenta, Carlos Bissolino, Rafael Bueno, Raúl Rodríguez y Eduardo Stupía, con quienes había participado en una primera muestra grupal a mediados de los setenta.

«El color llega a mi obra en la serie 'Right or left', que juega con los hemisferios cerebrales, tomando lo racional-irracional. Allí hay líneas de energía, de fuera, ríos de colores que se abren, que circulan, son dibujos inesperados: una vuelta al principio.»

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