26 de agosto 2009 - 00:00

Ensayo electoral no saca a Afganistán de la postración

La violencia no da tregua a Afganistán y el horizonte político no se define. Mientras los resultados parciales de las elecciones presidenciales -con sólo el 10% de los votos escrutados- marcan una ínfima ventaja al actual presidente Hamid Karzai, con el 41%, frente al 39% de Abdulá Abdulá (su ex ministro de Relaciones Exteriores), las tropas extranjeras enfrentan el año más sangriento desde el comienzo de la guerra en 2001, se informó ayer. Con cuatro soldados estadounidenses muertos ayer en un enfrentamiento en el sur del país, ya son 295 las bajas, superando las 294 del año pasado. A este hecho se le suma el atentado ocurrido en Kandahar, en la mañana de ayer, cuando los afganos rompían su ayuno diario en el mes sagrado musulmán de Ramadán. En este ataque con coche bomba murieron 40 personas y 60 resultaron heridas, todos civiles.

Un afgano cierra ayer por la tarde su puesto de venta en Kabul. Detrás, carteles propagandísticos del actual mandatario apoyado por EE.UU., Hamid Karzai.
Un afgano cierra ayer por la tarde su puesto de venta en Kabul. Detrás, carteles propagandísticos del actual mandatario apoyado por EE.UU., Hamid Karzai.
El Gobierno de Afganistán difundió ayer las primeras cifras de las elecciones presidenciales del 20 de agosto, en las que habría votado un tercio del padrón de 7,5 millones de habilitados.

Mientras se aguardan los resultados de tan intrincados comicios, vale recordar que los electorales no son, sin embargo, números suficientes para explicar el rumbo de Afganistán. Es que este país devastado y paupérrimo, y en guerra ininterrumpida desde hace 30 años -desde 1979, con la invasión de la URSS- sólo puede explicarse en su complejidad a partir de las cifras.

Con una superficie de 652.225 km2 (dos veces la provincia de Buenos Aires), el 75% de su terreno es montañoso.

Tres cadenas cruzan el país que, como Bolivia, es un Estado encerrado entre macizos, sin salida al mar. En el Hindu Kush, su cordillera central, se encuentran las reservas de cobre más grandes del mundo que, al igual que los yacimientos de petróleo y gas, no pueden ser explotados por causa del conflicto permanente.

Sólo un 12% de sus tierras son arables, pero el 80% de la economía depende de la agricultura. «Casi la totalidad se destina para el cultivo de la amapola, de la que se obtiene el opio y la heroína», agrega Rodolfo Martin-Saravia, embajador de la Argentina ante las repúblicas de Afganistán, Pakistán y Kirzijistán.

Las tropas de EE.UU. y de la OTAN no consiguieron erradicar el cultivo (en tres años creció el 120% y su tráfico significa u$s 5.000 millones anuales), principal fuente de ingreso de los talibanes. «Si bien EE.UU. y los aliados tienen control sobre el espacio aéreo afgano, no fumigaron las plantaciones», dice Martin-Saravia desde Islamabad para Ámbito Financiero, «porque hubieran provocado mayor pobreza entre la población y a su vez, ésta habría recurrido a los talibanes».

Pero hay más: «Un doble juego», según este diplomático. «Las fábricas de droga están en manos de los señores de la guerra (jefes tribales), y ellos, a su vez, comprometidos con el Gobierno de Karzai, con lo que su eventual desestabilización rebotaría en ingobernabilidad». (El hermano menor del presidente fue sindicado como dueño de una de estas fábricas).

De los 27 millones de habitantes de la República Islámica de Afganistán, el 80% es sunita. Siguen estrictamente la «sharia», el precepto religioso-social ultraconservador. Así, la población afgana es de las de mayor crecimiento en el mundo: según la ONU, cada mujer afgana tiene un promedio de 6.64 hijos. Esto hace que su población se duplique cada 20 años. La progresión geométrica demográfica lleva a que el 60% de su población sea menor a 21 años, y esto, a pesar de una tasa de supervivencia bajísima (43 años) y de que 6 millones de afganos se hayan exilado en Pakistán e Irán desde 1979. Otros guarismos, en cambio, no llegan a ser tan palmarios. Como los de la pobreza, que para el Gobierno de Karzai es del 50% de la población, mientras que para The Economist ronda el 90%. O el desempleo, que oficialmente está en el 40% y para ese semanario en el 75%.

Mientras se aguardan más resultados de la elección, se van acumulando denuncias contra el oficialismo por fraude (un enviado de la ONU estimó que uno de cada cinco votos fue «trucho») y las posibilidades de transcurrir hacia la segunda vuelta en medio de un clima de inestabilidad política y social. Por eso, en EE.UU. y en Occidente consideran a esta elección como un fracaso. En especial Washington, que no alcanzaría a retener a su protegido Karzai, en el poder desde 2001.

No piensa así Martin-Saravia: «Es la segunda elección presidencial (la primera en 2004), que pudo llevarse a cabo; y con menos actos violentos de los que se esperaban».

Existe, sin embargo, un temor compartido por Karzai y EE.UU., ante la eventualidad de una transición de casi 70 días entre la elección y la segunda vuelta. «Que el opositor Abdulá reclute los votos de los candidatos de la primera vuelta», dice Martin-Saravia, en lo que podrían ayudar su excelente relación con el Gobierno de India y el apoyo financiero de Irán. Un triunfo de Abdulá sería, para EE.UU., un revés equiparable al bélico que está sufriendo contra los talibanes. Por algo la leyenda dice que «la indomable Afganistán es la tumba de los imperios»: se deshizo de la dominación británica en 1919, de la ocupación soviética en 1988 y ahora hace trastabillar en sus montañas el águila estadounidense.

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