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Entre críticas y recuerdos, Cristina habló de “aprietes”
Desde San Pedro, donde encabezó el acto por el Día de la Soberanía Nacional, Cristina de Kirchner contestó a los organizadores del paro.
Ocurrió lo contrario: la Presidente cementó, en persona, el libreto que temprano manoteó el Gobierno para desmerecer el paro montado, en curiosa sociedad, por la CGT de Hugo Moyano, la CTA de Pablo Micheli, la FAA de Eduardo Buzzi y grupos piqueteros como la CCC de Juan Carlos Alderete.
Fue más lejos. «A mí no me corre nadie y mucho menos con patoteadas», dijo la mandataria en el acto por el Día de la Soberanía, en el que le dedicó un tercio de su discurso a la medida de fuerza encarada por gremios opositores que afectó, entre otros servicios, el transporte urbano.
El foco K se centró en ese punto: en reprochar los cortes de rutas y calles, y de vías que estorbaron, al punto de paralizar varias líneas ferroviarias, el transporte de pasajeros en el área metropolitana.
«Estoy de acuerdo con el derecho a huelga. Pero no con el corte, con el bloqueo, con la amenaza, con la presión, con impedir que otros no vayan a trabajar», dijo la Presidente desde San Pedro, donde estuvo escoltada por Daniel Scioli, que, alineado, comparó a Cristina con una «gladiadora» que «defiende la soberanía política y económica» del Gobierno.
«Cuánta razón tenía mi compañero Néstor Kirchner cuando hablaba de la Presidente Coraje», completó el gobernador en modo de hacer kirchnerismo en medio de los momentos duros para el Gobierno.
En tanto, Cristina cuestionó los ataques a comercios que habían abierto sus puertas, acción que se atribuye a militantes del gremio gastronómico que comanda Luis Barrionuevo.
Se trató, en rigor, de un mix de críticas personales y recuerdos para construir el relato de la minimización de la protesta que, dijo, se limitó a un grupo de «gremios de servicios» y fue un «fenómeno circunscripto a la Capital Federal».
En ese tono, consideró que «huelgas en serio, donde no se podía mover una mosca» presenció en el pasado y evocó la consigna «Paz, pan y trabajo», eslogan de Saúl Ubaldini, a quien se recordó anteayer a seis meses de su muerte.
Fue la base para desplegar, a partir de ahí, una crítica quirúrgica sobre las caras más visibles del paro. Para Micheli fue la mención a los piquetes de una «Argentina devastada» en los que murieron «Kosteki y Santillán» que, dijo, «seguramente no hubiesen viajado a Miami».
Un golpe bajo sobre el viaje que semanas atrás realizó a EE.UU., destino a Nueva York, con escala en Miami, el jefe de la CTA anti-K.
A Barrionuevo, también sin nombrarlo, le recordó que sus seguidores «quemaron las urnas» en Catamarca, hecho ocurrido en 2003, cuando, también, la atacaron a huevazos durante un acto para promocionar la candidatura de Kirchner a la presidencia.
Moyano, en la ráfaga cristinista, fue el menos golpeado: al titular de la CGT Azopardo pareció dirigido el mensaje de añorar «dirigentes (que) estuvieran más preocupados por cuidar las fuentes de trabajo».
Las calles, llenas el 8N; la Ciudad, semivacía ayer. Dos postales del peor noviembre del kirchnerismo desde que llegó al poder en 2003 y conforman, lecturas y decodificaciones mediante, un fin de año brumoso para el Gobierno.
La Casa Rosada, frente a los dos episodios, eligió un recurso similar de desligitimación. En el primer caso, objetó la ausencia de un «líder» que represente a los caceroleros que protestaron dos semanas atrás. Un camino corto de autoconsuelo para desconocer el mal clima.
Ayer, la crítica fue cuestionar los matices o antagonismos del «staff» opositor que, a media tarde, se mostró en la CGT Azopardo para dictaminar que esa unidad que permitió el paro con piquetes no tiene, según la mirada K, chances de germinar en un frente electoral (ver nota aparte).
El argumento, de manual, fue advertir que sin el corte de accesos, calles y vías, el impacto visual del paro no hubiese sido tal. Implica, por la negativa, asumir lo obvio: que la Ciudad presentó un estado de parálisis parcial, un sábado en mitad de semana.
Con ese «speach» reaccionaron Sergio Berni, Juan Manuel Abal Medina y Florencio Randazzo, en el coreo oficial, para asegurar que sin los piquetes y los supuestos aprietes a comercios y líneas de colectivos, el paro no hubiese alcanzado el nivel de acatamiento que tuvo.
El método, comprobado o no, es un clásico de los paros de todos los tiempos: parar u obligar a parar. Sin embargo, es una impugnación insuficiente para ignorar que, por primera vez, un bloque político-sindical desafió y, a priori, salió airoso, a un Gobierno K.
Ayer, desde San Pedro, Cristina de Kirchner pareció remitir a aquella obsesión cuando dijo que no se dejará «correr» mediante «amenazas y patoteadas». Y cerró con una frase temeraria que anima la tan frecuentada teoría conspirativa de los K: «Primero vienen por el Gobierno y luego vienen por el pueblo».


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