21 de enero 2011 - 00:00

Entre sueños y tropiezos, los cubanos se lanzan al mercado

Un hombre anuncia con un megáfono el comercio de artículos religiosos de Lázaro Méndez en La Habana. La Policía lo deja promocionar sus artículos en la calle, pero los comercios vecinos se quejan porque reciben un trato desigual.
Un hombre anuncia con un megáfono el comercio de artículos religiosos de Lázaro Méndez en La Habana. La Policía lo deja promocionar sus artículos en la calle, pero los comercios vecinos se quejan porque reciben un trato desigual.
La Habana - Milagros quie- re saber si como mecanógrafa le permiten usar computadora o sólo su vieja máquina de escribir, y Lázaro si viola la ley pregonando la oferta de velas y collares en su tienda de santería: los cubanos debutan como pequeños empresarios, arrastrando décadas de prohibiciones.

Múltiples y variadas son las dudas o consultas en oficinas de licencia para abrir negocios «por cuenta propia», autorizados por Raúl Castro en la reforma económica que refrendará en abril el VI Congreso del Partido Comunista (PCC), primero en 14 años.

«Hay desconcierto, mucha gente con deseo de hacer y mucho desconocimiento de las nuevas leyes, porque antes había grandes restricciones: yo trabajaba solo pues no podía tener ayudantes», dice entre yerbas, pilones y calderos Lázaro Méndez, un zootécnico que ha dedicado 26 de sus 45 años a vender artículos de santería.

Bajo la puerta de su local, estratégicamente ubicado en el popular barrio Cuatro Caminos, uno de sus diez empleados ofrece con megáfono: «Velas a 3,50, collares a 10. ¡Compare precios paque vea!».

Al lado, en un puesto cinco veces más chico, Miriam Velásquez, de 40 años, se queja: «Yo no entiendo esto, él puede usar altoparlante, pero a mí el jefe de sector (policía) no me permite poner música religiosa para ambientar mi negocio; me retiran la licencia que acabo de sacar para buscarme la vida».

¿Qué está permitido y qué no? La confusión es tal que Radio Rebelde abrió el micrófono al público durante varios días, con expertos del Ministerio de Trabajo en la cabina.

Hilda llama desde Camagüey para que la «orienten» sobre qué puede o no vender en su merendero; Maribel, de Granma, pregunta si para elaborar dulces debe llevar autorización de la escuela donde es maestra; y Adrián, de Holguín, si puede salir a ratos del taller y dejar a su ayudante vendiendo el calzado.

Pese a incertidumbres, dudas y riesgos en la naciente aventura empresarial, unos 85.000 cubanos pidieron ya permiso de trabajo privado desde que Raúl Castro los autorizó en octubre en 178 oficios, como opción para 500.000 empleados que son despedidos en un plan de reducción de la abultada burocracia cubana.

En las oficinas de licencias, funcionarios aún piden requisitos y papeles que antes exigían para los contados negocios de «cuenta propia». «Dos fotos y carné de identidad. ¡Nada más!», se cansan ahora de repetir las autoridades.

Restorán

José acaba de abrir su propio paladar (pequeño restorán) en el barrio residencial de Miramar, oeste de La Habana. Como ha sido la práctica en los que ya existían, él recita a los clientes el menú, pues en la carta no figura ni la mitad de lo que ofrece, mucho menos la carne de vaca, aunque ahora no está prohibida.

Los pequeños negocios fueron abolidos en 1968 por Fidel Castro en la llamada «ofensiva revolucionaria» y autorizados en 1993 para paliar la crisis en que cayó Cuba por la caída del bloque soviético.

Reservas como la de José no son gratuitas. Además de que la apertura de los años 90 dio marcha atrás en un proceso de recentralización en 2004, muchos «cuentapropistas» cerraron por exceso de controles y por ser estigmatizados como nuevos ricos y potenciales capitalistas.

Todo un cambio de mentalidad, dice el propio Raúl Castro. «Debemos defender los intereses de los trabajadores por cuenta propia, igual que hacemos con cualquier otro ciudadano. Hay que transformar conceptos erróneos e insostenibles acerca del socialismo», afirmó en un discurso en diciembre.

Advirtió el presidente, no obstante, que «no se permitirá la concentración de riqueza»: cuanto más empleados tenga un «cuentapropista», más impuestos se pagan.

Bajo el dintel de la puerta de su local, donde exhibe imágenes de los «orishas», Lázaro piensa en grande. No conforme con el megáfono, se alista para colgar algo hasta ahora prohibido en Cuba, un letrero de publicidad: «Yerbero de Cuatro Caminos. Artículos religiosos».

Agencia AFP

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