- ámbito
- Edición Impresa
“Escribir como en el XIX sería absurdo, además de inútil”
Neuman: «En lo formal ‘El viajero del siglo’ es una novela de personajes, de introspección, psicológica, con descripciones atentas, pero, por otra parte, con los recursos del mundo audiovisual: el cine, el zapping».
A.N.: Al investigar la época en que se publicaron los poemas del lied, para colocar el encuentro de los personajes en ese tiempo, empecé a observar paralelismos políticos, sociales, ideológicos entre el siglo XIX y el siglo XXI. Concomitancia entre revolucionarios y conservadores, choques entre nacionalismos e internacionalismos, transformación del rol de la mujer, etcétera. Eso me decidió a hacer una novela histórica rara. Una novela histórica que no narrase ningún acontecimiento histórico, que sucediera en un lugar imaginario, porque no quería determinaciones realistas en ninguna parte, y que además estuviera protagonizada por personajes ficticios.
P.: Esto le permite que sucedan discusiones teóricas, que se debatan formas del pensamiento contemporáneo, y hasta que el encuentro amoroso se respalde en una antología poética.
A.N.: Creo que la novela es una suma de libros, son muchos libros metidos dentro de un libro. Yo visualizaba al siglo XIX como una especie de televisor, y hay una voluntad de zapping por los canales, o subgéneros que nos legó el siglo XIX, un siglo que es magistral en cuanto a la novela, en el que se publicaron muchas de las más grandes novelas de la historia.
P.: ¿Cómo aparece ese zapping por los subgéneros?
A.N.: Comienza el libro y hay una novela gótica, con un carruaje que es una evocación de «Drácula». Cambiamos de canal y hay una novela sentimental a lo Stendhal. Cambiamos de canal y hay una novela de ideas, tipo las discusiones de «Guerra y Paz». Cambiamos de canal y hay una novela de misterio con un enmascarado suelto que ataca a los ciudadanos cuya identidad desconocemos. Cambiamos de canal y hay una novela epistolar. Me atraía escribir sobre el siglo XIX con recursos estilísticos de las vanguardias contemporáneas, y del mundo audiovisual: el cine, el zapping. Cada una de esas tramas viene a agilizar el ritmo natural que tenían las novelas clásicas. La investigación en lo formal no deja de lado la coherencia en los contenidos. En lo formal es una novela de personajes, de introspección psicológica, con descripciones atentas pero, por otra parte, hay un ritmo más saltarín, bastante escatología por momentos, sentido del humor, y los recursos visuales a los que hoy estamos habituados.
P.: ¿Por qué califican su novela de posmoderna?
A.N.: Ése es sólo un aspecto en «El viajero del siglo», es una novela del siglo XIX no decimonónica. Hay obras posmodernas en un sentido más tajante. Yo trataba de hacer una novela que en parte homenajeara esa capacidad que la narrativa contemporánea está desechando y va a terminar perdiendo, como es la creación de personajes, el trabajo con la estructura. Trataba de mostrar mi admiración de la novelística del XIX pero, a la vez, que no se puede escribir como en esa época, porque es imposible, y porque si pudiéramos estaríamos haciendo como Pierre Menard reescribiendo «Guerra y Paz», una tarea absurda, además de inútil.
P.: ¿Su novela no cree que remite más que a las del siglo XIX, a las de comienzos del siglo XX, a las de Thomas Mann, a las de Hermann Broch que buscaban expresar una Weltanschauung?
A.N.: Me gusta la idea de un Thomas Mann disparatado, una «Montaña Mágica» pop, más densa y más divertida. Ahí tenemos una novela conversada, y yo adoro que en los libros escuchemos conversar a los personajes, e incluso hablar al mismo tiempo, porque uno de los desafíos técnicos es que en vez de intercambio de parlamentos prolijos, completos y prolongados, hubiese bastantes momentos en que se interrumpen, hablan al unísono, no terminan las frases, mientras uno habla, el otro se pone a hacer otra cosa; mediante recursos cinematográficos busqué mostrar el desorden de una conversación real. Como en obras de comienzos del siglo XX hay muchos monólogos interiores que llegan al punto de que el perro del organillero también empieza a pensar. Tenía en la cabeza el propósito del «Ulises» de Joyce, más que esa obra ilegible, la relación entre lenguaje y pensamiento interior. Tambien a «Manhattan Transfer» la tuve de referente en algunos momentos. Me pareció divertido tener en cuenta esas obras cuando la estructura de mi libro tiene mucho más que ver con el folletín romántico.
P.: ¿La columna vertebral de su novela fue la historia de amor entre Hans y Sophie?
A.N.: Creo que lo que sostiene buena parte de la novela es esa historia sentimental, enlazada por traducciones, poemas eróticos, discusiones teóricas, y una segunda historia de amor, ya no físico sino de ternura y respeto, la del organillero y Hans. Hans se queda en esa ciudad de la que nadie es capaz de irse porque se enamora de Sophie y se deja adoptar como nieto imaginario por el organillero; son sus dos vínculos, que le permiten conocer los dos mundos de Wandemburgo, el de las clases altas intelectuales y el de lumpen de la cueva. Hans es un viajero entre dos mundos y una bisagra entre dos estéticas, entre las de dos siglos diferentes. Hans no sólo es un viajero espacial sino también temporal y social. Es un nómada que tiende puentes entre momentos, ideologías y lugares distintos, por eso es «El viajero del siglo» aunque no se mueva esta vez. Yo quería mostrar el nomadismo sedentario de hoy, que sin dejar de estar frente a una pantalla, sin movernos, podemos andar por el mundo, y eso lo hacemos buena parte del día, todos los días del año. Hans es la paradoja de un viajero romántico, de los que pensaban que se hace destino al andar, que empieza a comportarse como un internauta, su valija se parece a una laptop, contiene demasiadas cosas como para ser una simple valija, lleva una memoria no sólo personal sino colectiva, es una curiosa ventana que lo comunica con otra manera de ver las cosas, como desde otro tiempo.
Entrevista de Máximo Soto


Dejá tu comentario