19 de diciembre 2008 - 00:00

Esos símbolos que nos engalanan la Navidad

Esos símbolos que nos engalanan la Navidad
Pinos cubiertos de esferas rojas y de una inexplicable nieve que no consigue derretir la poderosa estrella que tiene en su cumbre. Golosos y bien alimentados, Papás Noel a los que no les importa el calor y andan arropados como para poder pasar el invierno. Montañas de pan dulce plagado de frutas secas como para sentirse masticando un panettone en el gélido norte de Italia. Curiosos pesebres a los que se les han ido sumando soldados y animalitos de todo tipo, y donde Jesús, a pesar de la fresca, es recibido a la intemperie.
Mirada con una leve distancia toda la parafernalia de ritos, festejos, obsequiosidades y delicias culinarias de Nochebuena, Navidad, Nochevieja, Año Nuevo y Reyes, se convierte en algo sorprendente la manifestación de un curioso sincretismo religioso, la expresión de una simbiosis de culturas, de una paulatina globalización mental antes de la globalización, la evidencia continua de símbolos que el tiempo ha ido sumando, fundiendo, integrando.
«Cada Navidad, la gente cumple una serie de ritos sin saber muy bien por qué. Si bien se celebra el Adviento, el nacimiento de Jesús, las fiestas remiten a antiguas costumbres, ceremonias y creencias que preceden al cristianismo», explica el etólogo Desmond Morris en su libro «Tradiciones de Navidad». Y quien entre a mirar de cerca esos símbolos que están por todas partes, con un poco de curiosidad, irá de sorpresa en sorpresa. Quien se pregunte: de dónde habrá salido celebrar el nacimiento de El Salvador, de El Niño Dios con festines, banquetes, bailes, cantos y regalos, podrá llegar a la conclusión de que todo eso, que tiene muy poco que ver con el modo judeocristiano de celebración, era el modo en que los antiguos romanos celebraban en diciembre las Saturnales, esas festicholas báquicas de mucho beber y mucho comer, que habitualmente concluían en una muy pagana orgía. Si uno se detiene en algunos de esos emblemas navideños, fácilmente se encontrará haciendo turismo aventura, yendo a destinos inesperados y realizando admirables recorridos culturales. Veamos.

Persiguiendo a Papá Noel

Ese señor mayor, de buen comer y de buen beber según denuncia su ostentosa panza, con más predilección por la ropa roja que el mismísimo Hugo Chávez, y que conocemos como Papá Noel, tiene muchos otros nombres que le otorgan diversos orígenes, y por lo tanto una historia levemente distinta, aunque siempre de onda extremadamente bondadosa y reiterados Jo Jo Jo en su risa gorda. Es Padre Navidad, Papá Invierno, el Viejito Pascuero, Santa Claus, Santa Klaus, Sinter Klaas y especialmente San Nicolás.
Según parece, todo comienza con el bueno de San Nicolás, que hoy se lo conoce como San Nicolás de Bari, aunque no fue un santo italiano, sino un sacerdote de Licia, que hoy es parte de Turquía, pero es en Bari donde se guardan sus reliquias, que según se dice fueron salvadas de los moros.
Nicolás era un muchacho de familia rica que prefirió salir a evangelizar en vez de, como querían sus padres, dedicarse al comercio. Además de hacer regalos a los niños y ayudar a los necesitados, se cuentan entre sus milagros haber resucitado a unos pequeños y haber salvado de la prostitución a unas muchachas. Temprana fue la veneración de la gente. Y fue la imagen que más tarde se le daría a Santa Claus. Quien quiera comprobar esto puede acercarse a la Basílica de San Nicolás de Bari de la Ciudad de Buenos Aires, en la avenida Santa Fe 1352. En el frontispicio de la iglesia, si se pone en la vereda de enfrente, verá a San Nicolás con toda su barba, rodeado de niños y de ángeles.
La imagen y la historia de San Nicolás fue ingresando en el centro y norte de Europa, su figura fue cambiando, se fue mezclando con las de mitos celtas y leyendas germanas, como la del Señor Invierno que entregaba caramelos, medias de lana, bufandas, gorros para que los tiempos de encierro que se venían a partir de diciembre se pasaran dulcemente. Y así es como se fue convirtiendo en un ser laico, un señor lejano a cualquier religión, que vive en un lugar preciso del polo Norte, del Círculo Polar Artico, en Rovaniemi, en Finlandia, que es una bellísima ciudad dedicada enteramente a Santa Claus, donde está su casa y su museo, donde se vive el espíritu navideño todo el año. Quien no quiera ir tan lejos puede ir a Drobak, en Noruega, donde la arquitectura parece haber sido diseñada a partir de las ilustraciones de los cuentos de Navidad. Allí, las señales de las calles advierten que hay que cuidarse de los gnomos y dicen cómo dirigirse a Tregaarden, la casa donde seguramente está cocinando Papá Noel con su esposa, esa gordita que hace unos años le inventó el emporio Disney, y en la calle pastan, es un decir, los renos que arrastran su trineo: Cometa, Brincador, Veloz, Paloma, Corcel, Tragón, Cupido y Doncel. En realidad, los renos y el trineo se los inventó, allá por 1824 (todo lo que tiene que ver con la Navidad tal como hoy se la conoce comenzó en el siglo XIX), el poeta Clement Moore para poder rimar un verso de su poema «Una visita de San Nicolás».
Y si esto se quiere ver con un mayor sincretismo, es suficiente llegarse en esta época a Disney World, Disney-land o Eurodisney, y se verá al del sonoro Jo Jo Jo que se lanza a bailar con el ratón Mickey. Y quien busque acercarse con mayor respeto por la tradición católica, tiene que ir a Holanda, donde verá a Sinter Klaas, así lo llamaron y ese nombre es el que al pasar a los países de habla inglesa se convirtió en Santa Claus, así como Padre Invierno en Francia se volvió Pere Noel, que quiere decir Padre Navidad y es casi lo mismo, pero en francés.
El Sinter Klaas de Holanda es una perfecta representación del obispo San Nicolás, pero como parece imposible escapar al sincretismo, viaja en una carroza tirada por caballos y acompañado por ¡pajes españoles! que lo ayudan en el reparto de regalos.
El reparto de regalos hay casos en que se vuelve divertido, por ejemplo en Bélgica, donde el bueno de Papá Noel tiene como ayudante a su fiel y malvado escudero Zwartre Piet, El Negro Perico. Mientras Papá Noel saca de su bolsa regalos para los niños que han sido buenos, Perico mete en su bolsa a los niños que han sido malos. Una interesante relación con esta leyenda es la de la Tía Airie, un hada que para los chicos es flor de bruja, que suele andar por la zona de Montbellard, en Francia. Airie no se anda escondiendo, ni bajando por chimeneas, ella se presenta al chico y si ha sido bueno, le da un regalo o una caricia, pero si ha sido malo, le paga una cachetada, y si pasa en un momento en que no encuentra al chico, le deja un atadito de ramas para mostrar que estuvo allí, y que el chico ese no es bueno, que no merece un regalo, sino que tiene que esperar que en cualquier momento se le aparezca y lo baje de un flor (y según ella merecido) de cachetazo.

El árbol que une cielo y tierra

¿Se imagina un abeto en pleno desierto? ¿Un pino engalanado en el invierno de Palestina? El Árbol de Navidad es algo tan reciente como Papá Noel o (mutas mutandis) más viejo que la Navidad, que el nacimiento de Cristo. Hasta no hace mucho, algunos dicen desde principios del siglo XX, el Árbol de Navidad no existía, sólo estaba el pesebre, el Niño Dios, Santa María y San José, mucho después se fueron agregando los Reyes Magos o Astrólogos, los pastores, y los animalitos. Finalmente, no deja de ser curioso, se puso el pesebre debajo del Árbol de Navidad. Y algunos sostienen que la estrella que se pone en la cumbre de la conífera es la que anunció la llegada del Mesías.
Las interpretaciones del valor simbólico son tan amplias que lo único que hacen es señalar su sincretismo, revelan el carácter vinculante con los más antiguos ritos y misterios humanos. El árbol siempre verde dice que con el invierno no se acaba la vida, sino que se mantiene y regresa con la primavera, y así los seres humanos también tienen un pasaje a lo inmortal más allá de su transcurrir por la Tierra, es la reconciliación con lo sagrado y la posibilidad de la vida eterna. Es la imagen del Árbol de Universo en cuya copa está la morada de los dioses, el palacio de Odin, y en sus raíces el reino de los muertos. Es el Árbol de la Vida de la tradición cabalística, el Árbol de los sefirots. Es el Árbol del Edén, el de la sabiduría del bien y del mal, el de la pérdida de la inocencia y del paraíso, es la de la manzana de la tentación, la del pecado original, que hoy está representada por esas bolas rojas que cuelgan de los pinos y abetos recordando por qué Eva y Adán fueran expulsados, aunque la mayor parte de la gente las tome sólo como bonitas decoraciones. Es la forma del árbol un triángulo que representa a Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es el masónico triángulo donde está el ojo del Gran Arquitecto. En el fondo de cada uno de los que observan ese árbol, según K.G. Jung, está un encuentro con sus devociones pretéritas, devociones que recorren las religiones y sectas más diversas y la oculta historia del mundo.

Epílogo para agnósticos

Un operador turístico europeo, considerando que el mundo está poblado de agnósticos que ven en estas fechas sólo la posibilidad de unas buenas vacaciones, sacó una promoción para quien esté harto de las comilonas con familiares que no se tragan, tener que hacer regalos a gente insufrible y felicitar a quien no se lo merece, y propone: «¿No le gustaría cambiar de aire esta vez, ser deliciosamente egoísta?». Y hace planteos para todos los gustos: ir al concierto de Fin de Año de la Orquesta Filarmónica de Viena en la sala dorada del Musikverein, con George Prete como director. Y ya que está en Viena, visitar el Palacio Pacualati, donde vivió Beethoven, la casa de Mozart y la casa natal de Schubert. Y de paso hacer el «sendero de San Silvestre» y deslizarse a la aldea de los astrólogos.
Ah, no es muy melómano. Qué tal entonces una buena juerga en Las Vegas. Largarse al boulevard The Strip, ir al teatro de Wayne Newton o a ver el Cirque du Soleil, y no dejar de tentar la suerte en las maquinitas o en los paños verdes. Para las monedas finales está la montaña del Hotel y Casino Nueva York y el parque MGM Grand Aventure. ¿No? Más aventuras solares y carnales. Ibiza es su desmadre. Perdón, va con su madre. Bueno, lo suyo es Byron Bay, en Australia, así es el primero en celebrar el año, es el primer lugar en el mundo donde se ven las primeras luces de 2009. ¿Algo más? Me cansó. Tengo lo suyo. Un país inconcebible. Con una lluvia de agua que lo dejará pasmado. Que tiene de todo y parece que la gente creyera que no tiene nada. Y se va a cansar de mirar. Mire, vaya a las Cataratas, a Iguazú, a la Argentina. ¿Así que no le gusta porque está de moda?, ¡pero por favor!