27 de julio 2010 - 00:00

Estados Unidos, más cerca de la solución argentina que europea

Angela Merkel
Angela Merkel
Lo primero que hay que tener en cuenta es que lo sucedido en Grecia y en otros países «débiles» de la región no es independiente de la razón que llevó al mundo a la crisis 2007-2008. No solamente la Reserva Federal se dedicó a inundar el mundo de liquidez y a depreciar su moneda durante 2001-2007. La idea generalizada es que es malo para la economía de un país que el tipo de cambio, medido contra el dólar, baje en su mercado. Por lo tanto, cuando la Fed asume políticas monetarias flexibles y hace bajar el precio de su moneda, en mayor o menor medida, todos los otros bancos centrales del mundo siguen esa estrategia.

Cuando el crédito mundial es abundante, los inversores tienden a valuar poco el riesgo que asumen y, con tal de ganar unos puntos más sobre los bajos rendimientos vigentes, terminan financiando a cualquiera. En este contexto, muchos gobiernos se ven tentados a gastar de más y/o a gestar políticas económicas demagógicas cuyos costos económicos quedan tapados por la inundación de liquidez internacional. El problema aparece cuando las «aguas» se retiran y queda al descubierto toda la «basura» que tapaban.

En los inicios de la crisis griega, los gobiernos de la eurozona no evaluaron correctamente los costos de no tenderle la mano a dicho país. Argumentaron que no estaba bien que «pagaran justos por pecadores»; pero se olvidaron de que los primeros eran responsables de no haber controlado a los segundos. En definitiva, eso es lo que se espera suceda entre los miembros de cualquier asociación. Por eso, las soluciones llegaron tarde y, al dejar crecer la incertidumbre, fue necesario tomar medidas más drásticas. No sólo hubo que avalar la deuda griega, sino la de otros países de la región, que empezaron a generar grandes dudas sobre su capacidad de cumplir sus compromisos en el tiempo.

Acá cabe hacer otra aclaración. Un país no solamente es solvente porque el tamaño de sus pasivos es relativamente bajo, también depende de su capacidad de pagarlos. Si alguien no tiene el dólar de deuda que debe abonar, alguien deberá prestárselo y, si nadie lo hace, está quebrado. Por lo tanto, la solvencia de un Gobierno también depende de su crédito, palabra que deriva de credibilidad. Por eso, algunos países con déficits y bajos niveles de deuda se vieron en problemas; porque su historial fiscal no ayudaba a generar la confianza demandada.

Esto nos lleva a la necesidad o no de hacer ajustes en el sector público. Si una persona quiere gastar más de lo que gana, tiene que usar sus ahorros o endeudarse. Si a alguien que no ahorró dejan de prestarle, deberá reducir sus gastos hasta ajustarlos al nivel de sus ingresos y, si encima tiene que pagar vencimientos de pasivos pasados, deberá bajarlos hasta generar los recursos para abonarlos. Es cierto que, en el caso de la endeudada Grecia, resultó más fácil entender la necesidad de bajar las erogaciones para no caer en cesación de pagos. Sin embargo, no fue igual con otros países de la región cuya situación fiscal era más sólida; por ejemplo, Alemania.

Por otro lado, la incertidumbre generada por la crisis griega redujo el conjunto del crédito de la eurozona. Esto quedó a la vista con la pérdida de valor del euro, en la medida en que los inversores huían de los activos nominados en esa moneda. Al caer el nivel de financiamiento de una economía, alguien deberá ajustar su gasto. Si no lo hace el sector público, lo tendrá que hacer el sector privado. Además, si Alemania sigue tomando igual cantidad de fondos en el euromercado, otras naciones más débiles deberán reducir su absorción de recursos.

Es cierto, hay una alternativa a la decisión anterior. El Banco Central Europeo puede emitir euros para comprar la deuda pública de todos los gobiernos de la región y, de esa forma, sostener el gasto público. Sin embargo, es falso pensar que esto no tendrá costos. La realidad es que terminará financiando las erogaciones estatales a costa de «impuesto inflacionario»; por lo que no extraña que éste fuera el ejemplo que nuestra Presidente le aconsejara seguir al Grupo de los 20.

En definitiva, la opción de la UE fue demostrar que era capaz de asumir el pago de sus deudas públicas sin necesidad de recurrir a alguna licuación inflacionaria de ésta. Por lo tanto, hablando futboleramente, dejó a los inversores en posición «fuera de juego» y, de la misma forma en que se apuraron a desarmar sus carteras en euros, debieron lanzarse a reconstruirlas; por lo que la demanda de la moneda única se incrementó impulsando al alza su valor. Por otro lado, esto implica que el financiamiento a la eurozona aumenta; lo cual hace más disponibles los recursos que necesitan tomar en el mercado el sector privado y los gobiernos menos solventes de la región. Esto es lo que se ha estado observando que sucede en estos últimos meses.

En el corto plazo, los errores conceptuales de la mayoría de los analistas y de los economistas cuya opinión «pesa» les darán gran volatilidad a los mercados. En el mediano plazo, el futuro de la eurozona dependerá de lo creíble y eficiente que termine siendo este ordenamiento fiscal que, no cabe duda, es necesario; ya que no es cierto que haya países que puedan endeudarse sin límites. Por lo tanto, cuanto más se acerquen a ese límite, más doloroso será el proceso posterior de ajuste.

¿El buen comportamiento de la eurozona garantiza que la crisis de 2007-2008 se está superando? Lamentablemente, no. Los economistas les hemos hecho creer a todos que podemos reducir, milagrosamente, las cuentas de las «festicholas» que gestamos desde los gobiernos o bancos centrales. Con cierta flexibilidad fiscal y monetaria, pudieron postergarse en el tiempo los costos del ajuste que se debió haber pagado por los errores cometidos por la Fed y la mayoría de los bancos centrales del mundo en el período 2002-2007. Avanzada la recuperación, estos mecanismos monetarios y fiscales deben ir desarmándose. Se canjeó una recesión coyuntural menor por un crecimiento posterior menor.

Sin embargo, de nuevo, está la «solución argentina», mantener el pie «a fondo» en el acelerador monetario y fiscal. Así, el crecimiento será más alto; pero no es cierto que no tendrá costo. Allí está la historia inflacionaria y de cesaciones de pagos de nuestro país para dar cuenta de ello.

Por lo tanto, la gran pregunta que queda por resolver es cuál será el camino a seguir por EE.UU. Hoy parece que la opinión de la mandataria argentina tiene más predicamento en el mundo de los economistas y de los políticos que la de la canciller alemana, Angela Merkel. Así que nada nos garantiza que no haya una nueva crisis en el mediano plazo. 



(·) Director del CIIMA-ESEADE.