Ciudad de México - Estamos "adoloridos, pero listos para seguir", comentó María Lourdes Aguilar, de 49 años, que viaja con sus dos hijas y sus cuatros nietos menores de 10 años.
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"En este viaje uno no come bien, no duerme bien, nunca se descansa", dijo, en medio del llanto de los niños hambrientos y con la ropa mojada después de una torrencial lluvia.
"Estamos acostumbrados, nuestro propio presidente no nos quiere, no nos importa que Donald Trump tampoco nos quiera", sentenció.
Su intención original era ingresar al país a través del puente internacional, paso oficial entre Guatemala y México. Pero el Gobierno de este país cerró la frontera el viernes ante la llegada masiva de los hondureños.
"Sabemos bien que este país no nos recibió como esperábamos y que nos pueden devolver a Honduras, y también sabemos que hay narcotraficantes que secuestran y matan a los migrantes", reconoció por su parte Juan Carlos Flores, de 47 años, tras caminar más de siete horas desde Ciudad de Hidalgo. "Pero vivimos con más miedos en nuestro país, así que seguimos pa'delante", agregó.
Sin documentos, los migrantes quedan en la clandestinidad a lo largo de miles de kilómetros de camino y a merced de traficantes de personas o narcos que los secuestran o buscan reclutarlos contra su voluntad.
En 2010, un grupo de 72 indocumentados centroamericanos fueron secuestrados por el cartel de Los Zetas y asesinados porque se negaron a unírseles, según el Gobierno. Sus cadáveres fueron hallados en una bodega de Tamaulipas, fronteriza con Estados Unidos.
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