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Euro: mensaje de urnas antes que sea tarde
Conviene tomar con pinzas los resultados en las urnas, pero no tanto los de las Bolsas. Una elección para el parlamento europeo, que no saca ni pone gobierno, es una oportunidad inmejorable de manifestar la protesta. Pero, la bronca en sí no es un programa de gestión y el mismo votante, en un comicio más condicionado, ponderaría de manera muy distinta sus alternativas. Marine Le Pen arrasó en Francia. ¿Lo hubiera hecho en una elección polarizada como cuando se elige al ejecutivo? ¿Y Nigel Farage, el populista en alza en Gran Bretaña? La fragmentación es propia de la votación parlamentaria, y más aún si se refiere a un artefacto emocionalmente lejano como el Parlamento Europeo. Pero, a no engañarse, también es una señal del daño colateral que dejó una crisis aún sin resolver. En España, que a diferencia de Italia, aún en los peores momentos resistió la canibalización, el bipartidismo sufrió un inédito revés al no alcanzar siquiera la mitad de los votos. El partido sensación, Podemos, del carismático Pablo Iglesias, registrado apenas cinco meses atrás, revela en su plataforma los signos de la premura. Sus doce propuestas económicas harían las delicias de cualquier líder bolivariano, y ¿qué?, el Ibex madrileño subió el 1% y arañó los récords. La expectativa está puesta en Mario Draghi y la reunión del BCE y no en el tembladeral de la política.
En una primera lectura rápida, el ciudadano europeo se radicalizó. Ganan terreno los populismos, los nacionalismos, la toma de distancia con el proyecto común y toda suerte de francotiradores, antes marginales. Es cierto. Pero la dinámica no es lineal. Italia, que inventó la carrera política de la Cicciolina mucho antes del colapso de Lehman, no quiso payasadas y le dio un espaldarazo a la sensatez de Renzi. En Grecia, los neonazis del Amanecer Dorado, con un 9,3% de los votos, obtendrían 3 escaños en el Parlamento. Y Syriza, la coalición trotskista de Alexis Tsipras, encabezó el escrutinio. Pero lo que era un aluvión se detuvo: no logró superar el 26,8% de los sufragios de junio de 2012. Y la Nueva Democracia y los partidos de centro hicieron pie con mejor suerte que la esperada. ¿Un punto de inflexión, quizás?
Las riendas de Europa no cambiaron de mano. Angela Merkel ratificó su liderazgo en Alemania (aunque le crecen los yuyos). La "Gran Coalición" de partidos tradicionales mantiene el control del Parlamento Europeo. Los disconformes que llegan a Estrasburgo son un mosaico diverso y, como buenos nacionalistas, no tienen muchos lazos entre sí. Les llevará algún tiempo elaborar alguna agenda afirmativa compartida. Lo que cabe descontar de movida es la oposición a las iniciativas que apunten a más Europa (algo por lo que hoy nadie pierde el sueño).
Las Bolsas europeas escalaron el lunes y suben, en forma consecutiva, las últimas seis semanas. Tampoco les importó la crisis de Ucrania (otro tema de gran importancia). Si la austeridad es rechazada por capas crecientes de la población (y ya no en la periferia sino también en Gran Bretaña, Francia y Dinamarca) y los políticos serios están en la picota, amenazados por una nueva hornada de adalides sin compromiso con el proyecto común, el aviso de las urnas llega justo a tiempo. Mario Draghi y el BCE entenderán mejor la necesidad de abordar los problemas de la baja inflación y la contracción crediticia antes de que sea demasiado tarde.


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