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Europa vela sus armas contra la crisis
¿No hubo medidas concretas de política monetaria? No. O sí. El BCE alistaba el repliegue de sus programas de asistencia extraordinaria y, por segunda vez en dos meses, decidió prorrogar su vigencia. Esta vez hasta que finalice el primer trimestre del año próximo. Como dicen los españoles, habrá «barra libre» de liquidez para la banca a un día, una semana y, como plazo máximo, a tres meses. A la tasa del 1%. ¿Quién podía esperar que, tras dos semanas de vértigo, el BCE no abandonara la tozudez de pretender conducir a contramano de la realidad? Nadie. No obstante, sirve contar con la confirmación oficial de que el banco central no planea echar más leña al fuego. Aunque sería mejor si además se abocara a la tarea de apagarlo. Rehabilitar la ventanilla de asistencia a un año, aún con un cupo limitado, hubiera servido -a costo mínimo- como señal de una actitud de mayor compromiso. Y si el BCE recela de lo que pudiera catalogarse como populismo monetario, bien podría compensar canalizando su dureza hacia donde es pertinente. En materia de liquidez, Europa luce demasiado rígida. Pero le sobra laxitud en tolerar la fragilidad patrimonial de su banca (lo que acabó por hundir a la Irlanda ejemplar). Redistribuir las cargas sería matar dos pájaros de un tiro. Pero no figuró en la agenda.
Interrogantes
¿Qué pasó con la utilización de la herramienta más poderosa del arsenal del BCE? ¿Cuán cerca del blanco estuvieron las súbitas proyecciones de una ampliación del programa de compras de bonos (SMP) a más de un billón de euros? ¿Y la especulación paralela de que podrían sumarse compras de obligaciones emitidas por la banca? De uno a diez, cero. De momento, el BCE no tocará ni una coma de la iniciativa que ya lleva adelante y que se ha probado ineficaz, no por diseño, sino, precisamente por su aplicación por goteo. No sólo los analistas quedaron en desaire con sus vaticinios. También los políticos. El presidente de la Comisión Europea, el portugués José Manuel Barroso, en su discurso sobre el Estado de la Unión, el pasado 7 de septiembre, ponderaba el vigor de la recuperación y señalaba que, a diferencia de EE.UU., Europa no necesitaría más estímulos. Dos días atrás, su visión era más sombría. Y el mismo Barroso fogoneó la idea de esperar más del BCE: «Estoy seguro de que tomará cualquier acción que sea necesaria para proteger la estabilidad de la eurozona». En todo caso, como se dijo, no será esta semana.
El Consejo Monetario del BCE se mantuvo inmutable sabiendo que contrariaba las propias expectativas que habían ayudado el miércoles a apaciguar la corrida. Uno tiene derecho a imaginar una discusión agitada, aunque difícilmente asome a la luz pública. No fue fácil para la Fed preparar el terreno para lanzar la segunda fase del relajamiento cuantitativo, el vituperado QE2; será mucho más arduo convencer a los miembros del BCE. Es verdad que no hay mejor corrosivo para las fijaciones que el ácido de las turbulencias. Pero Europa se cansó de criticar a la Fed y ahora que descubre que tiene que tomar la misma medicina que juzgaba «irresponsable», y en cucharadas soperas, necesita la piedad de una coartada. No era sensato, pues, esperar que el BCE -un ateo vociferante en estas cuestiones- girara en el aire y emergiera del cónclave con la unción de un ferviente monaguillo. Pero que Trichet señale que el tamaño del programa de compra de bonos es el adecuado; que, desde un principio, su propósito consiste, exclusivamente, en ayudar a lubricar el proceso de transmisión de la política monetaria bajo condiciones anormales y que no se trata -de ninguna manera- de una variante del relajamiento cuantitativo, ya que la liquidez que inyectan las operaciones se esterilizan por completo dice mucho sobre las preferencias a priori del BCE y muy poco, o nada, sobre el futuro.
Esas preferencias a fines de abril eran todavía más tajantes: se sostenía que el BCE jamás compraría bonos públicos. Y en mayo no tuvo otra escapatoria. No fue por gusto sino por la imposición de una realidad apremiante. Queda claro que el BCE aborrece del relajamiento cuantitativo; más aún de unir las aguas de lo monetario con lo fiscal. Y no se dude de que las críticas al QE2 vertidas por toda Europa, equivocadas o no, fueron sinceras. Pero eso no significa que no vaya a añadirse a la procesión. Se escribió, no ahora, sino el 4 de octubre, cuando todavía reinaba la calma: «Que nadie se sorprenda, pues, si el BCE, no temprano, sino tarde, que es su estilo, considera un cambio de planes y, a la manera de un último mohicano, decide sumarse al desfile de luces de colores».


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