11 de enero 2011 - 00:00

Europa y la batalla decisiva

La cruzada europea a favor de la austeridad sembró los vientos que hoy permiten recoger una cosecha pródiga de inestabilidad. La guadaña ya separó a Grecia e Irlanda de los mercados de capitales. Portugal se niega y discute condiciones (como antes Irlanda). Siempre es así. Desde Berlín, fuentes extraoficiales apuntan los pasos a seguir. Tómese nota: Alemania y Francia sellaron el destino de Portugal. El paquete de ayuda oscilaría entre los 50 mil millones y los 100 mil millones de euros. Alemania habría accedido a la ampliación del fondo de rescate, la Facilidad Europea de Estabilidad Financiera (FEEF), tal como pedían las autoridades del Banco Central Europeo (BCE) en noviembre. Y la razón no es otra que lo que todo el mundo admite: velar las armas para el combate definitivo, la Batalla de España.

El mundo le debe a Europa el error más grave de política económica desde que comenzó la crisis en 2007. Abogar por la sanidad fiscal pudo parecer loable. De hecho, aun hoy recibe menos críticas que decisiones espejo como el famoso QE2 de la Fed, del que se esperaban todos los males de esta Tierra y no produjo ninguno (mientras se guarda silencio sobre sus beneficios). Donde había incertidumbre -cómo gestionar una deuda pública en alza desmesurada sin caer en una nueva crisis- la política de la austeridad como chaleco de fuerza instaló una certeza siniestra. Despejó las dudas a cambio de confirmar los peores temores. Aunque la economía europea logró mantenerse a flote, no mejoró las cuentas fiscales. Pero bastó para arruinar la deuda pública. Su invocación devastó a la periferia. Si la Batalla de España no está perdida de antemano no es porque Madrid vaya a equilibrar su presupuesto, sino porque España es demasiado grande para que sucumba sin enterrar con ella -como mínimo- el sueño de la unión monetaria. Moral hazard puro.

¿Cuánto le debe el mundo a Europa por esta inoportuna contribución? Todavía es temprano para confeccionar la factura. Las molestias fuera de la eurozona, a decir verdad, cuando fueron serias, han sido fugaces. No hay corrida contra la deuda pública más allá de Europa. Y no porque escasee la materia prima. De ahí, los riesgos de que el mal se propague sin control. Que no haya roturas, no significa que no vaya a haberlas. Si arde París, habrá que poner muchas otras deudas en remojo.

En las costas de España, una vez más, se decidirá el destino de Europa. Como en Trafalgar. Al timón, en vez de Churruca, Angela Merkel. A su flanco, Nicolas Sarkozy. Y en la nave independiente del BCE, Jean-Claude Trichet. No es, por cierto, la Armada Invencible. Su poder de fuego es tan grande como su desidia en usarlo a pleno. No es acción lo que les falta. Su impericia se ejercita periódicamente. Tanto que ya no se advierten sus consecuencias. Así se despachó a Portugal, la semana pasada, cuando la Comisión Europea abrió la fase de consultas para definir un régimen drástico de tratamiento para bancos en dificultades. No es que se vaya a aplicar en la coyuntura. Que quede claro: Irlanda pidió soporte para reestructurar la deuda senior de su banca y Europa le cerró con candado esa posibilidad. Se trata de un zafarrancho de combate. Que barrió la cubierta de la propia flota. Con los bancos de la periferia en plena emisión de obligaciones, antes que los soberanos refinancien las suyas a partir de marzo, un proyecto que enfatiza las pérdidas de capital les dio de lleno. Así como elevó todos los spreads (diferenciales) de riesgo. En octubre, el ministro portugués de Finanzas, Fernando Teixeira Dos Santos, afirmó que el país tendría que recurrir a la asistencia europea si las tasas rebalsaban el 7%. El temporal cruzó ese umbral como si nada.

¿Qué fuerza monumental se opone a la Armada del euro? No es el almirante Nelson. Son los mercados, pero en sus ratos libres. No a tiempo completo. Si Europa no los incentivara, esta Armada Brancaleone ganaría su dinero, en temporada, remando a favor de la corriente de los activos de riesgo que reforzó la Fed con el QE2. Una sola observación basta: cuando la tensión no está en sus picos, las Bolsas europeas avanzan de la mano de Wall Street aun si las deudas de esos mismos países crujen o se astillan. Como en la Guerra Civil Española, muchos deben ser los que combaten alternativamente en ambos bandos. Entregar a Portugal sin mayores escaramuzas es, pues, arma de doble filo. Señal de debilidad que invita a correr tras la próxima presa. Y a la par una decisión estratégica que fija el terreno donde se librará la batalla. Como Portugal terminará de agotar la munición del fondo de rescate (si el auxilio se mantiene hasta 2013), va de suyo que habrá una recarga de recursos. Pero sería suicida pensar que la batalla se ganará por esa vía. Grecia e Irlanda están en una sala de terapia muy particular. Allí se entra y se evita el default, pero de allí no se sabe cómo salir. Es más, la deuda crece y su tenencia se traspasa de manos. Los privados huyen, el sistema financiero local y los públicos y multilaterales acrecientan su tajada. En ese proceso, la calidad de la deuda se bifurca peligrosamente. No es lo mismo la deuda que Grecia tiene con el FMI que las obligaciones que mantiene con los inversores de cartera (qué mejor ejemplo que la Argentina). De ahí que los rescates invariablemente catapulten los rendimientos de la deuda remanente, la que flota en los mercados, en vez de sosegarlos. Esta es la sepultura en vida de la política de austeridad. No hay ajuste fiscal primario posible que compense el espiral de la factura de intereses (aunque como ésta sólo se paga en el margen, tampoco hay default). Grecia rinde más del 12%. Irlanda supera el 9%. Portugal, como se dijo, el 7%. Y esa es la cuesta que espera a España. No se ganará la batalla, pues, si el BCE no se libera de sus ataduras. Y si no aporta todo su poder de fuego hasta doblegar la pulseada en contra de los spreads. Ya se dijo, en su momento, que el BCE debería lanzar su propio QE2. Después de ver correr mucha agua bajo el puente, no hay motivos para cambiar de opinión.

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