20 de enero 2009 - 00:00

Fascinante historia de un hombre del que se espera todo

Washington (enviado especial) - Barack Hussein Obama se sintió distinto muchas veces en su vida, especialmente durante su infancia y su adolescencia.
El primer presidente negro de Estados Unidos no transitó el más común de los esforzados caminos de sus contemporáneos de Harlem, los barrios del sur de Chicago o Mississippi. Sin embargo, no tuvo una vida fácil.
Las fotos escolares de la infancia de Barack Obama en Hawai, el estado en el que nació el 4 de agosto de 1961, lo muestran como el único negro de la clase. Sus fallecidos padres abandónicos -la antropóloga blanca Stanley Ann Dunham y el economista negro Barack, quien había llegado becado a EE.UU. desde Kogelo, Kenia- al menos se preocuparon por monitorear a la distancia una educación que lo pusiera en carrera.
No fue menos singular su paso por las aulas de Yakarta, Indonesia, a partir de los 6 años, a las que arribó luego del temprano divorcio de sus padres, cuatro años antes. Su progenitor volvió (huyó) a Kenia sin reaparecer durante quince años y su madre formó pareja con un ingeniero musulmán indonesio, Lolo Soetoro, que lo envió a escuelas observantes del islam.
Abandono

A los diez años, el niño Obama sufrió un nuevo abandono cuando fue enviado nuevamente a Honolulu, al cuidado de su abuela Madelyn, la «segunda madre» del pequeño, que tomó las riendas de su educación secundaria y quien falleció dos días antes de la elección presidencial que consagró a su nieto.
Pasó bastante tiempo hasta que Barack Obama Jr. internalizó la necesidad de combatir las injusticias padecidas por las personas con su mismo color de piel.
El súbito interés por sus compañeros llegó cuando finalizaba sus estudios en la Universidad de Columbia, en Nueva York, tras un paso de dos años por Los Angeles. Fue al graduarse, con 24 años, cuando se sintió próximo a pelear contra el apartheid que sufrían sus hermanos de raza de Sudáfrica. «Empecé a notar que existía un mundo más allá de mí mismo», confesó durante un discurso pronunciado en mayo pasado en la Universidad Wesleyan de Middletown, Connecticut.
En sus idas y vueltas a Chicago, su siguiente destino, trabajó en organizaciones sociales. Un grupo de iglesias del South Side le ofreció empleo como organizador de tareas comunitarias en barrios marginales, un trabajo que terminó hermanando a Obama con la cultura afroamericana de su país.
Su hermana Maya, hija de Stanley Ann y su pareja indonesia, contó que cuando el electo presidente tenía 16 años recibió la visita imprevista de su padre desde Kenia. Como un marciano, el economista llegó repleto de lecciones bajo el brazo. En 1982, Barack Obama Sr. murió en un accidente automovilístico en su país. El ahora presidente podría haberlo odiado, pero terminó, superados los 30, escribiendo el libro titulado «Dreams from my father». Ello lo concretó luego de conocer la Kenia en la que había quedado atrapado su padre. Nació entonces el tercer lazo con sus hermanos, distinto al intelectual que lo acercó a los sudafricanos y al de los suburbios de Chicago.
En Harvard, Obama se terminó de consagrar como un estudiante de elite. Allí obtuvo el título de Derecho, en 1991. Con el diploma bajo el brazo llegarían mejores ofertas laborales en estudios de abogados en Chicago. En uno de ellos apareció Michelle, una mujer que dará que hablar al menos los próximos cuatro años. Ambos tendrían luego a sus hijas Malia y Sasha.
Su carrera política fue meteórica. Estuvo sólo ocho años, entre 1997 y 2004, en el Parlamento local de Illinois, por donde también transitara Abraham Lincoln.
Al ser electo senador nacional por su distrito se transformó en el tercer negro en la historia en arribar a esa Cámara elitista. En la noche en que George W. Bush derrotó a John Kerry, cuando el primero fue consagrado por segunda vez, la TV hizo foco en este hombre, uno de los pocos con motivos para festejar entre los demócratas. Su sonrisa franca generaba empatía para las cámaras.
Con el ciclo de los «neocons» en declive, Obama se anotó en las primarias, para desgracia de Hillary Clinton. En puntas de pie, fue eludiendo todos los intentos por encasillarlo en márgenes que le impidieran crecer, hasta convertirse hoy en un presidente que entusiasma a una franca mayoría de los estadounidenses. Una vez más, queda la lección de que las infancias complicadas son a veces un incentivo para convertirse en un político de raza.

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