15 de abril 2009 - 00:00

Felisberto Hernández no fue 007 pero tuvo una espía que lo amó

Alicia Dujovne Ortiz: en «La muñeca rusa», fabula sobre la historia real en la que una espía soviética sedujo al gran escritor uruguayo Felisberto Hernández.
Alicia Dujovne Ortiz: en «La muñeca rusa», fabula sobre la historia real en la que una espía soviética sedujo al gran escritor uruguayo Felisberto Hernández.
Viviendo un poco en Palermo Soho y otro poco en París, y recorriendo el mundo para seguir a sus personajes, Alicia Dujovne Ortiz ha escrito una veintena de libros, muchos traducidos a más de veinte lenguas o que están por serlo, como «La muñeca rusa», su más reciente obra, donde mezcla realidad y ficción, investigación y fantasía, biografía y novela, para contar de una comunista española a la que le ordenan en la Unión Soviética convertirse en la mujer de un escritor anticomunista uruguayo.

Periodista: ¿Hay alguna conexión entre sus últimos libros?

Alicia Dujovne Ortiz: El año pasado publiqué «El camarada Carlos», historia de mi padre, Carlos Dujovne, que nació en la Argentina pero fue a la URSS en 1923, y de allí lo enviaron a Montevideo, y eso tiene que ver con África de las Heras, la heroína de «La muñeca rusa», mi nuevo libro. Mi padre llegó a Montevideo en 1928 como agente secreto soviético de agitación sindical, para organizar el Buró Sudamericano de la Internacional Sindical Roja, que funcionó de 1928 a 1943. Yo obtuve una beca francesa para ir a Moscú a investigar en los archivos comunistas la historia de mi padre. Y venía con ese mundo cuando me contaron la historia de África, una espía de la KGB enviada a Montevideo en 1949, en medio de la Guerra Fría, para organizar allí una red de espionaje que englobara a toda América, y enviar a los espías que quedaban de la época del Buró Sudamericano a realizar operaciones de sabotaje atómico en Estados Unidos. Par eso tenía que dar a esos rusos, polacos y checos auténticos pasaportes uruguayos. Si los soviéticos eligieron Montevideo como centro de difusión es porque era el lugar más tranquilo de la tierra, ideal para cualquier tipo de actividad ilegal porque la policía se dedicaba a tomar mate.

P.: ¿Cómo encontró esa historia?

A.D.O.: Me la contaron porque África de las Heras tuvo una relación increíble con Felisberto Hernández, un gigante de la literatura uruguaya. Alguien en la KGB, al que llamo Oleg, tiene la idea digna de un novelista de que, para que África de las Heras tenga una cobertura insospechable, vaya a París a seducir a Felisberto Hernández, notorio anticomunista, se case con él y llegue al Uruguay como su esposa, una apacible modista española. África, cuyo nombre de guerra era María Luisa, no era muy hermosa pero era sí seductora, una andaluza de armas llevar, que había sido heroína de la Guerra Civil Española. Allí la capturaron los soviéticos y la llevaron a Moscú para entrenarla. Una de sus misiones fue ser secretaria de Trotsky en México, y dibujar los planos de la Casa Azul de Frida Kalho y Diego Rivera para prepar el asesinato de Trotsky. Luego la entrenaron como radio operadora y la mandaron en paracaídas tras las líneas alemanas en Ucrania. Esos lugares me eran familiares por mis búsquedas para «El camarada Carlos». Yo venía investigando el tema soviético. Tenía ganas de escribir sobre Felisberto. Al saber lo que había ocurrido con esa mujer pensé: esta historia la vivieron para mí.

P.: ¿Cómo fue la relación entre África y Felisberto?

A.D.O.: Llegaron a Montevideo en 1949 y dos años después se separaron porque ella ya no lo necesita; había establecido la red de espionaje y se dedicaba a mandar mensajes vía un pesquero soviético anclado en la Antártida, de esos que decían venir a buscar krill. Lo hizo durante 20 años sin ser detectada. Como en aquella novela «La orquesta roja», los espías eran pianistas por como tocaban el teclado de sus aparatos para enviar mensajes. África era, en ese sentido, una eximia pianista. Y no le ocurrió como aquellos de la novela que fueron fusilados, sino que a ella no le pasó nada, y tuvo tal suerte que cuando volvió a Moscú, muerta de pánico porque a su jefe, Beria, lo habían fusilado tras la muerte de Stalin, y sus segundos enviados al Gulag, y el personaje que inventé, Oleg dejó que lo maten para salvarla de cometer un crimen. África pensó que iba a caer igual que todos pero, lo soviéticos tenían una especial «ternura» por los españoles, por ejemplo a Ramón Mercader, que fue muy amigo de ella, no le tocaron un pelo, y ella siguió incólume con todos sus jefes en el otro mundo. Además, la nombraron instructora de espías, y murió un año antes de la caída del Muro de Berlín, tachonada de condecoraciones.

P.: ¿Por qué Oleg se interesó en Felisberto Hernández?

A.D.O.: Al espionaje entraban obligados muchos semióticos, miembros del formalismo ruso. Oleg era un semiótico cuyo trabajo consistía en decodificar el lenguaje, y qué más codificado que toda la obra de Felisberto Hernández. Ese mundo de secretos, sospechas, encontrar en los muebles y no en las personas misterios a revelar, se parece mucho al que Oleg vivió en la KGB. Me divirtió imaginar las relaciones cotidianas entre Felisberto y África, porque él vivía en la luna, no se daba cuenta de que convivía con una espía. Era genial, pero no astuto. Sin embargo, le dedicó el cuento «Las hortensias» donde dijo: «las muñecas son enigmáticas y alguna parece una espía». Los artistas suelen tener esas instuiciones. África era una muñeca rusa.

P.: ¿Cómo encontró el tono para esta historia?

A.D.O.: Hay temas que lo eligen a uno, y éste me había elegido. Yo me pego a la cabeza de mis personajes, no creo en el narrador omnisciente porque no tengo la menor idea de quién es. En primera persona está el diario de Oleg, escrito por un ruso que aprendió castellano, el de África es un español muy español, y el de Felisberto es la lengua rioplatense. A ella le tengo simpatía aunque fuera capaz de asesinar fríamente y sin ningún problema. Con Felisberto, un filósofo que huye de las abstracciones, un narrador que erotiza los objetos, es difícil simpatizar porque no era humano, sólo se lo podía admirar (Ángel Rama pidió que lo admiremos aunque no lo amáramos); creo que estoy más en el personaje que inventé, en ese Oleg que se anula así mismo, que se sacrifica. Es el titiritero, el que maneja los hilos. Tanto África como Felisberto sabían una parte de la historia, sólo Oleg podía saberlo todo.

P.: ¿Qué datos obtuvo?

A.D.O.: En Montevideo un día me trajeron una enorme nota, muy documentada, del periodista uruguayo Fernando Barreiro, que es quien descubrió la historia de África en Uruguay. Me entusiasmé y me contaron más y más cosas, pasó a ser mía, a imponerme que la escribiera. Por eso me llevó increíblemente poco tiempo hacerlo. Un año a mi ritmo, es decir a diez horas diarias a lo bestia, con eso momentos que los psiquiatras llaman «de vigilancia extrema».

P.: ¿Qué escribe ahora?

A.D.O.: Estoy en la mitad de una novela sobre una santa, pero no voy a decir nada más.

Entrevista de Máximo Soto

Dejá tu comentario