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Felisberto Hernández no fue 007 pero tuvo una espía que lo amó
Alicia Dujovne Ortiz: en «La muñeca rusa», fabula sobre la historia real en la que una espía soviética sedujo al gran escritor uruguayo Felisberto Hernández.
A.D.O.: Llegaron a Montevideo en 1949 y dos años después se separaron porque ella ya no lo necesita; había establecido la red de espionaje y se dedicaba a mandar mensajes vía un pesquero soviético anclado en la Antártida, de esos que decían venir a buscar krill. Lo hizo durante 20 años sin ser detectada. Como en aquella novela «La orquesta roja», los espías eran pianistas por como tocaban el teclado de sus aparatos para enviar mensajes. África era, en ese sentido, una eximia pianista. Y no le ocurrió como aquellos de la novela que fueron fusilados, sino que a ella no le pasó nada, y tuvo tal suerte que cuando volvió a Moscú, muerta de pánico porque a su jefe, Beria, lo habían fusilado tras la muerte de Stalin, y sus segundos enviados al Gulag, y el personaje que inventé, Oleg dejó que lo maten para salvarla de cometer un crimen. África pensó que iba a caer igual que todos pero, lo soviéticos tenían una especial «ternura» por los españoles, por ejemplo a Ramón Mercader, que fue muy amigo de ella, no le tocaron un pelo, y ella siguió incólume con todos sus jefes en el otro mundo. Además, la nombraron instructora de espías, y murió un año antes de la caída del Muro de Berlín, tachonada de condecoraciones.
P.: ¿Por qué Oleg se interesó en Felisberto Hernández?
A.D.O.: Al espionaje entraban obligados muchos semióticos, miembros del formalismo ruso. Oleg era un semiótico cuyo trabajo consistía en decodificar el lenguaje, y qué más codificado que toda la obra de Felisberto Hernández. Ese mundo de secretos, sospechas, encontrar en los muebles y no en las personas misterios a revelar, se parece mucho al que Oleg vivió en la KGB. Me divirtió imaginar las relaciones cotidianas entre Felisberto y África, porque él vivía en la luna, no se daba cuenta de que convivía con una espía. Era genial, pero no astuto. Sin embargo, le dedicó el cuento «Las hortensias» donde dijo: «las muñecas son enigmáticas y alguna parece una espía». Los artistas suelen tener esas instuiciones. África era una muñeca rusa.
P.: ¿Cómo encontró el tono para esta historia?
A.D.O.: Hay temas que lo eligen a uno, y éste me había elegido. Yo me pego a la cabeza de mis personajes, no creo en el narrador omnisciente porque no tengo la menor idea de quién es. En primera persona está el diario de Oleg, escrito por un ruso que aprendió castellano, el de África es un español muy español, y el de Felisberto es la lengua rioplatense. A ella le tengo simpatía aunque fuera capaz de asesinar fríamente y sin ningún problema. Con Felisberto, un filósofo que huye de las abstracciones, un narrador que erotiza los objetos, es difícil simpatizar porque no era humano, sólo se lo podía admirar (Ángel Rama pidió que lo admiremos aunque no lo amáramos); creo que estoy más en el personaje que inventé, en ese Oleg que se anula así mismo, que se sacrifica. Es el titiritero, el que maneja los hilos. Tanto África como Felisberto sabían una parte de la historia, sólo Oleg podía saberlo todo.
P.: ¿Qué datos obtuvo?
A.D.O.: En Montevideo un día me trajeron una enorme nota, muy documentada, del periodista uruguayo Fernando Barreiro, que es quien descubrió la historia de África en Uruguay. Me entusiasmé y me contaron más y más cosas, pasó a ser mía, a imponerme que la escribiera. Por eso me llevó increíblemente poco tiempo hacerlo. Un año a mi ritmo, es decir a diez horas diarias a lo bestia, con eso momentos que los psiquiatras llaman «de vigilancia extrema».
P.: ¿Qué escribe ahora?
A.D.O.: Estoy en la mitad de una novela sobre una santa, pero no voy a decir nada más.
Entrevista de Máximo Soto


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