Gergiev y la Estable deslumbraron al Colón

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Concierto extraordinario. Orquesta Estable del Teatro Colón. Director: V. Gergiev. Solistas: E. Goncharova (soprano) y A. Bondarenko (Teatro Colón, 11 de marzo).

La noticia (anticipada por este diario el martes de la semana pasada) revolucionó al ambiente musical argentino y comenzó a trascender apenas unos días antes de su concreción: Valeri Gergiev, uno de los más prodigiosos directores de la actualidad, regresaría al Colón para dirigir un concierto extraordinario en la sala que aún recuerda su presentación en 1998 al frente de la compañía de su teatro, el Mariinski (ex Kirov) de San Petersburgo, del que es director general artístico desde 1996. Su presencia surgió en el marco de un proyecto de intercambio entre ambas casas líricas que se firmó luego del concierto. Famoso entre otras cosas por su hiperactividad e imprevisibilidad, Gergiev llegó el domingo para los ensayos con la Orquesta Estable del Colón previamente preparada, con gran pericia según se infiere de los resultados, por el argentino Javier Logioia.

Por la mañana del lunes hubo una larguísima fila matutina para la distribución de entradas gratis (a excepción de los niveles inferiores, reservados a invitados) que se agotaron en menos de lo que dura Evgeny Onegin. Por la noche, platea y palcos presentaban lugares vacíos que contrastaban al comienzo con el apiñamiento superior. La ovación que saludó la entrada de Gergiev, sólo comparable en los últimos años a las que recibieron algunas estrellas de la talla de Muti o Barenboim, fue la expresión cabal de la expectativa.

Íntegramente dedicado a Piotr Illich Chaikovsky, el repertorio abarcó en la primera parte fragmentos de su música escénica y en la segunda su Quinta sinfonía. Y desde los primeros compases de la polonesa de Onegin la Estable sonó con un vigor inusitado.

Es también famosa en Gergiev la imprecisión de sus gestos, pero es evidente que sus indicaciones y su magnetismo lo pueden todo, al menos en este caso: sorprendió el rango dinámico al que llevó al conjunto (inolvidable en el Adagio del Cascanueces), la articulación clarísima en cada instancia, la homogeneidad que adquirieron las cuerdas -salvo alguna mácula en los cellos- y la exactitud de los bronces y maderas. No menos admirable es la visión arquitectónica del director.

La soprano Ekaterina Goncharova y el barítono Andrei Bondarenko tuvieron comienzos levemente tímidos (ella en el aria de Iolanta y él en la de Eletsky de Dama de pique) pero se entregaron en la escena final de Onegin. Sin bises, la sala despidió a Gergiev con gratitud y a la Orquesta Estable con el deseo de que este gran nivel sea una constante.

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