11 de marzo 2010 - 00:00

Giro: China pasó de ser grave acechanza a ser motor central

José Siaba Serrate
José Siaba Serrate
Como siempre, China es un enigma. Como nunca, China es también un jugador clave de la escena mundial. Esa doble condición basta para crear el fantasma de los escenarios más sombríos. Alcanza con que se derrame una pizca de evidencia circunstancial para que broten las peores pesadillas. Así, dos semanas atrás, el informe mensual de flujo internacional de capitales del Tesoro encendió una de las alarmas que más se temen: los chinos -según la fría estadística- habrían comenzado a recortar sus inversiones en bonos soberanos de los EE.UU. De un máximo de 800 mil millones de dólares a un nivel de 755 mil millones a fines de 2009.

No es necesario transcribir el torrente de especulaciones. No hace falta porque la realidad es diametralmente opuesta. Una medición exhaustiva -que el Tesoro realiza una vez al año- revela que el apetito de Pekín no sufrió mella. Ocurre que muchas transacciones que se registran en centros financieros internacionales -o en nombre de los bancos que operan como agentes o custodias («street name»)- corresponden, en rigor, a cuentas de propiedad china. Depurada la información, queda claro que China no amasa un cambio de planes. Ni, mucho menos, alienta complot alguno. El portafolio de bonos del Tesoro en su poder se acrecentó un 23% en un año. Aumentó 167 mil millones de dólares y cerró 2009 en nuevas alturas: 894 mil millones. Las cifras confirman lo que cabía esperar. China no saca los pies del plato. A diferencia de Rusia, no puede jugar como un oportunista («free rider») sin correr el riesgo de lesionar sus propios intereses. Por el tamaño de su cartera de inversiones -y de su economía- y por su enfoque mercantilista del comercio, China está atrapada, limitada en sus movimientos por la necesidad de preservar un sistema del que extrae jugosos beneficios. Razonablemente se verifica que no está en el ánimo de su dirigencia dispararse un tiro en los pies.

Nada genera más desconfianza que lo desconocido. Y, se repite, China es un enigma arduo de penetrar. Por eso importa que fluya evidencia que confirma que, más allá de las fricciones de superficie, su comportamiento, si no es, a cabalidad, el de un buen vecino, dista de constituir una amenaza. Los roces -que los hay- se explican por entero por los antagonismos de agenda que surgen de tiempos de estrechez. Pero China hace concesiones; sobre todo a la realidad. No ignora que, en su esencia, el viejo régimen -por más esfuerzos que se hagan para mantenerlo en pie- caducó con la crisis. No niega que un rebalanceo de las fuentes de crecimiento sea inevitable (está claro que -como cualquiera- hará todo lo posible para que las facturas las pague otro). Es que la estrategia exitosa de crecer hacia afuera deberá revisarse, so pena de tropezar, tarde o temprano, con la realidad de su agotamiento.

En ese sentido, todo el acento que se pone en la intransigencia china por liberar su tipo de cambio no puede ocultar que, en paralelo a la rigidez de la paridad nominal del renminbí, opera un fuerte ajuste de las cuentas externas, en la dirección adecuada. El excedente de la cuenta corriente -un superávit del 11% del PBI en 2007- disminuyó al 9,4% en 2008 y se recortó muy agresivamente el año pasado, cuando bajó al 5,8%. Pero aun en el terreno ultrasensible del tipo de cambio, China deslizó -en las últimas semanas- suficientes indicios de que está dispuesto a ensayar una flexibilización. Esto es, Pekín se allanaría a uno de los requerimientos más insistentes de EE.UU. y Europa: la apreciación de su moneda. Desde ya que la parsimonia china -y su predilección por los cambios minimalistas- gobernará el proceso. Pero prestar oídos a las necesidades de los demás es todo lo contrario de procurar una estrategia de confrontación. Hay que entender también que los mismos que hoy claman por una apreciación, durante la crisis asiática de 1997/1998 preconizaban para el renminbí -con similar énfasis- un destino inexorable de drástica devaluación (que no ocurrió ni hizo falta para pilotear la coyuntura).

Sólo cuando se habla de crecimiento -en un mundo ávido por recuperar dinamismo- no se piensa en China como amenaza. El riesgo, aquí, es que se decepcionen las expectativas. La experiencia, sin embargo, confirma que las autoridades chinas se mueven con tino. Siendo el único de los países grandes en franca expansión y el primero que desmontará las políticas extraordinarias de aliento, cualquier error de implementación tendrá fuerte impacto fuera de sus fronteras. En ese marco, China se maneja con extrema mesura. El repliegue del estímulo fue anunciado como posibilidad en agosto último pero comenzó a ejecutarse, en los hechos, recién a principios de año. Una y otra vez, el primer ministro Wen Jiabao subraya -como hizo la semana pasada- que las políticas fiscales y monetarias permanecerán, pese a los ajustes, en modo expansivo.

Así como la Unión Europea se sintió en la necesidad de disciplinar a Grecia (y a los países de la periferia dentro de la eurozona), China es consciente de que debe domesticar los excesos inmobiliarios. Pero con una diferencia crucial, mientras la parsimonia china se recuesta en pasos cortos y el uso de controles, Europa prefirió una estrategia brusca de freno en seco. Quien desconozca el trasfondo, podría pensar que la economía china es de porcelana y que Europa nada en la solidez y la abundancia y por eso asume los riesgos de encender la chispa de una nueva crisis. En un mundo todavía frágil -con una recuperación morosa y, por ende, susceptible a una recaída- la contribución de China -en los distintos frentes citados- es, hasta el momento, un aporte positivo, muy distante, por cierto, del estereotipo de una grave acechanza.

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