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Gobbia, el serial que la Justicia dejó en libertad
Gobbia, con su mujer, se afincó en una vieja casa de campo en las afueras de Saladillo, donde montó una precaria pulpería. Después contaría que, por una caída de un caballo, se golpeó la cabeza y le generó una lesión que le provocaba terribles dolores que calmaba con medicamentos y alcohol. Los neurólogos no encontrarían lesión alguna. Además dijo que en las noches de tormenta se ponía tan loco que le daban ganas de matar. Al principio eran caballos, después fueron vecinos.
El bar de Gobbia quedaba justo donde comenzaba un camino sin asfaltar que, por ese entonces, en Saladillo se lo conocía como "villa cariño". Miguel, después contaría, que de noche salía a mirar.
En la noche del 15 de febrero de 1995, la oficial de Policía Patricia Noemí Gallo fue a esa zona con José Bassi. Ellos, aunque no eran pareja, se conocían y frecuentaban desde hacía cierto tiempo. Esa noche, el clima estaba tormentoso.
Gobbia salió de su casa como siempre. Patricia y José estaban a no más de 300 metros del bar. Gobbia miraba por la ventanilla con una carabina entre las manos. Cuando lo vieron, disparó y mató al hombre. Después se subió al vehículo, obligó a manejar a Patricia y la quiso violar. La joven saltó del auto, intentó ocultarse en una alcantarilla, pero no pudo hacer nada para salvarse. El asesino disparaba sin parar.
Al otro día encontraron el vehículo y a la mujer en la alcantarilla, pero no a José. Lo primero que pensaron fue un crimen cometido por Bassi, por lo que le ordenaron la captura y estuvo en calidad de prófugo por algunas horas hasta que, finalmente, hallaron el cadáver escondido entre unos matorrales. Le faltaban las zapatillas y un reloj.
Cuando el doble crimen aún seguía impune, el 14 de julio de 1995 aparecería una tercera víctima. Gladys Patricia Fioretti, de 13 años. Era un día de tormenta en Saladillo cuando la chica salió del colegio y caminó hasta su casa, en la periferia rural. Nunca llegó. Horas después, la encontrarían asesinada a puñaladas en un campo.
Los padres de Gladys conocían a Gobbia. Fue el padre de la chica quien, tras el hallazgo del cadáver, recordó como un hecho llamativo que Miguel hubiese ido horas antes a su casa a preguntar por cuestiones sin sentido. Eso le había resultado sospechoso.
La investigación, finalmente, se encaminó hacia el bar de Gobbia. Al llegar, la mujer del comerciante dio algunas pistas para la causa. "Acá hay un reloj y unas cosas que no son de la casa", habría dicho. Eran elementos que le había robado a Bassi después de matarlo. Ese mismo día, Gobbia confesó todos sus crímenes. Cuando lo llevaron a la seccional, tenía puestas las zapatillas del vecino Bassi.


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