Lula, Brown y Cristina de Kirchner, acercándose ayer al lugar
donde se hizo la foto oficial de la cumbre.
Londres - Cristina de Kirchner estaba eufórica ayer con el resultado de la cumbre del G-20. El festejo del Gobierno por los resultados de las deliberaciones que terminaron a las 15 comenzó en el hall del hotel que alojó a la delegación hasta ayer. «Lo importante es lo que se ha logrado y ahora hay que plasmar las reformas», dijo la Presidente después de repasar todas las decisiones de la cumbre que se incluyeron en el documento final. Hay dos puntos en esa declaración que despertaron la alegría de la delegación argentina: la ampliación de capital al FMI por u$s 250.000 millones, que le reportará automáticamente al país u$s 2.400 millones que irán a reforzar reservas; y la referencia a terminar con el «estigma» que generaron en los planes instrumentados por organismos como el FMI y el Banco Mundial.
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«Parece un documento redactado por países emergentes. Sólo en medio de una crisis como ésta se puede entender que EE.UU. o Gran Bretaña firmaran una declaración con protección al trabajo, mayor poder de voto a los países más pobres y regulaciones al sector financiero», se entusiasmaba anoche uno de los integrantes de la comitiva presidencial.
Otro de los temas de la cumbre que desveló a Cristina de Kirchner fue la sanción a los paraísos fiscales. La Argentina había sostenido en noviembre, durante la reunión en Washington, la necesidad de castigar a los países que se negaran a cruzar información sobre los fondos que administraban. «Lo volvimos a plantear; para nosotros era un tema central, y ahora Francia, por ejemplo, se sumó al reclamo. Va a haber sanciones y una lista de los países que colaboran y los que no con el cruce de información», dijo ayer Cristina al regreso de la cumbre. «Se pide claramente que se los sancione». Se trata de un logro que el Gobierno considera propio.
Pero mientras EE.UU. y Gran Bretaña pusieron algún reparo durante las negociaciones a castigar a los paraísos fiscales, la posición argentina tuvo el apoyo de China, que soporta a dos dentro de su propio territorio (Hong Kong y Macao), y de Francia y Alemania, que hasta último momento amenazaron con abandonar la cumbre si sus exigencias no se incluían.
El procedimiento para el debate no requería pedir la palabra por anticipado: sólo con levantar la mano, cada mandatario podía intervenir en el tema que estaba en discusión. De ahí que Cristina de Kirchner pudo hablar en cinco ocasiones. Pero hubo tres cuestiones en las que especialmente hizo uso de la palabra: la discusión sobre los paraísos fiscales, la reforma al régimen de información y las regulaciones sobre la actividad de las calificadoras internacionales de riesgo y una referencia que se había incorporado al documento sobre la necesidad de un mercado laboral flexible. La Presidente pidió eliminar ese párrafo y consiguió que Luiz Inácio Lula da Silva la siguiera en esa exigencia. Consiguieron, entonces, que el documento reconociera «la dimensión humana de la crisis y el compromiso de construir un mercado laboral justo y que contemple a las familias tanto para hombres como para mujeres», casi una frase de cualquier discurso presidencial en la Argentina.
Tras las primeras horas de deliberaciones, llegó el almuerzo. Y fue ése el momento para que Barack Obama coqueteara con Latinoamérica como hacía décadas no ocurría con un presidente de los EE.UU. Cuando terminó la comida, Timerman, que no tiene trato habitual con Obama, pero al fin y al cabo es el embajador del país ante Washington, se animó y le preguntó al estadounidense: «¿Está conforme con la cumbre?». «Yo sí estoy conforme, ¿y su presidente?». «Ella también está conforme», le respondió Timerman. «Por qué no se lo preguntamos», retrucó Obama. Juntos fueron entonces hasta donde estaba Cristina de Kirchner. Con un: «¿Estás conforme Cristina?», comenzó el segundo encuentro que tuvo la Presidente con el jefe de la Casa Blanca.
La euforia de Obama, no demasiado entrenado en el protocolo de cumbres todavía, alcanzó a Lula, a quien le dijo más tarde entre risas y abrazos: «Usted es el político más famoso del planeta».
Cuando Obama les pidió a todos que salieran a defender los logros de la cumbre, durante el final de las deliberaciones, a los argentinos presentes se les cayó una lágrima. La mayoría no había soñado nunca poder sentarse a una mesa donde el primer ministro de Gran Bretaña, Gordon Brown, afirmara: «Éste es el fin del Consenso de Washington».
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