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GOLPEARON Y APARECIÓ EL DUEÑO
El canciller Héctor Timerman ayer en Nueva York, en donde se entrevistará con su colega de Irán para leerle tres reclamos sobre el acuerdo que espera se cumplan.
Cristina de Kirchner logró aplicar con éxito una de las máximas políticas que aconsejaba siempre su marido Néstor: ante una situación confusa, pegarle al chancho hasta que aparezca el dueño. Eso hizo el martes cuando habló ante la Asamblea de la ONU y presionó a Irán para que cumpla su parte del acuerdo firmado con Buenos Aires, que fue aprobado en el Congreso con un alto costo político y con el rechazo de las entidades que representan a la comunidad judeo-argentina.
En ese discurso (ver aparte), la Presidente usó un lenguaje duro y recordó que la firma de ese compromiso le había valido críticas de los opositores de su Gobierno. La reacción del Gobierno iraní a esos golpes al porcino fue casi inmediata y se anota como parte de un despliegue de la presidencia Rohaní de abrirse a un acuerdo con Occidente que incluya una negociación de su plan nuclear después de que su antecesor Ahmanineyad llevase las relaciones con Occidente a un nivel casi insoportable.
Entre esos gestos figura la admisión por parte de su país del Holocausto. Un gesto notable porque se aparta de la corriente del negacionismo. Esta toma de posición es un gesto amistoso y negociador que fue seguido por la reunión de ayer de Zarif con el canciller de Obama, John Kerry, la primera que mantienen los dos países (formalmente, se entiende) desde la crisis de los rehenes de 1979, cuando se instauró el régimen de los ayatolás. No opaca esa expresión del iraní que la agencia oficial de noticias de su Gobierno haya dicho que se malentendió su frase: admite el Holocausto, pero no se conmisera con sus víctimas. (Ver nota en pág. 14.)
A la espera de la reunión de mañana, el Gobierno argentino se comunicó ayer a través de la oficina de Nahón con funcionarios del Departamento de Estado y de la Casa Blanca para anunciarles el envío de una carta de Timerman en la que pide que Estados Unidos incluya en la agenda de sus negociaciones con Irán el tema de la AMIA. El argumento que respalda ese pedido es que Washington siempre ha manifestado su condena al atentado y ha apoyado los pedidos de la Argentina para que se conozcan responsabilidades y se haga justicia.
Este reclamo al Gobierno Obama cumple, además, un punto clave en la decisión de la Argentina en haber avanzado en este protocolo: ponerse a la altura de las potencias que arrinconan a Irán, pero que, como Estados Unidos y otros países, siguen conversando con sus autoridades.
El Gobierno argentino ha pagado un costo político alto por este acuerdo, entre otras cosas porque nunca ha dado un argumento que convenza a sus opositores y a las entidades judías de la oportunidad de firmarlo. Ha negado la leyenda de un acuerdo económico detrás de la decisión y ha sostenido que es la mejor forma de avanzar en el conocimiento de qué ocurrió y quién actuó en el atentado. Los críticos de la iniciativa han avanzado con éxito en el reproche de que Irán es el menos interesado en que se conozca la verdad porque, según los fiscales y el juez, estaría probada la culpabilidad iraní.
El Gobierno no ha logrado darle visibilidad a este argumento de que se actúa así porque es lo mismo que hace Estados Unidos al criticar a Irán y negociar al mismo tiempo. Es un punto que no ha tenido quien lo escuche, pero que quizás ahora, cuando la negociación Washington-Teherán se hace en la superficie, alcance alguna visibilidad. Eso era imposible decirlo en voz alta cuando la puja con Ahmadineyad parecía al borde de los tiros. En una de esas ahora puede alcanzar alguna solidez en un tema en el cual el Gobierno confió mucho, pero ahora comienza a desconfiar, algo que demuestra el tono de las palabras de la Presidente en la ONU y la fuerza que le dará Timerman a algo que será una queja que puede hacer caer el acuerdo si no hay respuesta firme.

