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Grecia I: ya no hay tiempo para elección
La opinión pública mayoritaria dice querer permanecer en el euro, pero rechaza la austeridad y la contracción de gastos públicos. No obstante, el ajuste fiscal y de ingresos es inevitable, cualquiera sea el resultado de la votación. Pero hay una gran diferencia. Sin los fondos comprometidos con la Troika (UE, BCE y FMI) a cambio de la austeridad y medidas para mejorar la competitividad, el ajuste sería mucho mayor, pues Grecia tiene un déficit externo del 10% del PBI; nivelarlo exigiría una mayúscula reducción de la demanda interna. Además, muestra un déficit fiscal primario incierto. Aun omitiendo pagar los vencimientos de la deuda, el Gobierno no podría hacer frente a los sueldos, jubilaciones y otras prestaciones. Sin crédito, los griegos sufrirán mucho más que si cumplieran el acuerdo con la Troika. Peor aún, saliéndose del euro perderían los subsidios de la UE y la pertenencia a ese grupo de naciones. Con una moneda propia se depreciaría el poder adquisitivo de los griegos mucho más que lo exigido por la Troika. El antiguo dracma, la moneda nacional anterior al euro, carecía de prestigio. Con ella sufrió hiperinflaciones, varios defaults, crisis bancarias y cerrazón financiera. Puntualizan Carmen y Vincent Reinhart y Kenneth Rogoff: desde 1848, el 54% del tiempo la deuda pública excedió el 90% del PBI. Las crisis financieras han estado fuertemente imbricadas en la historia y dificultades griegas. Abandonar el euro no hará más que exacerbarlas.
Grecia está al borde del precipicio y no puede esperar 30 días a las elecciones. Es imperioso que sus dirigentes acuerden ya un programa para salir de la encrucijada. La alternativa es: 1) retroceder a un país sin financiamiento o 2) aceptar los compromisos sancionados para aprovechar las ventajas de la credibilidad y un sistema financiero avanzado. En la segunda, probablemente, Europa y otras naciones podrían facilitar las condiciones, atenuándolas y ofreciendo incentivos mayores para el crecimiento. Queda poco tiempo para evitar el estallido.
Si Grecia optara, como Sansón, por el suicidio colectivo, desconociendo los acuerdos firmados por el Gobierno anterior, las consecuencias serían terribles para su sociedad, y también para Europa, extendiéndose el daño al resto del planeta. Europa sufrirá grandes perjuicios por el recorte de su crédito. Y Grecia oficiaría de testigo ejemplar. Mostraría la dura evidencia, el contraste abrupto entre las ventajas de pertenecer al euro, aceptando ajustes dolorosos pero transitorios, y la ilusión de evitar ajustes nominales, a costa de soportar caídas de ingresos reales catastróficas, pérdidas patrimoniales drásticas, una economía mucho más pobre.


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