30 de mayo 2011 - 00:00

Guerra al talibán en el paraíso de la heroína

Kandahar, Afganistán - Exuberantes campos bordean un canal en el antiguo granero de Afganistán y reciben agua de una represa restaurada recientemente para reducir los cultivos de amapola que favorecen a los talibanes.

Más de 30 años de guerra y caos, que empezaron con la invasión soviética en 1979, vaciaron las granjas y la industria de producción de alimentos de Afganistán, destruyendo valles que solían ser ricos en granada, trigo y uvas.

Granjeros descontentos y empobrecidos en la provincia sureña de Kandahar, el lugar de nacimiento de los talibanes y una de las zonas más pobres del país, se volcaron en cambio al combate, tentados por las rápidas ofertas de efectivo de los talibanes a potenciales insurgentes.

Además cultivan amapola para hacer opio, una planta más resistente que necesita menos agua que otras, lo que convierte a Kandahar en una de las principales regiones productoras de amapola del país, un negocio que aviva la inseguridad por medio de sus inseparables nexos con los talibanes.

«Ahora la gente tendrá trabajo en lugar de tener que combatir...», dijo el ministro de Energía y Agua, Ismail Khan, uno de los más destacados políticos de Afganistán y un acérrimo opositor a los talibanes.

Khan examinó la gran represa Dahla, cuyo aliviadero recientemente restaurado fue presentado oficialmente por Canadá, país que cuenta con la sexta mayor fuerza en la guerra encabezada por la OTAN en Afganistán.

«Refaccionar estas represas puede realmente mejorar la seguridad por medio de la creación de puestos de trabajo, y con mejores cosechas».

Desde 2008 Canadá ha invertido 53 millones de dólares en la segunda mayor represa de Afganistán, que es un medio de vida para el 80% del millón de residentes de Kandahar, la mayoría de los cuales se gana la vida a duras penas con la agricultura.

Se han despejado más de medio millón de metros cúbicos de salitre y residuos de los 74 kilómetros del canal y de sus decenas de afluentes que se extienden desde la represa en la desembocadura del río Arghandab, irrigando la tierra adecuadamente por primera vez en décadas.

Funcionarios canadienses dicen que la extraordinaria cosecha de granada del otoño boreal fue exportada a Emiratos Arabes Unidos, y Naciones Unidas considera que el proyecto de la represa es responsable de que el alto valor del azafrán haya permitido reemplazar la producción en Daman, un distrito de unos 30.000 habitantes.

También se está incursionando en la menta, las uvas, el trigo y la apicultura.

«El proyecto está pensado para restituir la vitalidad de la economía agrícola de Kandahar, que lo ha logrado en el pasado y se está recuperando en este momento», dijo Tim Martin, representante de Canadá en Kandahar.

Martin añadió que esa recuperación además es «parte de darle a la gente alternativas a la amapola».

Será difícil desbaratar el atractivo del relativo bajo riesgo de la amapola, que ha crecido en Afganistán desde que las fuerzas afganas apoyadas por Estados Unidos derrocaran a los talibanes del poder en 2001.

El opio, una espesa pasta derivada de las plantas de amapola, es convertida en heroína. El 90 por ciento de la heroína del mundo proviene de Afganistán, mayormente del sur del país.

La amapola presenta un enorme atractivo para los granjeros de Afganistán, a pesar de las potenciales multas del Gobierno por cultivar algo «haram» o prohibido en el Islam, además de la posibilidad de que les destruyan el cultivo.

Sus campos requieren un sexto de la irrigación necesaria para una superficie similar de trigo, y sus cosechas no necesitan ser transportadas ni debe encontrarse un mercado exportador establecido.

Se cree que militantes liderados por los talibanes obtienen ganancias por 400 millones de dólares al año con la producción, los impuestos que cobran a los granjeros y el tráfico de la droga.

Aunque florecieran cultivos alternativos, será difícil romper con la dependencia de la amapola sin una adecuada legislación antinarcóticos y una mejor situación de la seguridad, advierte la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC).

«Si no se cumple con esos elementos entonces una mejor irrigación podría tener el efecto opuesto: un mayor cultivo de opio», dijo Jean-Luc Lemahieu, director de UNODC en Afganistán.

Y en un país donde el año pasado la violencia llegó a sus peores niveles en una impopular guerra que ahora está en su décimo año, el riesgo de la incertidumbre política y por la falta de seguridad también está aumentando.

El UNODC sostuvo el mes pasado en un informe que el 90% de las aldeas en el sur del país con problemas de seguridad están involucradas en el cultivo de amapola.

Si bien Washington y sus aliados han respaldado el plan de paz del presidente afgano, Hamid Karzai, que incluye negociaciones con los talibanes, todavía hay pocas señales sobre cómo funcionará ese plan, especialmente sin soluciones duraderas para el problema de la amapola.

Agencia Reuters

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