Periodista: ¿Sus novelas tienen propósitos filosóficos?
Jérôme Ferrari: El papel de la novela no es transformar a la filosofía en algo más accesible, la filosofía tiene su lado árido, reflexivo, no narrativo, pero los conceptos filosóficos se pueden aplicar a la literatura, de la misma forma que la literatura se puede aplicar a la filosofía. Las preocupaciones pueden ser las mismas. Se puede tratar ideas, pensamientos, reflexiones, cuestiones por más abstractas que sean desde la literatura, como lo mostró Borges. Cuando en Francia me preguntan si hago novela filosófica, respondo que no, que no uso la literatura para dar clases de filosofía, que mi novela no busca defender una tesis. En "El sermón sobre la caída de Roma" el concepto de base es el mundo, pero no desde un punto de vista filosófico. La filosofía ha respondido abundantemente a la cuestión de qué es un mundo. La pregunta no es filosófica, son las respuestas lo que lo son. La novela da una respuesta a través de sus herramientas. Utiliza la narración no los conceptos.
P.: A través de un enfermo terminal, Marcel, un oficial fracasado, sobreviviente de la Segunda Guerra Mundial, que intentó crear un mundo ideal en Indochina [Vietnam], usted va a contar la historia de la decadencia del imperio colonial francés en el siglo XX, y a través de dos muchachos jóvenes, uno de ellos, nieto de Marcel. ¿Buscó cruzar dos frustraciones?
J.F.: Abuelo y nieto tienen un trayecto en espejo. Buscan hechos heroicos, logros, realizaciones, y fracasan. La frustración atraviesa toda la novela. Me interesa que la frustración aparece cuando nuestro deseo no se realiza, pero también cuando nuestro deseo se realiza. La relación de las personas con sus sueños comprende una parte necesaria de frustración, y esto es algo central en "El sermón sobre la caída de Roma", y es algo que sucede, que es parte de la realidad. Marcel ha buscado el desarraigo, irse de Córcega, se ha ido y no le funcionó. Su nieto, Matthieu, escapa de París, vuelve a Córcega, busca arraigarse, ser de allí, fracasa, vive su frustración.
P.: ¿Cómo le apareció la idea de esta novela?
J.F.: A partir de la frase de San Agustín que puse al comienzo del libro. Es un sermón donde dice: "¿Te admiras de que perece el mundo? Admírate de la vejez del mundo. Es como un hombre: nace, crece y muere". Yo no había leído los sermones de San Agustín, pero cuando me encontré con ellos me surgió la idea de una novela. Esa frase tan general me llevó a pensar pequeñas historias en medio de hecho importantes y con conexiones entre sí. El concepto de mundo al volverse novela podía ser un barcito en una ciudad alejada, el imperio colonial francés, o aun el cuerpo humano para un enfermo que siente que en su cuerpo hay dos ejércitos que se están peleando.
P.: ¿Qué vio en ese sermón como para imaginar asuntos tan diversos como los que menciona?
J.F.: Veamos. En Hipona, el año 410, la gente estaba aterrada con la invasión a esa provincia africana. Vivía preocupada por el fin el imperio romano a manos de los visigodos, creía que se acababa el mundo. Entonces San Agustín busca sacudir la moral de sus fieles. Les dice que no hay nada peor que lamentarse porque se han destruido unas viejas piedras. ¿Es que acaso creían que Roma iba a ser eterna? Todo se termina, y como buenos cristianos ustedes tienen que pensar en la eternidad. San Agustín tenía una visión muy negra de la vida terrena. Lo importante es que dice cosas que todos sabemos pero que cuando se convierten en evidencia resultan insoportables. Esa caducidad de las cosas me llevó a pensar en cosas que tienen su propio final, y a la vez la necesidad de mantener ilusiones, como se las ofrece Agustín a sus feligreses, porque la vida sin ilusiones o esperanzas sería muy difícil.
P.: El sueño de regentear un bar en Córcega de Matthieu y su amigo Libero concluye en una tragedia que parece banal, pero es de un dramatismo conmovedor.
J.F.: De nuevo el mundo es vencido por las tinieblas. La psicología de los personajes no es importante ni significativa. Lo que importa es la lógica del devenir del mundo. Los personajes no saben lo que hacen, hacen cosas pero sin medir las consecuencias Si un crimen cierra una etapa de crisis, de decadencia, con un drama banal, es porque la tragedia es peor cuando es banal.
P.: El personaje de Matthieu tiene muchos puntos en común con usted ¿En qué medida lo construyó como su alter ego?
J.F.: En ninguna. Cuando se escribe una novela, las influencias suelen ser amplias y variadas y, por lo general, se utilizan datos y elementos cercanos, y los más cercanos son los autobiográficos. En el caso de Matthieu, el personaje comenzó teniendo mucho de aquel que fui alguna vez, pero a las pocas páginas se independizó, logró tener su propia vida. No me gusta para nada cuando en una novela el protagonista es una máscara del autor, menos aún la llamada literatura del yo, la autoficción.
P.: ¿Qué le significó haber ganado en 2012 el Premio Gouncourt, el más prestigioso de Francia?
J.F.: Empiezo por confesar, para dar sentido a mi sorpresa en aquel momento, que jamás decidí mis lecturas en función de los premios literarios. Jamás se me ocurrió que los premios literarios consagraban la buena literatura. Pensaba que para obtener un premio de esas características se tenían que sumar un conjunto de cosas, donde naturalmente no dejaba de intervenir el mercado, y obviamente mucha suerte. Me quedé sorprendido cuando supe que me lo habían adjudicado. Es un premio que tiene una enorme difusión y un gran impacto comercial. Hace vender libros de una manera insospechada. Se otorga a fin de año, y se vuelve un regalo para las fiestas. Y como es un regalo habitual, nadie lo lee. Lo cierto es que me hizo ganar un gran número de lectores. No sólo de habla francesa, me han traducido mucho. Fue como si hubiera ganado la lotería. Mi cuenta bancaria ha engordado, la veo bien. He viajado y me he convertido en especialista en líneas aéreas. Fuera de eso mi vida ha cambiado poco y como novelista no creo haber cambiando en nada.
P.: En Español tiene dos novelas publicadas. ¿Cuál será la próxima que saldrá en nuestro idioma?
J.F.: La más reciente "El principio". Es una novela sobre física, sobre el "principio de incertidumbre". Mi interés por la física, por el "principio de incertidumbre" viene de hace mucho. Mi primera novela, "Aleph zero", que publicó una pequeña editorial de Córcega, ya trataba sobre ese tema. El "principio de incertidumbre" tiene un gran interés literario porque se refiere al problema de la fundamental falta de equivalencia entre el lenguaje y la realidad lo que, obviamente, concierne a la literatura. La que me gustaría que se tradujera es Où j'ai laissé mon âme, la novela anterior a "El sermón sobre la caída de Roma", porque si bien trata de la Guerra de Argelia, creo que tiene resonancias con hechos trágicos que vivió la Argentina en tiempos de la dictadura.
| Entrevista de Máximo Soto |


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