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“Hay que ser Mirtha Legrand para estar a gusto en cámara”
Kris Niklison con su madre y protagonista del premiado documental «Diletante», que se verá desde mañana.
Periodista: ¿Cómo empezó todo?
Kris Niklison: Vengo de un teatro muy trabajado a través de imágenes visuales. Hacer cine era un paso natural. Por otro lado, mi madre era materia prima ideal. Cómo se relaciona con la gente, sus opiniones sobre la muerte, el lugar donde vive, ahí había una película.
Bela Jordán: Y se apropió de mi mundo. Me torturó horas con la cámara, que nunca sabía yo si estaba prendida o apagada. Hasta que, por hartazgo, salió todo natural. Es un horror verme ahora en la pantalla, las pavadas que digo, y encima después la gente quiere que siga hablando. ¡Hay que nacer Mirtha Legrand para estar a gusto frente a una cámara!
P.: No habrá dicho pavadas si quieren que siga hablando.
B.J.: Cierto, también hay grandes satisfacciones. Cuando una chica me dijo «yo tenía miedo a la vejez y usted me lo sacó», eso es lindo. Algunos viejos se quejan tanto que la gente, desde joven, le tiene miedo a la vejez. ¡Pero si es la época más linda! Hago y digo lo que se me da la gana. Al intendente del pueblo le dicen «señor intendente», yo le digo Pepe, si lo conozco de pantalones cortos. Además se desarrolla sabiduría, uno ve la gente y ya sabe cómo es. Sólo hay que tomarse el trabajo de ser intuitivo. Es tan lindo eso, a veces me da lástima la incertidumbre de los chicos, ignoran qué será de sus vidas, si van a ser felices, con quién van a casarse...
P.: ¿Cómo fue su vida?
B.J.: Bárbara. Mi padre era camarista, se casó de grande, en Paris, tuve la suerte de nacer en un hogar que me dio educación, posibilidades, las sobremesas de casa eran increíbles. No es lo mismo Cata, mi amiga y ayudante de todos los días, que nació en un rancho, y desde chica lavaba ropa en el río. Pasó hambre, se iba a dormir con hambre, eso nunca se olvida. Hasta que se casó con un buen hombre. Yo también, me casé con un hombre que me hizo feliz. Yo era loca, mi familia era toda volada, por eso me busqué el hombre más estable del mundo, ingeniero. Los ingenieros te dicen «2 y 2 son 4, y eso no se discute». Son los mejores maridos.
K.N.: Antes fue enfermera.
B.J.: Terminada la Normal, me inscribí con unas amigas en la Cruz Roja Argentina. Chicas educadas, inteligentes, corajudas, nos metieron en la sala de cirugía del Ramos Mejía. Fui instrumentista cuando las operaciones eran una carnicería y la anestesia era peligrosísima. Una buena instrumentista ya sabe qué pinza debe entregar, eso permite ganar tiempo, porque además, cuando opera, el médico siempre opera a un amigo que puso la vida en sus manos. He visto llorar a los cirujanos, cuando salía mal una operación. Son sensibles. Un médico a veces tiene terror de mirar la radiografía y ver que su paciente va a morir. Uno puede engañarse, él no. Pero también fue una época graciosa. Papá quiso sacarme. «Papá, no te aflijas, ya todos los médicos se tiraron lances y vieron que no había caso. Ya pasé la prueba de fuego, ahora no voy a irme». Me fui cuando me casé.
P.: Y se instalaron en Sauce Viejo.
B.J.: Un casco, con un predio grande, un bosque lleno de pájaros, y el río al fondo. Roque dijo «acá estaremos hasta que la muerte nos separe». No me gustó el programa, y en un rincón armé un camping. Venían más de cien cada fin de semana. Después crié pollos, hasta que empezó a darme lástima cómo me miraban. Luego me hice vegetariana, me dediqué a las finanzas, ah, eso fue una maravilla, descubrí que invirtiendo en dólares la mitad de nuestras entradas podíamos comer un año gratis. Y tuvimos cinco hijos: dos hijas muy formales, un ingeniero, otro médico, que murió por un caballo suelto en la ruta 2, ya está en paz, y la que más se me parece, Kris. Cuando Roque murió, los hijos ya eran grandes, yo sabía varios idiomas, me dediqué a viajar. Pero sola, sin tour, vaya solo y verá cómo toda la gente se le acerca. Si va en grupo no conoce nada. Así fui hasta la India, me cruzaba con Kris en Amsterdam, fue lindo. Después ya me puse más haragana.
P.: Pero fue a cuatro festivales acompañando la película.
B.L: Cuatro de diez: Mar del Plata, Marsella, Montevideo y Cartagena, donde tuvimos una suerte particular. Al lado daban «El secreto de sus ojos», se llenaba, y entonces quienes quedaban afuera decían «veamos otra argentina», que era la nuestra. ¡Dábamos función a sala llena! Una vista que les encantó, porque luego no paraban de saludarme y pedirme que siguiera hablando.
P.: Es que la película se hace corta.
K.N.: Prefiero eso, y no que digan «con 20 minutos menos sería excelente», como yo digo de tantas otras. Quedaron muchas cosas afuera, porque la vida es mayor que el arte, pero las corté sin dolor. Estoy en esa madurez de «con menos, se dice más».
B.J.: Creo que se nota su cariño de hija. Igual me parece un horror verme en pantalla grande.
P.: Entonces. ¿cómo hace para estar tan bien?
B.J.: Algunos me preguntan la edad y quedan admirados porque se creían más viejos que yo. Es que se sienten viejos. El secreto es vivir sola. ¡Cuidado con esas hijas que interrumpen diciendo «tenés que hacer esto, y lo de más allá»! A mí nadie me va a ordenar mi vida. Además, un día empecé a tomar agua, me descuidé, y acá sigo tomando agua. Otra cosa que me hace bien es el tractor. Corto el pasto, voy al pueblo en el tractorcito (saludando a todo el mundo, me siento en el papamóvil), andar en tractor es un masaje diario. Habrá otras cosas, claro. A fin de cuentas vivir es como leer un libro. Si no te gusta algo, das vuelta la página y seguís adelante. Pero cada página te deja una enseñanza.
Entrevista de Paraná Sendrós


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