9 de agosto 2011 - 00:00

Herbstein: el vuelo de la fotografía hacia el arte

La fotógrafa Gaby Herbstein les brinda un carácter singular a sus obras, al conjugar las formas de los pájaros y las mujeres.
La fotógrafa Gaby Herbstein les brinda un carácter singular a sus obras, al conjugar las formas de los pájaros y las mujeres.
A partir de la exhibición que presenta en estos días en la galería Agalma, Gaby Herbstein, hasta ayer calificada fotógrafa de moda, decidió volcarse definitivamente al arte. La exposición toma el nombre de su libro, «Aves del Paraíso», y las obras ponen en evidencia los cruces y desplazamientos multidisciplinarios que en estos últimos años pasaron a ser moneda corriente para la producción artística.

La moda también aporta lo suyo: Richard Avedon es la figura ineludible y, sin duda, inspiradora. El fotógrafo ingresó por la puerta grande al mundo del arte, con el bagaje y la experiencia ganada en el sofisticado mundo de la moda, donde no se escatiman esfuerzos ni recursos para elevar la calidad de las imágenes. Para la producción del libro se convocó a los diseñadores Renata Schecheim, Martín Churba, Mariano Toledo y Vero Ivaldi, junto a una extensa serie de técnicos y asistentes.

Al igual que Avedon, cuando fotografió a Nastassja Kinski desnuda con una serpiente y a las modelos de Christian Dior danzando con elefantes, Herbstein le brinda un carácter singular a sus tomas, al conjugar las formas de los pájaros y las mujeres.

Los colores de algunas fotos recuerdan las pinturas de Roberto Matta. El dato pone en evidencia que, para lograr un alto grado de seducción en las imágenes, se acapararon recursos que provienen de la pintura y se utilizaron las herramientas que le provee género. Las viejas relaciones que, desde sus orígenes, la fotografía ha mantenido con la pintura han sido reelaboradas una vez más. Algunas imágenes, como un campo de flamencos, son monocromáticas, en el resto de las fotos la cantidad de colores es reducida. De este modo, vibran los matices, verdes, azules, ocres, con la voluptuosidad densa de la pintura.

Hay en la muestra una foto que muestra un ojo maquillado de verde junto a una mariposa azul que se ha posado sobre el párpado inferior. La imagen, una toma directa sin intervención digital, tiene la teatralidad de la pintura barroca y la belleza exaltada que Herbstein aprendió a subrayar con su oficio. Al igual que el resto de las obras, ostenta sin retaceos el decorativismo de lo «sublime banal», de la belleza por la belleza en sí misma. No obstante y, a pesar de su poder de atracción retiniano, la fotógrafa no renuncia al contenido político y así sale en defensa de la ecología.

La crítica Patricia Rizzo escribe: «El corpus de obra que ofrece nos somete a lecturas situacionales que combinan una suerte de visualidad extrema con un pedido de auxilio desesperado. ¿Cuánto tiempo pasará para que esta y otras criaturas desaparezcan por acción del hombre, que se conduce como si fauna y recursos naturales fueran inacabables?»

Lo cierto es que una marcada estetización predomina en toda la muestra y también en una escena donde las aves, como los pájaros de Alfred Hitchcock, ejercen su violencia contra unas modelos. La imagen se percibe como una romántica apropiación del arte gótico, con su oscuridad y sus excesos, y, sin embargo, carece del dramatismo que demanda el motivo, sencillamente: los picos no hieren la carne.

El cambio que anuncia Herbstein, más allá de optar por el arte y dejar de lado la moda, parece orientarse hacia la libertad absoluta que demandan estas obras, y que hoy parece estar al alcance de su mano. Se trata de una senda que difícilmente se arriesgue a transitar esa expresión de pasiones vanidosas que es la moda, a pesar de que sus sucesivos ideales estéticos están cada vez más libe

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