22 de diciembre 2017 - 00:24

Hernán Vanoli: "La grieta hace que la literatura se repliegue"

• DIÁLOGO CON EL NARRADOR Y EDITOR HERNÁN VANOLI, REFERENTE DE LA GENERACIÓN LITERARIA SUB 40
Autor de “Pinamar”, “Cataratas” y los recientes “Pyongyang” y el volumen de entrevistas “Los dueños del futuro”, su obra se reconoce en el realismo fusionado con elementos salidos de una imaginación vinculada a lo fantástico y la ciencia ficción, atravesada por la cultura pop y de una actualidad plena.

Hernán Vanoli. Además de autor, dirige la editorial independiente Momofuku y es editor de la revista Crisis.
Hernán Vanoli. Además de autor, dirige la editorial independiente Momofuku y es editor de la revista Crisis.
Hernán Vanoli es un referente de la generación sub-40 de escritores argentinos contemporáneos. Además de su rol de autor, dirige la editorial independiente Momofuku y es editor de la revista Crisis. Entre sus últimas obras están las novelas Pinamar (2011) y Cataratas (2015). Recientemente publicó por Random House su libro de cuentos Pyongyang y apareció recientemente en librerías Los dueños del futuro (junto a Alejandro Galliano), por Planeta.

Sociólogo, Vanoli se inscribe dentro del realismo, pero usa elementos salidos de una imaginación vinculada a lo fantástico y la ciencia ficción, atravesada por la cultura pop y de una actualidad plena. En los cuatro cuentos de Pyongyang la realidad cruje, con resultados siniestros. Vanoli despliega una visión crítica en sus historias y la ficción sirve de marco para hablar de problemas actuales. El vértigo de la ciudad, el estrés del trabajo, el consumismo, y la presión social que explota como una paranoia producto de las tensiones de la vida moderna son algunos de los temas que subyacen en sus relatos envueltos en un humor irónico.

Periodista: Pyongyang habla de una sociedad estresada, susceptible y paranoica donde la alienación explota desde elementos fantásticos. ¿Son tus cuentos un intento de analizar cómo vivimos en la ciudad?

Hernán Vanoli: Sí, creo que hay algo de eso. Hay un intento de análisis, pero también un intento de hacerse preguntas que tienen que ver con nuestra vida cotidiana, y lo extraña que puede ponerse de a momentos. Creo que lo que más me intrigaba a medida que escribía los cuentos era la relación entre tecnología y sentimientos. Y no me refiero a cosas demasiado complejas, me refiero a los cambios sutiles que percibimos todos los días. Una aplicación nueva, un dispositivo extraño en el gimnasio, un troll que dice pavadas en alguna red social. Y lo que decís de la ciudad es clave. Siento que no pensamos lo suficiente en lo que se está transformando nuestra experiencia de la ciudad. No sólo porque hoy es imposible manejarse sin miedo y al mismo tiempo es imposible viajar sin estar hiperconectado. Sino también porque las ciudades crecen y crecen, y sin embargo las identidades se siguen pensando como nacionales o regionales. Cuando lo claro es que las megalópolis del mundo, y Buenos Aires es una de ellas, cada vez se parecen más entre sí. Eso modifica la idea que podemos tener sobre lo que es habitar un espacio socio-geográfico, y también la idea de viajar. Hoy, por ejemplo, muchas veces nos movemos por la ciudad como turistas. Son cosas que influyen en nosotros y siento no fueron lo suficientemente pensadas, porque la transformación es vertiginosa.

P.: En tus historias suele haber algún componente de ciencia ficción, a veces en primer plano y a veces ínfimo. Esta casi ubicuidad solapada, ¿es una corriente actual del género?

H.V: Pienso que ciencia ficción, o la ficción especulativa, o el realismo deformado por las mutaciones técnicas, es el realismo de nuestra época. Yo hago eso. Todas mis historias son realistas, pero en todas hay algo torcido, que viene del futuro, pero que también arrastra cosas del pasado. Por eso puede haber un sistema de carpooling hackeado por fantasmas o una organización religioso-inmobiliaria que pretende construir un ejército por medio de la fertilización asistida. Todas las contradicciones del sistema, los sinsabores y las complejidades que tiene la personalidad contemporánea, implican hoy más que nunca una reflexión ante el tiempo, ante la informatización y ante la instantaneidad. Es la época que nos toca. Creo que la ciencia ficción contamina todo. Es el código con el que trabaja nuestra imaginación.

P.: ¿Es imposible hoy en día escribir sin hablar de redes sociales?

H.V.:
No sé si es imposible, pero sí es un poco raro. Hay un tipo de literatura que evidentemente preferiría que las cosas fueran como fueron siempre, para copiar los modelos de pasado. Yo creo que el arte es un fenómeno social y que tiene que estar en diálogo con la sociedad. Esto no significa que la novela histórica no sea interesante, como muchos otros géneros. Y tampoco me interesa tanto la literatura sobre internet. Me interesa la literatura que se hace cargo de nuestros dilemas, nuestras preguntas y nuestras incertidumbres. El presidente de Estados Unidos es un twittero. ¿Se puede escribir sin redes sociales?



"Pyongyang" y "Los dueños del futuro", los dos libros que Hernán Vanoli publicó este año.



P.: ¿Creés que hoy se lee la literatura de autores contemporáneos argentinos o se reduce a los pocos consagrados?

H.V.:
Es que me cuesta precisar qué es estar consagrado. Piglia estaba consagrado, Aira está consagrado, ¿pero alguien más? La verdad es que las retribuciones materiales y simbólicas que puede aportar la literatura son bastante escasas, y a mí me deprimen un poco. Ir a una mesa, a una Feria en un país donde nadie te leyó porque las editoriales raramente distribuyen los libros fuera del país, o donde leen desde lo que creen que debe ser la literatura latinoamericana... correr atrás de los vouchers... no es mi plan. Siempre celebro el entusiasmo que existe en la literatura argentina, y estoy convencido de que muchas veces lo que falla son las formas de difusión de las obras. Se lee cada bodrio extranjero... A mí me interesa aprender y escribir cada vez mejor, y ser artísticamente cada vez más ambicioso. Y creo que un escritor que sólo se dedica a escribir se va muriendo por dentro y hace siempre lo mismo, pero cada vez un poco más aburrido.

P.: ¿Por qué un escritor que tiene su propia editorial independiente publica bajo un sello grande?

H.V.:
Porque tener una editorial independiente es un pésimo negocio, a menos que seas un millonario o un estafador (o las dos cosas juntas, como sucede con frecuencia). Y porque prefiero publicar a otros autores. La editorial es un experimento que hicimos con Lola Copacabana, con amor y entusiasmo, y creo que dio muy buenos libros y probablemente los siga dando, a su ritmo. Es una manera de apostar por lo literario como un modo de vida. Con respecto a publicar en una multinacional, yo antes creía que era el mal. Pero me encontré con gente brillante, como Ana Pérez y Juan Boido, que me dan muchísima libertad y respeto, y además hacen su trabajo de maravillas. Y eso hace que a la vez yo me exija para tratar de llegar a la mayor cantidad de gente posible y del modo más honesto posible. Sentirse cómodo no es algo menor.

P.: ¿Qué problemas identificás en el mercado del libro?

H.V.:
El precio del papel, que es carísimo, en primer lugar. Se está viendo que este gobierno que venía a fortalecer a la competencia sólo está consolidando monopolios y oligopolios. La falta absoluta de políticas culturales coherentes en segundo lugar. Si pensamos a la cultura o bien como una rama de la industria, o bien como un itinerario turístico, no estamos entendiendo algo. Es grotesco y ridículo. No hay ni siquiera condiciones para discutir nada en serio.

P.: Hace poco apareció en librerías otro libro tuyo, donde entrevistaste a grandes empresarios. ¿Qué aprendiste de ese mundo?

H.V.:
Sí, es un libro sobre los dueños de nuestro futuro, los tigres del capitalismo argentino del siglo XXI. Intentamos cubrir las ramas de la economía que consideramos más relevantes para pensar un hipotético desarrollo del país en virtud de sus características actuales. Lo preparamos junto a Alejandro Galliano, y aprendimos que los grandes millonarios argentinos tienen por lo general buena predisposición al diálogo, que están bastante preocupados por su imagen pública, y que comparten una arquitectura de pensamiento similar con respecto a la economía y la sociedad. No se puede decir que sean muchachos de izquierdas ni con ideas demasiado innovadoras sobre lo público, pero sí son personas que lograron superarse y lograr sus objetivos, incluso perdiendo cosas en el camino, gracias a una lectura por lo general adecuada sobre los ciclos económicos nacionales. De todas maneras, lo maravilloso está en cada historia particular: cómo lograron erigirse en titanes dentro de sus esferas de acción -por ejemplo Federico Tomasevich dentro del mundo de las finanzas, o Gerardo Bartolomé en los agronegocios- a escalas que superan el país, como piensan sus negocios y cómo sueñan con proyectarse hacia el mundo. Ellos son gobernantes que no necesitan del voto, los verdaderos amos.

P.: ¿La coyuntura política argentina se refleja en la literatura de ficción de los últimos años o hay cierta omisión?

H.V.:
Las relaciones entre literatura y coyuntura siempre son complejas, y creo que en la Argentina pasan tantas cosas que la literatura opera en otra sintonía, a otra velocidad. A veces anticipa lo que va a pasar, otras puede leer lo que se caldea en la imaginación pública y expresarlo de una manera lúcida y genial, y otras avanza de una manera muchísimo más lenta. Juega otro partido. Por otra parte, el hecho de que la grieta esté tan presente -igual o más presente que antes del triunfo de Cambiemos- hace que la literatura se repliegue, para no enchastrarse de esa pelea cotidiana que realmente obtura las discusiones de fondo, que son las discusiones sobre los modelos de felicidad social, sobre las perspectivas reales de la democracia, sobre la pobreza de la clase política, sobre las formas de segregación y las nuevas desigualdades, sobre los desafíos que propone la ciencia y sobre el poder de las corporaciones en ese contexto. De todos modos creo que la literatura es también sutil para captar ciertos cambios: el fin de la subjetivación de las personas en su trabajo, la pauperización creciente de la economía argentina, las relaciones que establecemos con lo que consumimos, los cambios en la familia y en las maneras de amar, cosas que son sutiles y recién cristalizan en la esfera pública cuando pueden ser codificadas por el poder. La literatura te las cuenta de otra forma.

P.: ¿Las redes sociales imponen cambios en la forma de hacer política?

H.V.:
Sí y no. Imponen cambios porque los políticos se vieron obligados a usarlas y a corroborar su falta de ideas a través de un medio más, y porque mucha gente hizo negocio vendiendo herramientas para hacer campañas políticas en las redes sociales. Porque ya ninguna actividad ocurre por fuera del tamiz digital. Pero no porque no se generaron nuevas instituciones, nuevas formas de participación o nuevas subjetividades políticas gracias a las redes. Lo que hay es lo mismo de siempre, que no da lugar a ningún tipo de ilusión, con el presupuesto un poco más repartido hacia lo digital, y una exposición permanente de cinismo unida a declamación pensada como "militancia virtual".

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