Imágenes que exploran y ponen en cuestión lo real

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El Centro Cultural Recoleta presenta una exhibición de pinturas y dibujos de Francisco Amatriain. El título de la muestra, «Réplica», tiene su razón de ser. Las obras, realizadas a partir de fotografías digitales, abordan un tema crucial del realismo contemporáneo: la dificultad para definir lo real. En un mundo donde nada es sólido o estable, Amatriain pinta sobre tabla con virtuosismo y dedicándole a su labor el máximo esfuerzo.

En abierto contraste con esa tarea paciente y meticulosa, sus pinturas ostentan el estilo rápido de las fotografías de los medios masivos de comunicación o de la simple instantánea. El mejor ejemplo es la elaborada representación pictórica de una escena que muestra cuatro personajes sobre un taxi. Ellos, al parecer, acosados por el fotógrafo, se cubren el rostro con las manos. La contradicción entre esta imagen canalla y la sofisticación técnica de la pintura, queda en evidencia con la luz grosera de un flash que rebota sobre el auto. La luz agresiva delata la presencia del fotógrafo ausente en la imagen.

Algo similar sucede con «Tiz», el retrato de una jovencita con rostro de madonna florentina, relegada a ocupar un lugar secundario en un cuadro dominado por una enorme cabeza con pelo ensortijado ubicada en primer plano. La expresividad de ella compite con el brillo sedoso de los rulos de ese joven de espaldas que configura un «no-retrato». De este modo el artista elude el canon del retrato clásico.

En las escenas donde Amatriain se autorretrata, sorprenden las semejanzas, sus «réplicas» son exactas. Pero la capacidad del pintor para representarse a sí mismo y al grupo social que lo rodea, excede los aspectos visuales y se extienden a la psicología y la interioridad de sus personajes.

Sin embargo, no deja de ser una paradoja que para representar el mundo, para tornarlo cercano, un artista dedique su tiempo a la pintura, al estudio y el análisis de la historia de la pintura realista e hiperrealista. La búsqueda de los efectos de las tensiones y el tenebrismo barroco se torna perceptible en la diagonal que cruza el cuadro con el taxi, o en el dramatismo que la luz proyecta en «Las chicas», aunque se trate de la cruda luz de un flash.

Ahora, ¿cuáles podrían ser los motivos que inducen a detener para siempre esas imágenes que llevan el sello de lo pasajero? La condición «eterna» de la pintura está presente en algunas obras, dos de ellas muestran personajes que se besan. La imagen de los amantes, transportada a la pintura y detenida para siempre, muestra un grado de intimidad abrumadora, por un lado se vuelve «más real que la realidad» y, por otro, pone bajo una lupa detalles mínimos, con un exhibicionismo cargado de narcisismo.

La presunta felicidad de estos personajes contrasta con la escena de un joven entregado al sueño en «Un alto en el camino», el mismo que reaparece con su pelo punk teñido de rubio, con una mano en primer plano que se destaca por su acentuado verismo y con la nariz y los ojos ensangrentados. El cuadro se llama «Amanecer de una noche agitada», y el rostro juvenil está cruelmente bañado por una luz azulada y artificial. El día, entretanto, asoma por un ventanal.

La figuración pictórica invita a observar con detenimiento las luces y las sombras de la sociedad en la cual está inserto el artista, mientras un video proyecta el fárrago de imágenes incesante donde todo fluye veloz e imparable, banal y ruidoso, configurando un universo que aturde.

En este contexto, el deseo de apropiarse de las imágenes que se escabullen, el afán de extraerlas del vértigo, de ponerlas en suspenso y aquietarlas para convertirlas en motivo de análisis, se adivina como una imperiosa necesidad. El tiempo de la pintura coincide con el tiempo que demanda acceder al conocimiento. Entonces, y recién entonces, en esa realidad inmóvil, acaso resulte posible entender cuál es la dimensión real de las cosas, cuánto tienen de ambiguas y cuánto de verdaderas, y cuáles son las cuestiones que ocultan las apariencias.

Lo cierto es que la tan anunciada muerte de la pintura nunca aconteció y en la actualidad, a pesar de los vaivenes de su gloriosa y larga historia, asistimos a un nuevo renacimiento.

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