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Improvisó dos discursos para lanzar la campaña
El análisis internacional le insumió a Cristina de Kirchner media hora y hasta incluyó un negro pronóstico sobre el futuro financiero de los países centrales: «Los que toda la vida pronosticaron lo que iba a pasar sobre nosotros, sobre ellos, sobre el mundo y sobre la historia, no aciertan en ninguna de las medidas, en ninguno de los diagnósticos. Tengo también mis serias dudas que quienes fueron los causantes de esta crisis puedan tener la capacidad intelectual de formular alternativas y soluciones diferentes», aventuró en un tramo.
En ese tren, anunció que en la próxima reunión del G-20, en Londres, van a pedir una reforma al sistema de organismos financieros internacionales que nacieron con el tratado de Breton Woods. Es decir, alumbró, desde la Argentina, la estrategia para el nacimiento de un nuevo orden financiero internacional. No se le podría haber pedido que teorizara más en ese sentido.
Cristina de Kirchner no viajará en abril a Londres sólo para eso: «También llevaremos como propuesta a ese G-20 la supresión de los paraísos fiscales. Se calcula que más del 40 por ciento de los capitales del mundo están precisamente fondeados en los paraísos fiscales», dijo en medio de uno de los 38 aplausos con que diputados y senadores del oficialismo la interrumpieron.
Luego cambió la táctica del discurso cuando comenzó el repaso de los logros del Gobierno, pasando por las exportaciones, las estatizaciones, la puja con el campo y la eliminación del sistema de AFJP.
Lo curioso es que en toda esa parrafada no hubo un solo anuncio de medidas futuras, más allá de la mención del envío de una nueva Ley de Radiodifusión, a la que definió como una «deuda histórica de la democracia».
Sólo existió algún indicio, como para sembrar un acertijo, sobre proyectos sin identificar que en caso de ser necesarios podrían viajar desde la Casa Rosada al Congreso: «También enviaremos al Congreso todos aquellos instrumentos que las épocas y los tiempos exijan». Los que temían que la nacionalización del mercado de granos fuera algo más que una amenaza del Gobierno para conseguir que los productores liquidaran los granos retenidos encontraron en esa frase su justificación.
Así, no hubo en el mensaje cambio alguno en la política para el campo, todo lo contrario. La Presidente reivindicó en todo momento los efectos positivos que hubiera tenido sobre los productores la aplicación de la Resolución 125. Era imposible que le diera más énfasis al tema: lo hizo junto a Julio Cobos, el verdugo que terminó con esa decisión del Gobierno.
Como en todo mensaje sobre el Estado de la Unión, navegó Cristina de Kirchner entre cifras y porcentajes, todos destinados a confirmar el éxito del «modelo» económico que el matrimonio aplica desde 2003. Así, reivindicó: «Un 66% de crecimiento de la economía; 47 puntos se los debemos esencialmente al mercado interno». El discurso estuvo plagado de cifras impactantes como esa.
Pero no hubo anticipo de medida alguna o de planes para 2009. Quienes intentaron defender el discurso presidencial alegaron que esa ausencia se debió exclusivamente a la soberbia con que los Kirchner llevan adelante el Gobierno: jamás le notificarían al Congreso por anticipado alguna decisión. A lo sumo, la anuncian al enviar un proyecto de ley, si ese camino es necesario para aplicarla.
Si algo le faltaba al mensaje, fue un recuerdo para las provincias. Cristina de Kirchner eligió dos: Catamarca (que el próximo domingo tendrá elecciones) y Santa Fe (donde el kirchnerismo acaba de sufrir una de sus más profundas heridas. A ambas les recordó que entre coparticipación, obras y transferencias varias, el Gobierno de su marido y el suyo propio habían elevado los aportes de la Nación a un monto superior a los propios presupuestos provinciales, elevándolos cinco veces desde 2003.

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