25 de marzo 2014 - 00:00

INDEC: sólo queda pensar lo peor

Había una vez una Argentina en la que los gobiernos decían la verdad. Transitábamos recesiones, períodos de inflación alta, incluso hiperinflaciones, pero nunca se había quebrado el contrato implícito que era el de informar la verdad. El kirchnerismo, lamentablemente, no tuvo reparos en traspasar esta línea y, primero tímidamente, luego ya más groseramente, durante siete años decidió que era mejor decir lo que no era. Veíamos un gato blanco y el Gobierno nos afirmaba que era negro. Así, nos ocupó debatiendo si era blanco o negro, en una discusión bizantina inconducente.

Pero como esto no fue suficiente para ocultar la realidad, el Gobierno cargó primero contra los funcionarios del INDEC y después contra quienes hacían mediciones independientes, que debieron ser cobijados por el "índice del Congreso", que mantuvo viva la verdad durante la larga noche de la mentira. Dependientes de las transferencias del Gobierno nacional, las provincias claudicaron de reportar índices certeros. Desafiando esta tendencia, sólo quedó la provincia de San Luis, a la que luego se sumó la CABA.

La mentira del INDEC generó grandes costos para la economía: el riesgo-país subió, el flujo de capitales se redujo -y con ello la generación de empleo-; se destruyó un exitoso mecanismo de ahorro y se licuaron los fondos de la ANSES. Pero como no se atacaba el problema, la inflación siguió subiendo.

Al asumir, Jorge Capitanich anunció que el tema INDEC era un asunto del pasado y se desplazó al gestor de la mentira, Guillermo Moreno. Se interpretaba como que no se mentiría más. Se anunció un nuevo índice a partir de enero. Era necesario un nuevo índice para no dejar en evidencia que el problema no era la metodología sino que se usaban números falsos.

Esperamos ansiosos el dato de enero. Queríamos confirmar que el Gobierno había desistido de la mentira. Y fue auspicioso. Enfáticamente apoyamos la cifra oficial que, aunque un punto menor a la inflación reportada en la Ciudad de Buenos Aires, mostraba una diferencia que explicaba holgadamente el aumento en el costo del transporte de pasajeros que el Gobierno nacional había promovido ese mes.

Faltaba febrero para confirmar que estábamos en un nuevo camino. Lamentablemente el resultado no fue el esperado. Una vez más se confirmó que las viejas prácticas de la mentira no se habían superado. Después de un escaso mes, habían resurgido. Veamos los elementos que nos llevan a esa conclusión.

La Ciudad de Buenos Aires publicó una inflación del 4,4 por ciento en febrero, un número prácticamente idéntico al 4,3 por ciento de la inflación del Congreso. Esta suba estuvo liderada por la inflación de bienes fuertemente impactada por la devaluación. Pero como la importancia de los bienes, sobre todo alimentos, es mayor en las ciudades del interior -en la Ciudad de Buenos Aires la canasta pondera más los servicios- lo natural era esperar que la inflación nacional diera por encima de la Ciudad de Buenos Aires. Un cálculo de la consultora Elypsis estimó que aplicando las ponderaciones del índice nacional con los números de la Ciudad implicaría una inflación nacional un 0,8 por ciento superior a la de la Ciudad.

El número finalmente reportado del 3,4 por ciento sólo puede explicarse de dos maneras: o porque los precios en el interior subieron mucho menos que en Capital -algo que no podemos verificar porque el INDEC no está publicando los precios promedio que releva, pero que tampoco se condeciría con la evidencia histórica- o porque simplemente, a lo Moreno, se imputaron precios que no existen -¿los Precios Cuidados, quizá?- independientemente de si los consumidores pueden acceder a ellos o no.

En tanto los que construyan los datos sean los mismos que nos mintieron durante siete años y mientras los precios promedio no estén publicados, sólo nos queda pensar lo peor. Con una inflación en franca caída en marzo, es una pena que el Gobierno haya tirado por la borda lo que se había avanzado en construcción de credibilidad en enero. La Argentina se merece y necesita un Gobierno confiable y creíble. Éste no es el camino.

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