3 de marzo 2011 - 00:00

Intelectuales sin coraje perdieron con Vargas Llosa

Mario Vargas Llosa, ayer en México, dijo que una rebeldía mal encami-nada es destructiva. Sus detractores argentinos no lo escucharon.
Mario Vargas Llosa, ayer en México, dijo que una rebeldía mal encami-nada es destructiva. Sus detractores argentinos no lo escucharon.
Mario Vargas Llosa abría su ya lejana novela «Conversación en la catedral» con una pregunta poética, como lo son todas las preguntas retóricas: «¿Cuándo se jodió el Perú?». Poesía que, en amplio sentido geográfico, podría extenderse a la América Latina en general. En mayor o menor escala, todos los países de la patria grande se han interrogado lo mismo: cuándo, en qué momento ocurrió, si las perspectivas de gloria eran inmensas, si todos estaban «condenados al triunfo». Para algunos es una fecha, otra para otros, y para los más escépticos no hay fecha: eso es tan eterno como el agua y el aire.

El escándalo que acaba de ocurrir en torno al autor de «Pantaleón y las visitadoras» es otra prueba del extraño perfil que siempre ha caracterizado a muchos de los intelectuales cercanos al Estado: sus postulados pueden resistir la lógica pero no el poder. El director de la Biblioteca Nacional, Horacio González, le envía una carta a la Fundación El Libro para sugerirle que el último Premio Nobel no inaugure la Feria. Y comete un gran error: aclara que no lo hace sólo como ciudadano, sino también como funcionario. Como ciudadano, e intelectual, su pedido no sólo era lícito sino también razonable, por discutible que fuera: el eje, en ese caso, hubiese sido polemizar provocativamente. Como funcionario, el único eje posible es la censura, por más amistoso que haya sido su tono.

Es llamativo cómo, en un año de sufragios, González y los profesores de Carta Abierta no hayan siquiera reparado en lo que caía de su peso: que el Gobierno no podía ser tan torpe como para avalar ese disparate sin arriesgar seriamente su prédica por la libertad de expresión plena. La orden de la Presidente para hacer retirar esa carta demora unas pocas horas para, como decía el General, «frenar a los muchachos».

Ayer mismo en México dijo Vargas Llosa en una conferencia a los estudiantes universitarios: «Una actitud de rebeldía es siempre provechosa si la rebeldía está bien orientada, si está mal orientada, puede ser tremendamente perjudicial». El autor de «La tía Julia y el escribidor» sonó más peronista que los intelectuales de Carta Abierta, que si de algo carecen es de picardía y sentido de la oportunidad política.

No sólo eso: ayer González se retractó de su carta señalando: «Tal como me lo ha expresado (la Presidente), no es concebible la vida literaria y el compromiso con la ensayística social sin un absoluto respeto por la palabra de los escritores -o de cualquier ciudadano- cualquiera sea su significación o intención. Me pidió que retire la carta. Demostró que está al tanto de estos debates y tiene una capacidad de intervención muy aguda en ellos». Debe entenderse, por ello, que también el ciudadano y el intelectual cesan en la provocación.

Antes de ello, las autoridades de la Fundación El Libro tampoco habían procedido con mayor solidez. Gustavo Canevaro, uno de sus titulares, había dicho que «el afán de los organizadores» era que no «hubiera provocación. Por eso hemos hablado de una presencia que gira en torno a su especialidad que son las letras. Entendemos que, como cuando recibió el Nobel e hizo un discurso, viene a una Feria del Libro. Si fuera un mitin político, el discurso tiene que ser otro. Es un tema de ubicuidad con respecto al público». ¿Cómo debe entenderse eso? ¿Le pedirán acaso a Vargas Llosa que evite ciertos temas para ser «ubicuo» con el público? Entonces, si la intención es un discurso de apertura conciliador y festivo, González tenía razón: que inviten a otro y santas pascuas.

El presidente de la Cámara Argentina del Libro, Carlos de Santos, tampoco se había mostrado demasiado convencido sobre el invitado en el momento del debate, y llegó a decirle a la agencia oficial Télam que «la Fundación El Libro y la Cámara Argentina del Libro analizarán el pedido durante el transcurso de los próximos días para resolver esta cuestión». ¿Analizar significaba haber podido dar marcha atrás?

Sabido es que la Feria del Libro, que este año cambió sus autoridades, y en la que ambas cámaras del libro no siempre se muestran de acuerdo en sus pareceres, no invitó a título personal a Vargas Llosa. Al autor de «La fiesta del chivo» lo traen sus editores, el sello Alfaguara, y su llegada, como la del mesías profano en el film «Teorema» de Pasolini, no están haciendo otra cosa que poner a prueba los frágiles cimientos que sostienen al famoso «ser nacional»: estatismo hambriento que observa al sector privado como un tiburón forzado, en ciertos casos, a la abstinencia; intelectuales que avanzan y retroceden según la palabra oficial, y un triste paisaje de funcionarios mustios y perplejos, que en las horas posteriores siguen repitiendo aquello de «como escritor es magnífico pero como ideólogo es funesto», como antes se decía «no hay que confundir libertad con libertinaje».

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