2 de enero 2012 - 00:00

¿Inversores sabrán esperar?

José Siaba Serrate
José Siaba Serrate
El año 2009 fue el de la resurrección. Demostró que había vida después de Lehman Brothers; 2010 consolidó la recuperación. Tocaba a 2011 ponerle una lápida definitiva a la crisis internacional. Y fracasó de manera rotunda. La crisis contraatacó. Europa fue su ariete principal. Pero no su único sostén. Cuando la economía global todavía destilaba pujanza, a principios de año, la primavera árabe puso el acento en la vulnerabilidad de la oferta de energía y en los límites del crecimiento. La disfuncionalidad del mapa político de EE.UU. también cobró un altísimo peaje a los mercados de capitales en agosto y septiembre con la disputa por el techo de la deuda pública. Ratificó que la política fiscal de Washington marcha en piloto automático, con un candado de intransigencia que impide modificar el rumbo si ocurriera un percance. Entre todas estas grietas se coló de nuevo el fantasma de la «doble recesión». Había que preservar a España e Italia del contagio de la desconfianza, y la impericia las zambulló de lleno. Así en Europa la contracción es inexorable. Pero el mar de liquidez que rodea a EE.UU., y que la Fed no deja que drene, lo mantiene a éste a flote contra los pronósticos sombríos tan en boga meses atrás. La erosión de 2011 también congeló la expansión del comercio internacional, y devoró los bríos de las economías emergentes. La propia China mordió la banquina. ¿Cuáles son los desafíos de 2012? Los que no pudo resolver, con mayores márgenes de maniobra, el año que pasó.

Recién sobre el filo de diciembre, la Europa de los 17 logró detener la corrida contra sus deudas y montar una tregua valiosa. Un mes antes, con el estreno de Mario Draghi al timón, el BCE se abocó a corregir una de sus gaffes más memorables: la insólita suba de tasas de interés de 2011. Pero la contribución más importante del BCE no será voltear las tasas a cero sino ampliar el tamaño de su hoja de balance. Entre 2007 y 2010 el crédito primario del BCE creció el 33% (todo concentrado en 2008). El de la Fed, el 366%. Y la inflación de EE.UU. no fue por ello más elevada que en la zona del euro (su nivel es similar, también su derrotero). Aquí ya se produjo un clic: la asistencia del BCE escaló otro 36% en 2011. Si Europa domina la crisis sin sumar un gran trauma adicional será porque este envión persiste y no se abandona en los meses venideros. Si el BCE no compra la deuda soberana de la que busca desprenderse el sector privado, por lo menos debería facilitar su cómoda financiación. Pero el BCE se resistiría si los gobiernos barajasen la posibilidad de reestructurarla. Esto cambió: Alemania reconoció que sería un error extender a los demás la solución de Grecia. Para estabilizar el valor de la deuda, lo ideal es separar primero la paja del trigo. Pero si no se puede, y Europa no ha podido más allá de Grecia, hay que dar toda la partida por buena. Y ésta es la decisión clave que los gobiernos tomaron en la cumbre de diciembre.

Nadie martilló más que Europa para arruinar los prospectos de 2011. Por eso se precisa que la tregua se consolide y la tensión revierta. La recesión europea no tiene remedio. Lo que todavía es factible es que resulte suave. Para ello la senda que abrió el BCE debe profundizarse. Se necesita que los gobiernos activen el fondo de rescate (y que el BCE no desactive el programa SMP de compra de bonos en el mercado secundario). Otro italiano, el premier Mario Monti, está dispuesto a hacer de punta de lanza. Cumplida su parte, demandará que Europa aporte la suya. ¿Convencerá a Merkel? Marzo traerá novedades.

¿Basta con lograr que Europa cese de sembrar inestabilidad para que el mundo retome la ruta ascendente? Claro que no. EE.UU. entra de lleno en una campaña política encarnizada. No importa tanto si Obama vence. O si regresan los republicanos. Lo crucial es que la balanza de poder se incline de manera contundente (y se destrabe la situación de bloqueo recíproco). La expansión de la economía enhebra, en los últimos meses, una sucesión inesperada de noticias favorables. Hay progresos en áreas sensibles (empleo, venta de autos, vivienda). Pero aun así la fragilidad es fácil de advertir. No opera en paralelo una mejora en la base de generación de ingresos. La confianza del consumidor cicatrizó en tiempo récord. Y su gasto aumentó. Pero no su renta. Se echó mano a un recorte del ahorro personal. Endeudado como está, ¿podrá sostenerse? No si la masa de salarios cae como sucedió en noviembre.

La misma estrategia que se espera de Europa acarrea sus bemoles. Un euro más débil (o sea un dólar más fuerte) parece una contrapartida obligada de la expansión de la hoja de balance del BCE. Si la Fed no acusa recibo (según el gobernador de Texas, Rick Perry, aumentar la cantidad de dinero en tiempo de campaña sería entrometerse en la puja política) y si la confianza en Europa demora en aflorar, las condiciones de la liquidez internacional no serán amables para las locomotoras de las economías emergentes que, como se dijo, han perdido potencia. La señal usual de precios de las materias primas en alza temprana bien podría no verificarse. Las dudas hoy persiguen hasta a los BRIC. Empezando por China. Y si Pekín tiene la tradición de resolver sus problemas puertas adentro, sin exhibir las convulsiones que Europa nos ha regalado, también es cierto que siempre apela a la parsimonia. Le llevó más de un año poner en caja a la inflación. Acomodar un traspié inmobiliario, aunque sólo sea un golpe de aire (y no lo es), requerirá más tiempo.

Para tener éxito la paciencia de los mercados será vital. No vendría mal un aporte inicial de entusiasmo. Pero las Bolsas son reticentes. Y, aún así, constituyen el indicador más propicio. Quien mire los bonos del Tesoro a diez años -y los rendimientos inferiores al 2% en EE.UU., Canadá, Alemania y Gran Bretaña (y al 1% en Japón)- notará que la coraza de escepticismo no cedió un ápice.

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