16 de marzo 2010 - 00:00

Israel admite que la crisis con los EE.UU. es la peor en 35 años

El primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, resiste las presiones de Estados Unidos para congelar la construcción en los asentamientos judíos consciente de que, de lo contrario, pondría en peligro la coalición política que lo sostiene.
El primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, resiste las presiones de Estados Unidos para congelar la construcción en los asentamientos judíos consciente de que, de lo contrario, pondría en peligro la coalición política que lo sostiene.
Jerusalén - Israel admitió ayer que la relación con su principal aliado, los Estados Unidos, atraviesa su peor crisis en 35 años, y el primer ministro Benjamín Netanyahu volvió a desafiar a la Casa Blanca al ratificar que seguirá construyendo viviendas en los asentamientos de la parte árabe de Jerusalén, donde los palestinos aspiran a ubicar la capital de un futuro Estado.

«La construcción continuará en Jerusalén, tal como ha ocurrido en los últimos 42 años», declaró Netanyahu ante el grupo parlamentario de su partido, el Likud (derecha), en respuesta a la pregunta de una diputada sobre el efecto de la crisis diplomática desatada con Washington.

Tras referirse a Jerusalén, el primer ministro israelí precisó que la construcción proseguirá también en las colonias de Cisjordania al concluir la moratoria de diez meses que decretó en noviembre en los asentamientos de ese otro territorio ocupado. «La decisión del gabinete de reiniciar la construcción transcurridos los diez meses sigue en pie», aseveró.

Reacción

Estos anuncios provocaron una inmediata reacción de los palestinos, que cancelaron el inicio de las negociaciones de paz indirectas que trabajosamente había pergeñado el Gobierno de Barack Obama.

«Esta política no crea la atmósfera apropiada para la reanudación del proceso de paz», declaró Nabil Abu Rudeina, portavoz del presidente palestino moderado, Mahmud Abás (Abú Mazen).

El anuncio israelí de la construcción de 1.600 viviendas para judíos en Jerusalén oriental, efectuado la semana pasada durante la visita del vicepresidente estadounidense Joe Biden, desató una tormenta política entre los dos aliados. Varios responsables estadounidenses criticaron duramente el proyecto y el momento elegido para anunciarlo, y el Gobierno de Washington expresó su «condena» formal. La secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, por su parte, calificó de «insulto» la acción israelí.

Para el embajador de Israel en Washington, Michael Oren, se trata de la crisis «más grave en 35 años». Evocó así las presiones de Estados Unidos que presionó al Estado hebreo en 1975 para que retirara parcialmente sus tropas del Sinaí egipcio que ocupaba desde la Guerra de los Seis Días de 1967.

La ratificación por parte de Netanyahu de la continuidad de la construcción en Jerusalén sonó a un nuevo desafío, dado que coincidió con declaraciones del portavoz del Departamento de Estado, Philip Crowley, en el sentido de que la Casa Blanca aún esperaba una comunicación formal sobre el asunto.

Obama ha prometido esforzarse en pos de un acuerdo de paz entre israelíes y palestinos, y la intransigencia hebrea en torno a los asentamientos dificulta severamente su cumplimiento. Para el norteamericano se trata de una necesidad estratégica para restablecer los lazos con el mundo musulmán dañados durante la era Bush, en momentos en que busca reforzar las sanciones contra Irán por su plan nuclear y culminar con éxito las guerras en Irak y Afganistán.

Mientras tanto, ministros israelíes filtraban a través de la prensa el malestar oficial con la administración Obama. Uno de ellos dijo al diario Maariv, bajo condición de anonimato, que el demócrata «busca la caída del Gobierno de Netanyahu».

En Estados Unidos, el grupo de presión proisraelí AIPAC (American Israel Public Affairs Committee) estimó que las observaciones del Gobierno estadounidense «sobre las relaciones entre Estados Unidos e Israel son un grave tema de preocupación».

Dos sentidos

Según el analista Eytan Gilboa, la crisis de confianza «va en los dos sentidos, porque Israel duda de la determinación del presidente Obama para detener el programa nuclear iraní».

Netanyahu puede aprovecharse de la «decreciente popularidad de Obama en Estados Unidos, teniendo en cuenta sus fracasos en el plano interno, en particular en el seno del electorado judío que votó masivamente por él», estimó.

Otros analistas en Israel consideran por el contrario que un amplio sector de los judíos estadounidenses no está dispuesto a seguir al AIPAC en su apoyo incondicional a Israel.

«Estamos perdiendo el apoyo de toda un ala del judaísmo estadounidense, la izquierda moderada, que juzga provocadora la política (de colonización) de Netanyahu», afirmó el periódico de gran tirada Yediot Aharonot.

Agencias AFP, EFE, DPA y Reuters