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Josefina Robirosa conjuga opuestos en su nueva obra
La instalación de Robirosa, cargada de metáforas e inquietantes evocaciones, que atrapa todas las miradas; una bandada de inmensas aves que remiten tanto a «Los pájaros» de Hitchcock como a la novela «Lo imborrable» de Juan José Saer.
Como los poetas, Robirosa se expresa a través de metáforas y, las aves gigantescas, cargadas de evocaciones, demandan descubrir el sentido de su desconcertante existencia. Para comenzar, el clima de la instalación no puede ser más ajeno al mensaje de la paloma de Picasso.
Como la vida misma, el arte de Robirosa estalla en cuestiones que suelen estar en pugna: el misticismo y las ideas; la razón y la locura; la alegría y la angustia; el orden y el caos. Sus pinturas han sido catalogadas como figurativas o abstractas, categorías al parecer antagónicas que en realidad no se contraponen, dado que el arte siempre es abstracto, sencillamente, porque no es real. Y de igual modo se conjugan los opuestos en la obra: el arte por el arte y el que ostenta contenido político, la estetización y el sentido profundo de las cosas.
Desde las rítmicas rayas de colores que configuran siluetas o rostros, hasta sus bosques con formas más o menos difusas, pasando por los galpones, las últimas abstracciones (por llamarlas de algún modo, ya que no tienen título) y las bandadas de pájaros, las obras de Robirosa coinciden a través de sus distintas etapas en la sensibilidad expresiva. La materia de sus cuadros es un gesto vital. Sólo eso. Le causa asombro la capacidad interpretativa de la gente (y de la crítica), y nunca fue tan cierto aquello de que el arte dice cosas que no se pueden expresar con palabras. «Mis obras no tienen epígrafes, no recuerdo cuándo las hice», aclara. El dato pone en evidencia la espontaneidad de la artista, imbuida en su quehacer, pero también deja a la vista la carencia del trabajo de investigación que la muestra merece, entre otras faltas, como una buena iluminación.
La exposición se abre con dos frisos colgados en ambos lados del ingreso a la sala Cronopios, forman parte de la extensa y fascinante serie de paisajes abstractos que remiten a las encrucijadas urbanas, con sus rutas que se superponen y se entrelazan, que Robirosa comenzó a pintar en el año 2010. Esa densa trama pictórica, deja entrever, en ocasiones, los personajes o pájaros que la habitan. En el medio de la sala se encuentra una bellísima pintura de más de cuatro metros de ancho, realizada en 1968 sobre planchas de metal. Se trata de una dinámica marea de colores formada por cintas rojas, naranjas, azules, verdes, amarillas, rayas que ondulan sobre seis figuras de cuerpo entero, imprimiéndoles movimiento. Escoltando y acrecentando la vivacidad del rojo y el naranja del cuadro, cuatro radiantes esferas de resina poliéster de casi un metro de diámetro replican los colores y las rayas. Junto a ellas, las mismas ondas vibrantes despliegan su planimetría en cuatro círculos que cuelgan de la pared. Así, los frisos, las esferas y los círculos de factura reciente, junto a la pintura de la década del 60, delimitan, con sus formas inestables, el espacio ocupado por la inquietante bandada de pájaros que desciende del techo y atrapa todas las miradas.
El recuerdo de la película «Los pájaros» de Hitchcock surge de inmediato: la dimensión colosal de esa aparición resulta igualmente siniestra. No obstante, si se mira la instalación desde otra perspectiva, si se observan las pinceladas extensas y multicolores, es posible percibir la belleza exaltada de esas aves con sus alas extendidas. En efecto, el levitar de algunos pájaros torna majestuosa esa presencia. En un texto pegado sobre la pared de Cronopios, Robirosa destaca sin embargo las contradicciones: «Imaginaba celebrar la vida con un símbolo perfecto: el vuelo de los pájaros. Pero uno de ellos que vive con las alas cortadas, reclamó poder encarnar la impotencia que acompaña nuestros días».
Vale la pena citar la novela «Lo imborrable», Juan José Saer, en ella describe una escena que bien puede asociarse a las palabras y las imágenes de Robirosa, cuando menciona específicamente «una inquietud confusa en los cuerpitos emplumados que adivino agitándose en la negrura: aleteos indecisos, sacudimientos, el vuelo tal vez de alguna paloma más ansiosa o más despierta que las otras». El escritor agrega que «las palomas, en un sobresalto brusco, se echan a volar en círculo, llenando el aire negro con el rumor de sus alas y de sus palpitaciones veloces».
La analogía cobra sentido. Robirosa termina por reclamar «la posibilidad de optar entre la voz o el silencio»; Saer, adivina en esos pájaros «la descarga mecánica de los borbotones de pánico que genera, en sus cerebros diminutos, la presencia inesperada y extranjera». Ambos introducen en el universo de la ficción, la fuerza poderosa del discurso político.
La muestra se divide en dos partes y en el fondo de la sala, junto a la engañosa calma de los bosques, hay una serie de paisajes pintados al promediar la década del 90. Las imágenes nocturnas muestran unas breves perforaciones luminosas en la negrura de los bosques. Hay un bosque pintado en un monocromático gris azulado, con sus ríos y sus montes en distintos niveles. El paisaje ocupa el centro de la tela, se percibe nítido, como si lo miráramos a través de una lente de aumento y acabáramos de ajustar el foco para observarlo con la mayor claridad. La lente es un dispositivo ausente, imaginario, se intuye su presencia por el efecto óptico: traer a un primer plano una imagen que adivinamos lejana. Robirosa recuerda que pintó estas obras con miedo, explica el temor a ver la totalidad que suscitó el impulso de enfocar e iluminar los fragmentos. A la vez, sus palabras comienzan a echar luz sobre el inasible sentido de los nocturnos.


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