19 de marzo 2009 - 00:00

Kirchnerismo destituyente

Néstor Kirchner
Néstor Kirchner
Con el augurio tremendista de Emilio Pérsico («si perdemos, entregaremos el Gobierno y que sigan gobernando Cobos y Clarín»), el kirchnerismo tiró otra vez el chico por la ventana. Es una forma elemental, hasta frívola, pero sincera de reclamar que la militancia apoye a la Presidente por cuya gobernabilidad se preocupa el marido.
El profeta (gasta una barba acorde con la función) es funcionario nacional (subsecretario de Comercialización de la Economía Social), Néstor Kirchner lo designó secretario de Organizaciones Sociales (piqueteros) del PJ oficial y viene de ser el subsecretario de la Jefatura de Gabinete de la Gobernación del movilizado Solá. Heredero de una fortuna familiar (rubro helados artesanales) es además productor agropecuario (90 hectáreas de chacra que cultiva junto con sus hijos). Jorge Altamira diría que es un explotador; es, por lo menos, un miembro del establishment político. Habló, además, por una radio oficial (radio Provincia). Nadie puede decir que es un marginal ni que sus expresiones sean una «ridiculez», como intentó enmendar a destiempo una legisladora provincial.
La frase destituyente seguramente no expresa el pensamiento de Olivos, pero sí su estrategia de acumulación de fuerza, que Néstor Kirchner basó desde 2003 en desafiar a sus contradictores a que volteen su Gobierno. Las primeras leyes que pidió ese año al Congreso las logró presionando a legisladores de su partido con frases idishe mame como: «¿No quieren votar mis proyectos? Entonces háganme lo que le hicieron a De la Rúa». Quebró así la resistencia a quienes se le oponían, por ejemplo, a los cambios en la Corte Suprema.
Esa amenaza la hizo el año siguiente a su propia gente ante hechos como el fenómeno Blumberg. Cuando viajó el 1 de abril de 2004 a Río Grande y el padre de Axel juntaba 300 mil personas en el centro de Buenos Aires, usó de nuevo la amenaza destituyente. Había ministros que creyeron que no regresaba más.
Eduardo Duhalde alimentó en aquellas horas la leyenda de que Kirchner en cualquier momento renunciaría a la Presidencia; lo dijo varias veces en reuniones con su entorno, lo recogió la prensa, y nunca Duhalde lo desmintió. Nada como esto ayudó tanto a Kirchner a afirmarse en el poder.
Cuando el Gobierno de Cristina de Kirchner enfrentó la pelea con el campo el año pasado, Kirchner aprovechó el hallazgo de la primera Carta Abierta de sus empleados de la Biblioteca Nacional, la palabra «destituyente», un neologismo que explota la paronomasia con su contrario, «constituyente». Volvió a arrojar ese garrote a una opinión pública que después se enteró de la amenaza de renuncia presidencial cuando el Senado volteó el proyecto de retenciones móviles.
Impulso
El remate lo dio hace una semana, cuando justificó el plan de adelantamiento de las elecciones en la necesidad de reforzar la gobernabilidad de la gestión matrimonial.
Kirchner no cree en serio que alguno de sus adversarios pueda destituirlo a él (antes) o a su mujer. Ha usado el argumento destituyente como palanca para tomar impulso desde la debilidad. El gesto es compatible de su estrategia principal de Gobierno: siendo una minoría, moverse como si fuera mayoría, reclamar tratamiento como tal para congelar (a propósito de Pérsico) a sus contradictores. Sabe que el público es sensible a la debilidad institucional, que consiente todos los actos que un Gobierno emprende para no sentirse en un país donde los gobiernos se caen.
La sinceridad de la declaración de Pérsico es muy útil para el público, porque revela las entretelas de la negatividad como método (me mira Feinmann, pensativo) y exhibe cómo Kirchner intenta de nuevo sacar fuerzas de la debilidad sosteniéndose en el punto más firme de apoyo. La estabilidad institucional es una base sólida para apalancar un proyecto que no incluye renunciar e irse a la casa. Es inimaginable que un Kirchner, que se quedó con la presidencia pese a haber perdido la elección, deje ese cargo, como que cualquier peronista haga algo semejante. Contradice, además, los actos que hace el santacruceño todos los días, dirigidos a acumular fuerza, aun perdiendo. Lo hizo en Catamarca, donde defendió su interés juntando peronismo (38% en cuatro listas), como lo pretende en los actos «de masas» que organiza todas las semanas. ¿Cree que convence con histrionismo de campaña a alguien fuera del peronismo? Sabe que no, pero convence a los propios de que conserva algo de fuerza y que puede contener la dispersión. Por eso, además, intenta adelantar las elecciones. Su estrategia es persuadir al peronismo de que su adversario no está dentro, sino en un frente antiperonista que les haría revivir las vergüenzas de 1999, cuando la Oficina Anticorrupción no daba abasto con las denuncias contra los ex funcionarios del anterior Gobierno peronista. Por eso, también el blanco de la campaña oficial son Carrió y Cobos y el gasto más grande lo hace el Gobierno para capturar peronistas fronterizos.
Sus críticos creen, con poco fundamento, que esas jugadas perdedoras son un error político. ¿Qué hubiera ocurrido si Kirchner no iba a Catamarca? ¿Que pasaría si no hiciera actos en el conurbano? ¿Qué ocurriría si no es candidato? Daría el mensaje de que ya se fue y fomentaría los argumentos de que su ciclo terminó. Ése sería un error. Una estrategia para perder es tan legítima como una estrategia ganadora en política, que es un oficio de perdedores. Nadie castiga por no ganar; lo que se sanciona con crueldad extrema es la pérdida de poder. Kirchner seguramente se mira en el espejo de un Menem que salió de la Presidencia y se negó a retener poder en el partido, en alguna gobernación o en algún bloque legislativo. Pagó -en pocos meses- con la cárcel no haberse prevenido de la pérdida de poder con, al menos, una jugada perdedora que, si hubiera tomado, otro habría sido su destino personal, y también el del país. En sus rondas de café, Néstor Kirchner suele decir que la política es un negocio en el cual es fácil entrar, pero muy difícil salir. Esa reflexión explica mucho de lo que hace por estas horas y que reveló ayer el sincericida Pérsico.

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