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La artista y la leyenda
Si hay algo que caracterizó a Chavela Vargas a lo largo de una vida extensa y fructífera, fue el haber adoptado un género como la ranchera, antes exclusivamente destinado a las voces masculinas. Y ese «machismo» mexicano quedó en ella también expresado en su modo de vestir, en su decisión de fumar y beber en público a la par de los hombres, en el hecho de andar armada. Fue México además el país que la hizo cantante profesional, un lugar al que llegó siendo todavía una adolescente y en el que conoció a José Alfredo Jiménez, el compositor que fue uno de sus autores de cabecera.
Pasaron de todos modos muchos años hasta que pudiera grabar su primer álbum; eran otros tiempos y la industria del espectáculo tenía otra dinámica. Pero desde el debut en 1961 sus trabajos se contaron por decenas, pese a algunos retiros temporarios que tuvo en la década del 70.
Su voz rugosa, personal, aguardentosa, siempre muy expresiva, se hizo inmensamente popular a partir de su inclusión en películas del español Pedro Almodóvar como «La flor de mi secreto», «Carne trémula» o «Kika». No llama la atención, entonces, que el cineasta tuviera una participación junto a ella en algunos recitales -por ejemplo en Buenos Aires, no hace mucho- o que fuera uno de los personajes cercanos que la visitó por estos últimos días de su vida en el hospital madrileño en el que estuvo internada poco antes de regresar para terminar muriendo en su adoptiva patria mexicana. No fue igualmente Almodóvar el único que la incluyó en sus bandas sonoras, y vale la pena recordar, por ejemplo, su voz en películas como «Babel» o «Frida».
Las últimas décadas, ya octogenaria, Chavela se transformó casi en un personaje de leyenda, en una suerte de mito viviente. En 2004, presentó un disco en el Carnegie Hall de Nueva York, Joaquín Sabina la homenajeó en una de sus canciones -como probablemente no lo haya hecho nadie- en «El boulevar de los sueños rotos», cuando dijo aquello de «yo quisiera reír como llora Chavela».
Este redescubrimiento, primero por Almodóvar y luego por Sabina, la hizo acreedora a otros homenajes, como el título de ciudadana distinguida que le entregó en 2009 la ciudad de México al cumplir sus 90 años. De estos últimos años son también su autobiografía -junto a la periodista María Cortina-, su disco «Por mi culpa» de 2010 -con invitados como Eugenia León, Lila Downs, la argentina «Negra» Chagra, Mario Ávila o Sabina- y unos cuantos premios -Grammy Latino, Medalla de oro de la Universidad de Madrid, Huésped de honor en Buenos Aires-. Y la que terminó siendo su última obra, un álbum también editado recientemente llamado «Luna grande», en el que homenajeó a Federico García Lorca recitando sus poemas acompañada por la música de sus canciones más populares.
Chavela Vargas cumplió con la lógica ley de la vida y la muerte y murió con muchos años en sus espaldas. Nada quita significación a una ausencia física que no tendrá reemplazo. Quedan, de todos modos, numerosos discos y temas como «La llorona», «Macorina», «El último trago», «Piensa en mí», «Luz de luna», «Un mundo raro» y tantos otros para seguir recordándola.


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