Si exceptuamos la rueda del 8 de febrero, cuando el Dow cerró en 9.908 puntos, tenemos que ir al 4 de noviembre para encontrar una jornada en que el Promedio Industrial quedara debajo de las 9.974,45 unidades en que cerró ayer, al retroceder el 0,69%. Es cierto que no tocamos el mínimo intradiario del martes, pero que la jornada se diera casi a contrapelo de aquella, trepando el 1,35% en la primer hora de operaciones para ir cediendo terreno y desplomarse en la última hora, con un volumen de más de 1.900 millones de acciones, sugiere que la pata optimista del mercado no tiene demasiada fuerza. El agujero negro del día 6, cuando las blue chips se desplomaron el 9,2% en pocos minutos, que en aquel entonces parecía un disparate, ahora, apenas el 1,88% por encima del mínimo de ese día parece haber sido un adelanto de lo que estaba por venir. La verdad es que cuando en el primer comentario del mes recordábamos aquello de sell in may, and go away ni se nos ocurría que a esta altura estaríamos viendo a las 30 cotizantes más prestigiosas del mundo perder -en promedio- más del 10% de su valor. Es claro que los motivos que justifican la baja abundan, son evidentes y los hemos reiterado hasta el hartazgo. Desde lo puntual, parte de la historia de lo que vimos ayer tuvo que ver con el euro, que alcanzó su máximo en u$s 1,234 casi al mismo tiempo que las acciones marcaban el suyo, para desbarrancarse durante la tarde a u$s 1,218. De los efectos de la moneda sólo se salvaron los commodities (tuvimos otra pobre colocación de treasuries y la tasa a 10 años trepó a 3,22% anual), que trepando el 1,6% tuvieron la mayor suba desde marzo, tal vez sólo porque este mercado cierra una hora antes.
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