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La Bienal del Fin del Mundo en busca del orden perdido
La «ciudad» de Miquel Navarro, una de las intervenciones en el viejo Hangar que durante la Guerra de Malvinas cobijó los aviones de la Marina y hoy alberga la muestra madre de la III Bienal del Mercosur.
La tercera edición de la Bienal se titula «El Antropoceno», término que hace referencia a la era que se inicia con la revolución industrial. Más de 150 obras de artistas de todo el mundo, entre ellos de 22 argentinos, llegaron a esta ciudad de difícil acceso, donde la naturaleza impone su poderosa presencia y establece un abierto contraste con la fragilidad de todo lo construido por el hombre, unas frágiles casitas de chapa o madera.
La curadora general de esta Bienal es la española Consuelo Ciscar, directora del Instituto Valenciano de Arte Moderno que trajo consigo varias de las estrellas de la colección del Museo, como las dos esculturas de Richard Serra y las obras de Eduardo Chillida, Robert Rauschenberg, Richard Chamberlain, Donald Judd, Julio González o Bruce Nauman. Sin prejuicios, Ciscar dispuso que las obras de artistas consagrados dialoguen con las de los desconocidos. En esta ocasión particular, el arte fue seleccionado por su capacidad para entablar relación con la naturaleza, sin más distinción.
El planteo teórico tiene un firme anclaje conceptual y se basa en la búsqueda de obras que convoquen los cuatro elementos (tierra, agua, aire, fuego) para reunirlos de modo
armónico. Así, con el fin de buscar un orden perdido, la exhibición presenta reflexiones, puntos de vista inesperados de los artistas que abordan el tema ecológico sin reparos ni preconceptos, de un modo poético como el misionero Andrés Paredes, neorromántico como el cordobés Tomás Espina que pinta con pólvora, y hasta con humor, como el brasileño José Guedes en un estupendo video donde celebra los animales más feroces y temidos de la selva y termina por felicitar al lobo que se come a Caperucita.
En la Bienal se encuentra un arte arraigado a estos cuatro elementos, y su presencia termina por resultar tan clara como una ecuación. A través de la especificidad de un tema que nos toca a todos, aunque sin caer en el «ecologismo» desmedido de la primera edición, «El Antropoceno» establece una saludable distancia con la «bienalitis» que padece un planeta inundado de bienales que prosperan por todas partes.
Hangar
Desde lejos se divisa el viejo Hangar que cobijó los aviones de la Marina durante la Guerra de las Malvinas. Hoy ese enorme y helado galpón alberga la muestra madre de la Bienal que, con el formato de un rizoma, extiende sus brazos por toda la ciudad. Después de un vernissage que tuvo como invitada inesperada una terrible tormenta que dejó constancia del rigor del clima, la gente de Ushuaia fue la primera que visitó el lugar, aunque el tópico tan analizado del «público», todavía es una asignatura pendiente de la Bienal.
El artista español José Cosme intervino el frente del Hangar y proyectó una cruz, sobre ella puso una palabra que de inmediato remite al espectador a la realidad y el concepto de lo que está mirando. Allí, sobre las bandas irregulares de colores marrones y verdes del camuflaje, escribió: «Camuflaje». La cruz es blanca, símbolo de la pureza que además evoca las imágenes de los campos poblados de cruces. El blanco se destaca en la vastedad del paisaje. La obra se llama «Camuflaje o salvación» y no precisa demasiadas explicaciones.
Junto a la cruz se ha derrumbado sobre un árbol la torre de materiales high tech de Julio Quaresma, en los ventanales iluminados de esos cubos se asoman el horror de los excluidos. A su lado se encuentra la ciudad de Gabriel Valansi cuyo horizonte, gracias a un juego de espejos, se torna infinito. Realizada a la medida de un contenedor, la ciudad se vislumbra plateada y nocturna, con sus torres y sus avenidas llenas de destellos. Sin embargo, la radiante belleza de este universo se vuelve siniestra, en la medida en que el espectador se percata de cuál es el material utilizado por el artista: los desechos del mundo cibernético. Pocas veces coinciden con tanta precisión el contenido de la obra y su forma. Lo mismo ocurre, aunque en un sentido inverso, con la perfección urbanística de Miquel Navarro. La ciudad de Navarro configura una isla en el territorio del Hangar, las torres son estupendos monumentos que compensan los barrios bajos y ordenados, sabiamente dispuestos y guardando la debida distancia entre ellos. La instalación de Valansi, por el espanto que provoca, y la de Navarro, porque es un modelo idealizado, inducen a pensar en Ushuaia, en su carencia de planificación urbanística y en los problemas habitacionales de una ciudad que crece despareja y sin rumbo. Con su perfil multidisciplinario, uno de los temas que aborda la Bienal es la arquitectura. De la mano del valenciano José María Lozano llegó una serie exquisita de dibujos de arquitectos como Emilio Ambaz, Cesar Pelli, Clorindo Testa, María Ester Joao, entre otros. La muestra vino a inaugurar la nueva sede del Colegio de Arquitectos y a rescatar la Casa Galiñez, una de las escasas construcciones históricas que quedan en la ciudad y que no sobrepasan la docena.
Sensaciones
La Bienal no recurre al rápido impacto que causan los tamaños desmesurados, es más, la obra de Natividad Navalón, unas enormes piletas con dimensiones casi olímpicas, es inmensa, pero al estar al nivel del suelo se neutraliza en parte esa percepción. No obstante, la instalación resulta especial por otros motivos: despierta fuertes sensaciones. En los andariveles de la pileta hay unos bancos y, sobre ellos, como al descuido, han dejado unas toallas. El protagonista de la competición o el entrenamiento no está en la escena pero se adivina: el espectador no puede dejar de imaginarlo -o imaginarla- en ese trance de zambullise para dar lo mejor de sí y luego cobijar su cuerpo en esa toalla blanca y mullida. De algún modo, la obra remite al espectador las experiencias de su propia vida, lo invita a sumergirse en sus propios recuerdos.
En el centro del Hangar hay un núcleo de videos y en la pared exterior está «Between 1 & 0», una videoinstalacion histórica de Gary Hill. Hay también una obra excepcional de Richard Serra. Una gran barra de bronce envejecido ejerce la mayor presión sobre un cuadrado del mismo metal colocada sobre uno de los paneles, y lo sujeta a la perfección. Es la representación de la fuerza pero, a la vez, del equilibrio establecido por esas dos formas que se unen en un punto. Entre los argentinos, Libedinsky muestra un video que realizó en una cárcel abandonada. El artista traslada la acción de cavar un boquete a la imagen de un reloj cucú proyectada en tamaño natural. Por el hueco donde debería aparecer el pajarito y dar la hora, se asoma el preso con su pico. Pero, curiosamente, vuelve a esconderse, busca el abrigo de la celda, acaso su único refugio.
La imponente naturaleza es un plus incomparable que se suma a las performances del colectivo de artistas Quintapata llegado de la República Dominicana. La acción, resumida, consiste en pedirle al público que responda por escrito la pregunta: «¿qué harías para mejorar el mundo?». A cambio de una respuesta y su debida explicación verbal, los artistas «negocian» la entrega de un dólar intervenido con collages o dibujos. ¿Una confirmación más de que el dinero es el valor preponderante en la sociedad actual? Se sabe que los artistas ofician de infalibles sismógafos del acontecer.
En la estación del Tren del Fin del Mundo, se proyectan los videos del cineasta Bigas Luna; en la Antigua Usina hay una instalación del artista fueguino Luis Miralles; en la Panadería del Antiguo Presidio se proyecta «Todos a la cárcel» en homenaje a Luis García Berlanga. Entretanto, en el Museo de la Legislatura se recordó a Vicente Blasco Ibáñez, el autor de «Las huertas», escritor aventurero que llegó hasta Ushuaia. Allí está la obra de Richard Long, uno de los padres del Land Art, las esculturas de Antuan y los documentos sobre el viaje que realizó en el siglo XVII un navegante oriundo de Játiva, un barrio valenciano. Diego Ramírez de Arellano, marino y cosmógrafo, le brindó su nombre a las islas descubiertas durante su expedición al Estrecho de Magallanes y nominó Játiva a la Tierra del Fuego.


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