9 de abril 2012 - 00:00

La Bolsa, a la defensiva

Fue una semana breve aunque muy intensa. Transitó toda la cuerda de emociones. Abril arrancó con la pujanza del primer trimestre (el mejor de los últimos 14 años) y se deprimió al día siguiente tras la lectura de las minutas de la reunión de la Fed de marzo. El QE3 no está en las gateras. Europa tomó nota de la carencia y revaluó las propias. Es más fácil asustarse así por España. Una mala subasta -en rigor, un mal manejo de una subasta apenas mediocre- agitó las aguas. España, que tiene holguras porque adelantó la ejecución de su programa financiero, no quiso convalidar las tasas que le pedían, y achicó la emisión. El tiro salió por la culata. La suba de rendimientos en el margen que Madrid no aceptó, la tuvo que soportar, y con creces, toda la deuda en circulación. Y, como si no bastara, el Viernes Santo arrojó la última bomba: tampoco las condiciones laborales en EE.UU. son tan vigorosas como se pensaba. En marzo se crearon -según el informe oficial- la mitad de los puestos de trabajo que preveían los pronósticos. Son 120 mil nuevos empleos netos que empalidecen en comparación con el promedio mensual de 246 mil que prevaleció de diciembre a febrero. El impacto sobre la plaza financiera, sin embargo, no pudo registrarse a pleno. Las tasas largas cayeron, pero la Bolsa no operó por el feriado religioso. A las acciones les tocará pronunciarse hoy, pero llevan bajo el brazo el antecedente de los futuros, que retrocedieron el 1% tras conocerse la noticia. No es el mejor presagio.

El último zarpazo del rally de los activos de riesgo contaba con el patrocinio implícito de la Fed. O así se creía. Las minutas de la última reunión del banco central no confirman esa presunción. No hay evidencia allí, por más que se quiera leer entrelíneas, de que la Fed aliste nada que se parezca al QE3. Si no había vocación en el cónclave de enero, menos aflora en marzo. La economía está más «robusta» y no se ve necesidad. ¿Un acto de traición? ¿A santo de qué, si no, tantos guiños favorables (del mismo Ben Bernanke) cuando el mercado, motu proprio, rebajaba las expectativas del QE3? No debería haber queja. No hay contradicción entre las minutas y las señales de apoyo reiteradas. Pero, y así se consignó cada vez que Bernanke habló, nunca existió ni siquiera una media promesa de QE3. Lo que machacó el titular del banco central fue la voluntad de mantener sin cambios la política monetaria de relajación. Y ello no está en duda. Sólo que tal vez no sea aguijón suficiente para escalar nuevas cumbres.

Si la Fed no le quita el pincel, pero tampoco le presta la escalera, ¿cómo queda el rally de los activos de riesgo? Deberá valerse por las suyas.

¿Morirá aplastado por el «triple techo» que frenó, una y otra vez, los embates del Dow Jones cuando todavía se pensaba que contaría con el arma del QE3? Más que lidiar con terribles acechanzas, que tampoco las hay, el rally tendrá que manejar el vértigo que le provoca su ascenso desde los pisos de octubre. El próximo desafío: aprobar, con mejores notas que el trimestre anterior, el examen de los balances empresarios que ya se inicia. Sin el sostén incondicional de la Fed, lo que aumentó, sin duda, son los riesgos de una corrección intermedia. Con todo, la vara de los balances también ha sido rebajada de altura: batir al consenso sólo exige que las ganancias por acción del S&P 500 aumenten más del 3,2% año contra año.

Las buenas nuevas escasearon, pero se escribió aquí que ellas alejaban las chances de una intervención de la Fed. Las malas noticias, en ese sentido, eran mejores. Y el informe de empleo, como se lo mire, fue una mala noticia. Una sorpresa que no estaba en las previsiones. Y un punto de ruptura con el vigor de arrastre. ¿Obligará, pues, a revisar las posiciones de la Fed? Si lo que se pretende es una excusa para habilitar el QE3 la respuesta, contundente, es no. No sólo porque no pueden descartarse errores de medición (en paralelo, el reporte ADP y las solicitudes de subsidio por desempleo no denotan atisbo alguno de debilidad). Si se toma al pie de la letra el informe oficial, la realidad calca al detalle lo que temía Bernanke cuando, una semana antes, le pasó revista a los avatares del mercado laboral. «No podemos estar seguros todavía del ritmo que lleva la mejoría», dijo profético. El mandamás de la Fed se apoyó en la vieja ley de Okun para argumentar que se generaban más empleos que los que la fortaleza de la economía permitía sostener. Y la encuesta oficial de marzo no hace sino empezar a cerrar esa brecha. ¿No es, entonces, una buena razón para que la Fed intervenga? Sí, pero no es un escenario que gatille el QE3. En las palabras de Bernanke, lo que sí se justifica es la continuidad de las «políticas de acomodación». O sea, preservar el «status quo» monetario y no, como lo proponen varios presidentes de distrito de la Fed, barajar ya cómo será la retirada. Pero la receta no es innovar con el QE3 sino mantener «más de lo mismo».

El dilema de la Bolsa es que está montada sobre un rally claramente estacional. Y la estación favorable se acerca a su fin. ¿Tendrá tiempo para desatascar las expectativas, quizás gracias a una corrección que depure las manos débiles y le despeje otro surco para avanzar? ¿O, en esos afanes, se quedará sin tiempo? Es que si hay un reto que apura a la Bolsa no es otro que el célebre dictado de vender en mayo y tomar prudente distancia. Un lema indocto pero que ha sido, sobre todo en los últimos tiempos, invariablemente eficaz.

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